miércoles, 27 de mayo de 2020

Sintaxis en primaria y otras tradiciones escolares

De vez en cuando, resurge un debate en Twitter sobre la importancia del estudio de la sintaxis en educación primaria (de momento, en infantil todavía no se ha mencionado, pero dadle tiempo a los neuroentusiastas). Esta controversia se ve también en las reuniones de transición entre primaria y secundaria, y la he hablado con profesores de lengua y literatura de ESO y Bachillerato, con los que suelo juntarme en encuentros educativos, jornadas y en algún bar, también. Antes más que ahora, claro, con esta nueva normalidad tan anormal.
En general, los docentes de secundaria nos admonizan sobre la necesidad de un buen nivel de lectura, una escritura legible y mínimamente coherente en el alumnado que pasa a ESO; y nos dicen que la sintaxis es cosa suya, de secundaria. Recuerdo una conversación con una vieja amiga (es la amistad la que tiene edad, ella no tanto), profesora de valenciano en un IES, que me decía eso mismo: nivel de lectura comprensiva, estructura mínima de un texto, puntuación, cohesión, coherencia expresiva, y que de los conceptos sintácticos ya se ocupan en secundaria. Supongo que de la lectura, de crear afición a la misma y futuros lectores, también se ocuparán con ahínco. 
Y estoy de acuerdo en que magnificar el análisis sintáctico en primaria no sirve para demasiado. Sobre todo, si se aplica un enfoque mecánico, muchas veces propuesto por los libros de texto, que no promueve la reflexión sobre el lenguaje y sus relaciones. Con un dudoso afán de facilitar el aprendizaje, se proponen estructuras sintácticas idénticas en las que, por ejemplo, el sujeto va delante, seguido del verbo. Pero el castellano, o el catalán, no son el alemán, lengua en la que el verbo siempre va en segundo lugar en oraciones enunciativas. Nuestras lenguas tienen una estructura más libre, y se puede decir: Alberto viene el lunes o El lunes viene Alberto. El alumnado de primaria puede identificar el inicio de la oración como sujeto (porque no hay reflexión acerca de la relación entre la acción del verbo y quién la hace, u otra más profunda sobre la concordancia verbal) y decir que Alberto es el sujeto de la primera oración, pero, ay, El lunes lo es en la segunda. Y no, el sujeto siempre es el mismo, Alberto. Es lo que ocurre cuando las actividades se plantean de manera inadecuada (o que llevan a conclusiones inadecuadas, habría que decir). Tal vez hay una lógica subyacente en la manera de resolver la sintaxis en primaria, una lógica que vemos en otras áreas, como en matemáticas, que no es la docente. Por ejemplo, en matemáticas gran parte del alumnado resuelve una multiplicación por 50, por 30, colocando una primera fila de ceros. Yo he sido profe de mates del mismo grupo durante tres años, de tercero a quinto. Nunca he enseñado la multiplicación así, y me encontraba operaciones hechas de esa manera. O sea, que no procedían de mi enseñanza, claramente. Un misterio.
Volviendo a la sintaxis, nos sitúa mucho en el debate el papel que ocupa en el currículum actual de las áreas lingüísticas de primaria. Sólo uno de los cinco bloques de contenido (Conocimiento de la lengua) contempla, entre otras muchas cuestiones, la reflexión sintáctica sencilla en un nivel como cuarto de primaria: Reconocer la concordancia de los elementos constitutivos de la oración para construir oraciones simples adecuadas al nivel, detectar errores y resolver las dudas a través de un proceso guiado de reflexión individual y colectiva. Y hace ya un montón de años que autores como Daniel Cassany escribieron libros como "Ensenyar llengua", en Graó, a favor de la comprensividad de lo lingüístico en las etapas obligatorias.
