sábado, 23 de marzo de 2019

Destrezas para la dirección: una propuesta válida

Estar convaleciente de unos problemas de salud tiene alguna ventaja, como la de poder dedicar más tiempo a la lectura. En mi caso, ha sido una semana sin apenas salir, y la bajada de fiebre ha permitido poder retomar algunas lecturas pendientes. Una de ellas, breve pero enjundiosa, es un librito de Michael Fullan (a quien habremos leído en sus colaboraciones con otro brillante académico, Andy Hargreaves) titulado La dirección escolar. Lo bueno de estas obras, entre otras cosas, es que su bibliografía suele ser interesante, aunque mucha de ella no se ha traducido al español.
De todas maneras, mi propósito hoy no es hacer una reseña de la obra de Fullan (supongo que tiempo habrá para eso), sino exponer un hallazgo que he encontrado en el libro, y que no es otro que las siete destrezas del aprendizaje transformador. No me apetece decir transformacional, demasiado calcado del inglés. Esas destrezas o habilidades -supongo que del inglés skills, que tiene ambas traducciones, son aportación de L. Kirtman, estudioso del liderazgo en educación y sin obra publicada en España, por ahora. Para mí, suponen un acercamiento valioso, por claro, a la dimensión de cambio educativo promovido por el equipo directivo en el seno de un equipo docente de centro.
He de reconocer que el término "liderazgo" no me parece demasiado apropiado para hablar de la dirección escolar, porque implica una serie de características que remiten a la individualidad, cuando la dirección forma parte de un todo y justamente la soledad del cargo es una de las dificultades que debemos afrontar en el despacho y, en ocasiones, en el claustro. Pero se ha impuesto, a nivel de reflexión educativa, hablar de liderazgo educativo. Aceptémoslo, pues.
Como he dicho, he leído sobre Kirtman en el libro de Fullan. En español, he encontrado las destrezas en una presentación de Miguel Barrero, "El rol directivo en la transformación del sistema educativo". Las siete destrezas son éstas:

  1. Desafiar el status quo: Gestionar práctica comunes, afrontar riesgos, explorar innovaciones. 
  2. Reforzar la confianza mediante comunicación y claridad: La confianza se genera con comportamientos, más que con palabras: Extender la franqueza y la sinceridad sobre las expectativas. Asegurar la comprensión de las comunicaciones. 
  3. Crear un plan común para el éxito:  Aceptar un plan como propio, revisando su funcionamiento y haciendo ajustes. Plan “adhesivo” = conciso, factible, recordable y ligado a la acción. 
  4. El equipo por encima del yo: Los líderes se centran en la creación de equipo de calidad (los mejores). Establecen normas que garanticen la autonomía y la libertad de los equipos. 
  5. Sentido de urgencia de resultados sostenibles: Urgencia como impulsora de movilización.  Urgencia productiva, no paralizadora. 
  6. Mejora continua del yo: Ante la evidencia, el líder es capaz de cambiar sus puntos de vista.  Actitud de estar en permanente aprendizaje y revisión. 
  7. Construye redes:  Mantiene a la escuela conectada con el mundo exterior y busca socios.
Como veis, no es un intrincado conjunto de competencias, un rompecabezas conceptual con ínfulas de complejidad, ni un manual de liderazgo al uso, sino una serie de acciones comprobables y evaluables en la práctica, lo cual le da un valor añadido: puede usarse como evaluación del trabajo hecho en dirección. En mi caso, voy a terminar en junio mi tercer año de mandato, en el que nos ha pasado de casi todo, y entiendo que esas siete acciones -destrezas, si se quiere- me sirven para ver qué hemos conseguido, qué falta y qué hay que mejorar. Sabemos que, en el día al día de despacho, correos de la administración, contingencias con la comunidad escolar, es fácil desorientarse. 
Kirtman nos ofrece una sencilla guía para recuperar el oriente. Espero que os convenza tanto como a mí.

lunes, 18 de marzo de 2019

Vividores de las pantallas: ¿Qué hacer?