Y, como vemos, el curriculum ha ido en ese sentido; pero, atención, he visto actividades de segundo de primaria que proponen la identificación del sujeto y de predicado, cosas rarísimas para una personita de siete u ocho años, incluso desde el punto de vista del significado.
Y todo este esfuerzo, ¿por qué? y sobre todo, ¿para qué? Tengo una teoría: porque es muy fácilmente evaluable. El sujeto siempre es el sujeto, aquí y en Pequín (supongo yo), y el atributo lo mismo. Si, además, las actividades salen como churros en los manuales de texto, pues la tarea docente se simplifica. Y la sintaxis tiene algo de matemático, de exacto, que la prestigia, sin duda. Desde el nombre hasta su demostración en la pizarra. Luego, cuando se estudia más -y es lo que les ocurre a los lingüistas- se ve su gran complejidad, y su encanto verdadero: permite la reflexión sobre las relaciones en la oración y entre oraciones, que hace disfrutar a los que les gusta. 
La comodidad del estudio superficial de la sintaxis en primaria ha ocultado, sin duda, otras facetas importantes, fundamentales, de la lengua; pero, como hemos dicho, no es el curriculum oficial el que lo perpetúa, sino el oculto, ese que parece indeleble en la tradición docente. Siendo sinceros, es más sencillo corregir una estructura 
SN Suj + VCop + SAdj Atributo que un texto argumentativo o una descripción de la habitación. 
En mis años de trabajo, me he encontrado con alumnado de quinto que no había hecho una redacción en su vida escolar. Recuerdo que yo me desesperaba cuando veía sus producciones, hasta que un día pregunté: Pero, ¿vosotros habéis hecho alguna vez una redacción? Y me dijeron que no. Inmediatamente les pedí disculpas. No era su fallo, era de la escuela. Como tantas veces. Y otra conclusión es que las composiciones se hacen en clase, se anuncian con tiempo y se anima al alumnado a que se documente o haga un pequeño guión. Porque en casa muchas veces hay que felicitar a los progenitores, en vez de al alumno. Recuerdo un poema en quinto de primaria, en el que devolví el trabajo así: Felicita a tus padres de mi parte.
En cambio, sí veo interesante y esclarecedor el conocimiento de la morfología del idioma, de las categorías gramaticales. Aprovecho para decir que, si hiciéramos una encuesta en una calle concurrida de cualquier ciudad (no a la puerta de una facultad de Filología) y preguntáramos cuántas categorías gramaticales recuerda el desocupado paseante, nos llevaríamos una sorpresa: quizás llegaría a cuatro, y dudando más que otra cosa. En primaria entiendo que es positivo conocer y saber utilizar (muy importante esto último) el adjetivo, el adverbio, el determinante... A tal efecto, voy a confesar una cosa: en tantos años de profesión, no sé si algún alumno de cuarto de primaria ha entendido qué es un determinante, porque es un concepto complicado; otra cosa es que lo utilicen correctamente. Y si hablamos ya de cuando es pronombre determinante... No estoy hablando de bajar el nivel, sino de adecuar la reflexión a la capacidad del alumnado. Y de situar esa reflexión en el curriculum general de lengua; porque puede ser que, por desgracia, ni aprendan lo uno (morfosintaxis) ni lo otro (todo lo demás, tan fundamental).

viernes, 22 de mayo de 2020

Política educativa. ¿Seguro?

Éramos pocos y llegó la pandemia. A un sistema educativo en crisis permanente, apuntalado por gran parte del profesorado, esclerotizado por inercias poco útiles ya, le toca lidiar con un hecho inesperado: la suspensión de las clases, la docencia no presencial, un tercer trimestre absolutamente desconocido para familias, alumnado y profesorado. Y para la administración educativa, añado. Ya hemos dedicado una serie de tres artículos a hablar de confinamiento y educación. No es mi idea volver sobre el tema, al menos, no hoy.
A veces he dicho que la política educativa, en España, es un oxímoron: si es política, no es educativa. Somos un país curioso, en el aspecto político, sin duda. Y en educación, no podíamos ser menos. Un ministerio sin gestión directa del curso escolar -las competencias efectivas las tienen las comunidades autónomas desde hace más de treinta años, excepto en Ceuta y Melilla- que, sin embargo, se dedica, quizás por eso mismo, a cambiar de leyes educativas cada cierto tiempo, sin consenso y con la conciencia cierta de que la ley tendrá corto recorrido. Ya digo, un país curioso que lo mismo aguanta más de un siglo con la Ley Moyano, de 1857, con algunos retoques, que se desliza a partir de 1970 en una espiral que produce una ley educativa cada diez años, o menos.
Parece ser que la LOMLOE lleva el mismo camino desastroso, sin consenso ni acuerdos duraderos. Tenemos el edificio en ruinas, pero vamos a elegir el pomo de la puerta entre doscientas opciones, que no hay prisa. Poco se puede esperar de un Parlamento proclive al insulto, a las palabras gruesas, a la falta de perspectiva. Ni en política energética, ni en política de vivienda, en relaciones exteriores ni en educación hay políticas de fondo, aquellas que sobreviven a una generación. No sería España, por desgracia.  La escasa preparación, en líneas generales, de nuestros políticos es alarmante. Muchos de ellos no han sido otra cosa más que miembros de un partido, colocados primero en ayuntamientos, en asesorías, en parlamentos autonómicos... La política se desdibuja y se está al dictado de los partidos, organizaciones para el poder, con sus propias dinámicas. No han leído a Arendt, ni a Sartori, ni a Habermas... ¿para qué? Si total, gritar en el congreso y votar lo que deciden otros no es tan difícil. 
Al gobierno la pandemia le ha pasado por encima. Literalmente. En vez de buscar acuerdos y de intentar liderar un gran bloque político dedicado a hacer lo mejor contra el coronavirus, se enrocó en el estado de alarma y en decisiones unilaterales que se han demostrado, muchas de ellas, inútiles, contradictorias, precipitadas... Y no sólo han causado malestar entre sus opositores políticos, sino entre sus propios correligionarios. La oposición ha ido a remolque, sin encontrar su discurso, mientras se acumulaban los muertos, los hospitales colapsaban y vivíamos un mes, de quince de marzo a quince de abril, terrible. 
Sé de lo que hablo: mi población ha sido de las más afectadas del País Valenciano. Tuve que ir al ambulatorio por un tema administrativo y pude palpar el miedo, la angustia de sanitarios y pacientes. Las deficiencias de un sistema sanitario puestas en evidencia; aunque difícilmente cualquier sistema de salud del mundo podría responder eficazmente a un número tan elevado de pacientes con neumonía y edad avanzada, los dos factores que más han influido en las muertes.
Volviendo a educación, la incertidumbre es enorme. La escuela tiene un papel social de guarda del alumnado indiscutible. Como hemos dicho otras veces, aceptar ese hecho no significa que sea su principal función: lo que ocurre en la escuela importa. Y hemos de intentar que siga importando. Si no, las consecuencias serán catastróficas, sobre todo para quien sólo tiene la escuela como recurso. No somos una guardería, ni queremos serlo. Pero sería iluso y poco realista no reconocer que las familias cuentan con el tiempo que los menores pasan en la escuela para su actividad laboral fuera de casa. Y ahora, con los niños sin clase presencial, los problemas se agravan, normalmente. El panorama de un curso 20/21 también a distancia crea desasosiego, porque las personas han de trabajar, los hijos han de ir al colegio y la economía ha de repuntar, o de verdad se empezará a pasar necesidad seria. Ayer mismo decía el ministro de justicia que la previsión de concurso de acreedores se dispara a cifras escandalosas. Por tanto, hay que conjugar seguridad sanitaria con trabajo e ingresos; además, después de dos meses largos en confinamiento, se ve el cansancio que gran parte de la población padecemos por no hacer una vida social normal; y a la vez, se comprende que había que confinarse, que era por fuerza mayor. Así y todo, nos hemos plantado en 30.000 fallecidos.