Hace unos meses, en un intercambio de tweets, hablé de los vividores de las pantallas, en referencia a tantos jóvenes, incluso niños, que han hecho fortuna, en algunos casos considerable, a través de la red. No se me ocurrió otra manera de denominar a aquéllos que constituyen, para muchísimos adolescentes, un referente a seguir y, lo que es más preocupante, a imitar. 
He vuelto a esta idea tras ver, por televisión, la irrupción de una nueva red social, TikTok, desarrollada en China en 2016 bajo el nombre de Douyin y que cuenta con más de 500 millones de usuarios en todo el mundo. Esta aplicación funciona mejor con terminales Apple, y encabezó la lista de descargas en el primer trimestre de 2018, con 45 millones, según se puede leer en infobae. Su atractivo consiste en subir vídeos muy breves, con un fondo musical, haciendo bailes, muecas... que llamen la atención y generen likes. Parece ser que los usuarios mayoritarios tienen de 8 a 16 años, lo que unido a su manera similar de funcionar, podrían convertirlo en el nuevo Schnapchat. 
Reconozco cierta incomodidad al buscar información sobre redes que están tan alejadas de mis intereses vitales. Soy tan así que ni siquiera tengo Instagram, y eso que ya parece, por contraste, de gente formal. Me apetece mucho más compartir ideas, debatir, ver alguna imagen interesante, que hacer uso de un escaparate permanente que en muchos casos es un ejercicio de banalidad. Pero claro, yo no tengo catorce años, y entiendo que los adolescentes se relacionen de manera distinta a la mía a su edad. Aprovecho para decir que no era un modo idílico, no siento nostalgia en absoluto ni estoy en contra de lo nuevo sólo por su novedad. Pero sí era más humano, más cercano, puesto que la distancia se salvaba por carta o por teléfono fijo sujeto al control paterno.
Photo by CJ Dayrit on Unsplash
Siguiendo con las aplicaciones para relacionarse a través de la imagen, me llamó poderosamente la atención la respuesta de una adolescente en el noticiario de Antena 3, que decía que usaba TikTok para desaburrirse. El palabro no está en el diccionario RAE en línea (con lo abiertos que suelen ser a palabras nuevas) pero entendemos el significado. Esta palabra inventada supone mucho más de lo que podemos pensar a primera vista. Hasta ahora, divertir y aburrir eran antónimos. Bien, lo siguen siendo. Pero esa relación suponía que hay actividades que divierten, que son amenas, y otras que no tanto, o no en absoluto. Uno se aburría, sobre todo, por falta de actividad o por realizar tareas rutinarias, de lo que sabemos bastante en la escuela. Además, podía existir una situación intermedia, en la que interviene la atención, sin que sea tediosa o divertida. Pero des-aburrir supone que hay un estado natural, un estado instalado en la vida de tantísimos preadolescentes y jóvenes, del que hay que huir, al que se tiene que poner remedio como sea. Divertir supone, etimológicamente, buscar otro camino, es decir, hacer algo distinto. Por eso no todos coincidimos en qué es divertido: una obra literaria, una visita a un museo, un concierto, un deporte... pueden ser considerados como entretenimiento apetecible o como un tostón. Una película de terror es pura gloria para algunos, mientras que otros no la verían jamás. No hace falta extenderse en este tema.
Por tanto, con una juventud necesitada de "desaburrirse" y con unos referentes de éxito fácil en You Tube, conocidos como influencers, la perspectiva es sombría para la educación formal, que es lo que nos interesa. Por una parte, se reduce el tiempo de espera ante los estímulos, y en educación los logros no son tan inmediatos, ni en el aula ni en el conjunto del recorrido escolar. Por otra parte, pasar unas cuantas horas sin conexión a redes sociales, atendiendo a una actividad más o menos dirigida y programada para dedicar atención continua, constituye una dificultad creciente para muchos niños y adolescentes.
Ya hemos comentado aquí la obra de Catherine L'Ecuyer Educar en el asombro, que afirma que la multitud de estímulos lleva muchas veces a la apatía, al aburrimiento como actitud: Diviérteme, parecen decir los jóvenes (desabúrreme, dirían ahora).
Volviendo a los vividores de las pantallas, a los que ingresan suculentos beneficios sólo por asistir a eventos, comentar o mostrar productos, ¿son un ejemplo a seguir para nuestros jóvenes? Antes eran los futbolistas, cantantes o modelos, demasiado pendientes de sí mismos, por lo general, para darse cuenta de su responsabilidad social. Todos ellos y ellas asociados a un éxito obtenido en plena juventud y asociado a algún mérito profesional deportivo, artístico o de apariencia (en el caso de los modelos). 
La evolución de la notoriedad fueron las celebrities, es decir, aquellos que eran conocidos, sobre todo, por salir en los medios, más que por sus méritos. No importaba demasiado cómo se llegaba: si a través de concursos demenciales de permanencia en un mismo espacio, si contando intimidades propias o de conocidos con algún grado de fama. Todos conocemos programas de televisión que han proporcionado multitud de personajillos, la mayoría de ellos efímeros.
Y el último paso ya es el do-it-yourself de las redes: los youtubers, instagrammers o, en un aspecto más restringido los booktubers, acumulan seguidores, miles o millones de visitas a su cuenta en la red. El postrer estadio de la evolución que Bauman enunció en su obra "Comunidad" sobre la notoriedad: de mártir a héroe, y de héroe a celebridad. Por el motivo que sea, incluidas las estupideces que vemos a veces y que podemos resumir en "Todo por un selfie"... incluso la muerte por imprudencia.
¿Qué hacer, como adultos y como docentes, ante esta situación? En demasiadas ocasiones, yo el primero, despreciamos toda esta subcultura y lo vemos desde la distancia como cosas de jóvenes, aunque sean hijos o sobrinos nuestros. Creo que lo primero es no ser ajenos, saber de qué se habla, a pesar de nuestra divergencia en intereses. Me refiero a entender qué hacen y cómo se relacionan, no ignorar todo eso y reducir nuestra relación al aula, aunque evidentemente ahí ocurre lo sustancial. Y en un ambiente que tiende a la brevedad, a lo banal, somos un punto en el horizonte. A veces, el único punto visible. Alguien que les diga que no todo en la vida es apariencia, imagen, fingimiento, y que vivir para uno mismo y para los demás es mejor -además de no ser incompatible- con tener presencia en la red. Y habrá que animarles a aceptar que, al igual que no todos podían ser futbolistas o cantantes profesionales, tampoco todos pueden dedicarse a ser estrellas de la red. Ni falta que hace.

Sobre pedagogía rancia, una aproximación

 Hace un tiempo, asistí en Twitter a un cierto debate sobre qué era la "pedagogía rancia", expresión utilizada por Manuel Fernánde...