La incertidumbre, decía Bauman, es la característica de estos tiempos que han perdido la solidez de la modernidad de los últimos ciento cincuenta años, desde 1850 a la caída del Muro de Berlín, en 1989. Pero nos enfrentamos a un fenómeno nuevo para nuestra generación; las pandemias han sido frecuentes en la historia de la humanidad, pero los humanos del siglo XXI (los occidentales con seguridad social, no olvidemos que no todas las personas ni todos los territorios) nos sentíamos casi invulnerables. Son tiempos líquidos, configurados por la globalización, por un mundo que se ha hecho pequeño, en que volar es una experiencia casi cotidiana, o hacer un crucero, salir al extranjero, comprar productos que se sirven desde China, y tantos ejemplos más. Evidentemente, un virus aparecido en una provincia china, iba a expandirse por el mundo. Y así ha sido.
Actividad de cuentacuentos en mi centro,
 con Llorenç Giménez, tristemente desaparecido en 2019.
Disculpad si divago más de lo normal. Sigo estupefacto por la actitud de la ministra de educación, que tiene tan poca idea como todos los demás de qué va a pasar en septiembre, al inicio del curso 20/21. Y, creedme, es mejor el silencio que sembrar la duda, aumentar la incertidumbre con propuestas peregrinas, como realizar obras en los centros para que se pueda mantener la distancia de seguridad, o que el alumnado de infantil se incorporaría a los centros los primeros. Mejor el silencio y la humildad de reconocer que no se sabe qué hacer ante un factor desconocido. Porque, además, las familias ya sabéis a quién consultan, y no es a la ministra ni a sus asesores. Yo suelo decir que el equipo directivo estamos esperando una bola de cristal de última generación para responder adecuadamente a qué va a pasar. 
Es un cambio de escenario que afecta a un sector muy tocado ya, la educación formal, que se asemeja a un edificio a punto de derrumbarse. Y la parte más dañada es la escuela pública, que ha sido abandonada sigilosamente por las clases medias que han puesto distancia con la diversidad de las aulas abiertas a todos, sin cuotas encubiertas, ni religión católica obligatoria, que acoge a los inmigrantes que no saben el idioma. Con el aplauso de las fuerzas políticas conservadoras, cuando no con su activismo en favor de la concertada. Y seguramente vendréis algunos a decirme que hay escuelas concertadas que son ejemplos de integración, que están en barriadas conflictivas... Y yo os creo, pero la mayoría no es así. Todo se paga con dinero público, pero para públicos distintos. Y si añadimos el poco criterio político, en líneas generales, la falta de una estrategia digna de ese nombre en los mapas escolares, el cambio continuo en la dirección marcada... esto es desastroso. Para el profesorado, que se ve incapaz, en tantas ocasiones, de dar respuesta adecuada mientras aumenta la conflictividad a edades más tempranas; para las familias, que ven bajar el nivel académico y cuyas expectativas sobre el futuro de sus hijos no son las mejores, o se han devaluado vertiginosamente; y para el propio alumnado, incapaz de adquirir hábitos porque están acostumbrados a una rapidez de estímulos que la escuela no puede proporcionar (ni debe, añado). Y mientras tanto, se enfrentan artificiosamente calidad y equidad, la cultura del esfuerzo y la emoción en el aprendizaje, el rigor encorsetado y la cultura del espectáculo en las aulas. Todo aderezado con un profesorado bajo sospecha en tantos medios de comunicación.
Es cierto que los funcionarios de carrera tenemos el sueldo asegurado, una estabilidad laboral que llega, aunque sea tras concursos de traslados y de pasar años lejos de casa; yo mismo estuve tres años en la provincia de Alicante como interino, hace mucho tiempo. Y ese factor se agradece, en una sociedad con tanta inseguridad laboral. Probablemente, muchas de nuestras familias, de las familias de nuestros centros, tienen una situación más precaria y sus preocupaciones son más de índole económica, qué ingresos va a haber si no se puede trabajar, si llega el dinero del ERTE... Y, como hemos dicho en artículos anteriores, también es un factor a tener en cuenta a la hora de exigir tareas, conexiones, esfuerzos. He hablado con padres que están agobiados por trabajar y tener que ayudar a su vez a los hijos con las actividades de la clase no presencial. Y les he comentado que ellos no son profes, que las tareas son para sus hijos, que nosotros estamos disponibles para las dudas que surjan. Nos han movido el suelo bajo los pies a todos, y cuesta encontrar la estabilidad. Al menos, espero que lo sucedido ayude a recuperar la importancia social de la escuela, de su función y, ya de paso, nos devuelva parte del prestigio al profesorado ante la sociedad, y sobre todo ante la comunidad escolar a la que servimos. Lo decía en claustro hace una semana: tenemos una oportunidad de recuperar ese terreno, el de la credibilidad por el esfuerzo llevado a cabo. Y quien no se quiera sumar, pues se quedará al margen. Creo que es inteligente aprovechar este momento.
Acabo diciendo que, afortunadamente, no todos los dirigentes políticos del sistema educativo están inmersos en la incontinencia verbal. En mi tierra, la conselleria de educación está funcionando a base de escritos claros (casi siempre) y con bastante responsabilidad, y sin aventurar fechas de vuelta a las aulas, ni crear revuelo. Es lo que tiene llevar la gestión diaria de unos 750.000 alumnos, que se es más cauteloso. En ocasiones, claro. 

viernes, 15 de mayo de 2020

Basada en hechos reales

No se lo podía creer. Laura estaba que no cabía en sí de gozo. Habían llegado los reyes con adelanto; o con retraso, si consideraba la escasa visita del seis de enero pasado, cuando una vez más, pese a saber ya la historia de los pajes reales y de sus desvelos, esperaba en vano un ordenador para hacer las tareas, para conectarse, para ser como sus demás compañeras de sexto y tener de qué hablar en el patio, en el descanso, en la ida y venida del colegio. Porque Laura no tiene móvil, ni datos, ni vida social digital. Y sabía que un móvil no le iban a dejar, porque su madre era contraria. Y si no podía ser un ordenador, que valía mucho y el presupuesto de sus majestades, aunque son magos, no estiraba tanto, un perrito, un cachorro, aunque no tuviera pedigrí ni fuera un bichón maltés, tan blanco, o un caniche, tan elegante y estilizado. De un perro grande ya ni se hablaba, porque no habría donde ponerlo en aquel segundo piso sin ascensor, pequeño y con aquellos techos tan bajos, tan de los últimos años setenta y primeros ochenta, cuando parecía que los constructores (algunos de ellos, al menos) odiaban a quienes iban a vivir en sus casas. Cosas del desarrollismo tardío, de la avaricia del ladrillo que habría de repetirse a fines de los años 2000, cuando la burbuja estalló y envió a tanta gente a lugares tan alejados del sueño neocapitalista del chalé con piscina, aunque fuera comunitaria.
Dibujo de un alumno mío, hace unos años,
sobre un poema de Ángel González.
Pero todo esto no cabe en la cabeza de Laura, una cabecita con preocupaciones de su edad (disculpen ustedes esta licencia de narrador omnisciente), con ganas de ser una más, como buena preadolescente, y de no ser diferente por abajo, por no disponer. Laura no ha visto, todavía, la película "Yo, Daniel Blake", en la que una niña habla con su madre y le dice que sus compañeras se burlan de ella por llevar los zapatos rotos, remendados hasta lo imposible. Laura, es verdad, no lleva los zapatos rotos, lleva un chándal de mercadillo y sabe, ya, que de momento podrán comprarle unas zapatillas falsas que cuestan cuatro veces menos que las auténticas, y su compañera Alicia lleva las Adidas Superstar, blancas con las tres rayitas negras que valen una pasta. 
En su cole, es verdad, no hay muchos lujos entre sus compañeros. La mayoría son hijos de padres trabajadores manuales, camareros, transportistas, oficinistas y algún agricultor o trabajadora de almacén de naranjas. Laura también desconoce la tragedia silenciosa y persistente del campo valenciano, un declive que dura cincuenta años y que se agravó con la ilusión perversa de la burbuja inmobiliaria, aquella que hizo ricos a cuatro y pobres a muchos más, aquel cuento de la lechera cuyo cántaro se convirtió en añicos. No, Laura no sabe tanto, tiene doce años, y su pensamiento está en el paso al instituto, en esa novedad absoluta, y en que el coronavirus ha complicado el final de curso, su último trimestre en el cole, la fiesta de graduación y la orla que siempre se elabora con las fotos de los profes, el director y todo el alumnado que termina sexto. Vaya faena.
Hablando de faena, Laura tiene que bregar con el móvil de su madre, cuando no lo tiene su hermano mayor (él sí que tiene móvil, pero con muy pocos datos) para acceder a internet, a la página web del centro, donde se ponen, cada quince días, las tareas que hacer. Y también puede entrar en Telegram, cuando puede, claro. Las brechas digital y de conocimiento la alcanzan de pleno, en toda su extensión, que diría un tertuliano con cierta afectación al hablar. La wifi es un animal mitológico en su casa, aunque nos parezca que todos están conectados. Un móvil cómo ventana al exterior, como hilo quebradizo con la escuela y con su aprendizaje. Y eso que su profe la llama desde su propio teléfono, porque tiene interés por su alumnado, y quiere saber cómo les va, qué dificultades tienen, y no sólo a nivel académico. La familia de Laura, y ella misma, piensan que han tenido mucha suerte con este profe, tan implicado. Y es cierto. 
Lo triste es que la educación, como decía un académico universitario (digresión al margen, vuelvan a disculpar), no debería ser cuestión de suerte, sino de profesionalidad y de buen hacer; es, por utilizar un símil, como la ebanistería: hay artistas, artesanos y gente menos hábil, pero todos saben hacer un mueble. Y el que no sabe, ha de cambiar de oficio. Hermosa palabra esa, oficio. Y la falta de suerte se ceba con las familias menos favorecidas. Es un círculo vicioso que no se rompe con facilidad. Si la escuela fuera el único problema... pero sabemos que no, que es uno más, y que ahora, sin trabajo y sin ayudas, la miseria llama a la puerta de tantos hogares, cuya preocupación inmediata es llenar el estómago, no la cabeza con aprendizajes académicos. Ambos necesarios, pero uno más perentorio que el otro, desgraciadamente. 
Y son esas familias las que reconocen que no pueden ayudar a sus hijos con el estudio, que no se acuerdan de dividir por dos cifras, o de los romanos, o desconocen el vocabulario de las ciencias sociales o naturales. Laura sabía que contaba consigo misma, y con eso, con su tesón intermitente, con sus ganas, era con lo que podía avanzar, o al menos, no retroceder demasiado.
Por eso, cuando la madre de Laura recibió la llamada de su tutor y le dio la noticia, la niña saltó de alegría y una sonrisa, ese bien tan escaso en estos tiempos, apareció en su cara y, por un instante, se sintió muy dichosa. 
A la mañana siguiente, su madre fue al centro escolar y volvió con una flamante tablet con su caja y con una tarjeta de conexión a internet, que el director del centro le había cedido de parte del ayuntamiento de la localidad. Y la vida fue un poco más justa con Laura. 

domingo, 3 de mayo de 2020

Cine y educación: A propósito de Daniel Blake

Reconozco que no tengo ganas de volver a escribir sobre confinamiento, pandemia, desescalada y toda la retahíla de palabras que asoman en cada noticiario, en Twitter, en todas partes y casi en todas las conversaciones en estos días interminables, ya a principios de mayo, en esta primavera furtiva y hurtada por el coronavirus. Sin embargo, habrá que volver a hacerlo, evidentemente, para analizar cómo queda el tercer trimestre, cómo se evalúa al final al alumnado, de qué manera cerramos el curso. De momento, y aunque habrá excepciones, muchos docentes trabajando un montón de horas y tratando de hacer bien su labor desde casa, con vídeos, con llamadas telefónicas, con más o menos conocimiento o pericia en el uso de las TIC. Que de todo hay.
Pero ya digo, hoy me planteo otro tema. El sábado por la noche vi un largometraje de Ken Loach, Yo, Daniel Blake, que me impresionó y me hizo pensar en su posible -y factible- aprovechamiento en esta sección del blog, cine y educación, que tanto me aporta, puesto que trata dos de mis pasiones, una de ellas, además, convertida en mi profesión. Es una película que, sin duda, posee gran potencial para ser visionada, desmenuzada, aprovechada en la educación secundaria.
L
Cartel original de la película, en
www.filmaffinity.com
a película cuenta, de manera contenida, las peripecias de un hombre íntegro, un buen hombre, carpintero durante la mayor parte de su vida, Daniel Blake, a quien un infarto agudo deja sin poder trabajar, de baja indefinida. Blake se enfrenta a una maquinaria burocrática desesperante -en algunos momentos, de inspiración kafkiana, me sugiere- que, amablemente, eso sí, le va negando la posibilidad de cobrar un subsidio permanente por incapacidad. Todo muy británico, en un doble sentido: cortesía en todo momento, por una parte; y un profundo desinterés por la situación personal del demandante, por otro. En espacios asépticamente blancos, Daniel deambula de una mesa a otra, buscando quién pueda ayudarle a rellenar digitalmente un impreso. O se pasa más de una hora al teléfono esperando una contestación que no llega.
Se produce una paradoja asfixiante: Daniel quiere trabajar, pero su médica no le da el alta, con toda la razón. Pero, incomprensiblemente, no obtiene una puntuación suficiente para cobrar durante esa situación. Y en esa rueda de sinrazón se mueve la película, en la que entran en escena, de manera casual, una madre soltera con dos hijos, recién llegados de Londres a Newcastle, donde ocurre la acción. Daniel les ayuda de manera instintiva, mostrando una solidaridad que a él le niegan sistemáticamente. Vemos en el protagonista una encarnación del hombre de la Inglaterra industrial, trabajador manual, sin acceso a internet, sin conocimientos de informática, que apunta todo con un lápiz y cuyo mundo está desapareciendo. El mundo de la palabra dada, del apretón de manos, del favor desinteresado, de tantas cosas que el neoliberalismo más desacomplejado se ha llevado por delante, con gobiernos de distinto signo en Gran Bretaña. Tony Judt, malogrado ensayista, ya lo narró en Algo va mal, en 2010. Una década después, podemos decir que algo va peor. En palabras de otro ilustre, Zygmunt Bauman, somos individuos, y no es una buena noticia en estos tiempos: estamos solos, desamparados, dejados a una responsabilidad personal que no siempre podemos afrontar, porque nos sobrepasa. A Daniel, un infarto le cambió la vida para siempre. Un trabajador honrado, un hombre que llevaba una existencia más o menos normal, con su carga de soledad al ser viudo, pero que se definía -y se defendía- con su actividad laboral. Una identidad que Richard Senett puso en duda en su obra La corrosión del carácter, al ver cómo la inestabilidad sociolaboral desvirtuaba la carrera profesional, hasta el punto que llevar mucho tiempo en la misma empresa ya no era un prurito, sino un hecho sospechoso, poco valorable en sí mismo: el cambio está bien visto.
Al mismo tiempo, la división entre trabajo y vida privada se desdibuja y se diluye, invadiendo lo laboral la parcela personal y de ocio: estamos siempre conectados, siempre localizados. Parafraseando a Cortázar, cuando te regalan un reloj, tú eres el regalado; cambiamos reloj por teléfono móvil, y tenemos un retrato de nuestro tiempo.
Volviendo a la película, Loach opta por una visión poco apasionada de la trama, distinta a otras de sus cintas clásicas, como Riff-raff o Lloviendo piedras, o la devastadora Agenda oculta. Parece un rodaje casi naturalista, con una fotografía muy neutra, y Loach sitúa la cámara y deja que los personajes interactúen. No es un alarde de manejo de cámara, no quiere darse importancia. Es una historia corriente, de gente trabajadora, de personas que no encuentran su camino, como Katie, la atractiva y atribulada madre de familia que se cruza con Daniel y a quien éste ayuda sin esperar nada a cambio, o los vecinos de Daniel, buscándose la vida con negocietes de falsificaciones de zapatillas deportivas. Un negocio, por cierto, que introduce la globalización en la película, redondeando así un panorama de la actualidad en Europa Occidental: tantas cosas se producen en China, que tiene la producción, mientras que Europa se convierte en provisora de espectáculos, como el fútbol, para ser vistos en televisión de pago a miles de quilómetros. El diálogo entre el joven chino y los vecinos es una nota graciosa en un tono general sombrío, contenido, que nos ofrece un retrato muy conseguido de la vida en una zona obrera de Newcastle, con un lenguaje de tacos, algún grito y unas interpretaciones notables de todos los actores, tanto los estirados funcionarios de la seguridad social como los que acuden a pedir subsidios.
Como docente, me llega mucho el drama que viven los dos hijos de Katie, a los que podría poner nombres diversos en mi propio cole, ya que es una situación que conozco de primera mano (y en un despacho de dirección, más). Unos niños que sufren la pobreza, que han crecido sin padre, que no pueden comprar unos zapatos nuevos, que en el cole son señalados porque la pobreza molesta, ofende, o hace creerse superior a quien, afortunadamente, no la padece. Daniel es un punto de referencia, alguien bueno en la vida de Daisy y Dylan, los niños que han tenido que mudarse a quinientos quilómetros de Londres para tener una oportunidad. 
Para mí, la relación entre Daisy y Daniel, que da lugar a un momento fantástico, precioso, es de lo más remarcable del film. Seres maltratados, abandonados a su suerte, que se reconocen y se ofrecen lo poco que tienen. Si no la habéis visto, os recomiendo que la veais. Y si sois docentes en secundaria, dadle vueltas a ver cómo la aprovecháis, porque no tiene desperdicio. 

Final de trayecto: balance desapasionado de cuatro años en la dirección.

Hace unos días, acabé mi mandato como director de un centro de educación infantil y primaria. Como muchos sabéis, han sido cuatro años, de ...