sábado, 21 de julio de 2012

Educar en la escuela pública hoy: en busca de sentido

El curso de Innovación para una educación de calidad contó, el viernes 20, con una ponencia de José Gimeno Sacristán, quien no necesita presentación en la pedagogía española. Como hemos venido haciendo, hemos recogido su intervención y a continuación, intentaremos destacar lo más interesante, que, como siempre que habla el profesor Gimeno, fue mucho.
Gimeno Sacristán empieza con una pregunta provocadora: ¿Para qué vale lo que enseñamos en la escuela? ¿Es relevante? En estos tiempos de muchas polémicas, no se plantea la idoneidad de aquello que se aprende y se enseña en los centros. Mientras no cambien los contenidos, no mejorará la escuela. Aunque se enfaticen los procesos, las competencias, sin contenidos, llega a afirmar, no hay pensamiento.
Seguidamente, señala que hay una pérdida de conciencia y una falta de consenso en la necesidad de lo público. La derecha no actúa responsablemente cuando va contra lo público y busca privatizar. No sólo eso: tampoco hay una definición clara, compartida, de lo público. Podemos hablar de aquello que es de todos, lo gratuito, o aquello que permite la discrepancia pero dentro de un marco general consensuado. Gimeno recurre a Hannah Arendt para afirmar que lo público es aquello que es común y nos une, sin tener que caer unos encima de otros. Es decir, lo que permite unidad y diversidad a la vez.
Seguidamente, se distingue entre educación pública, por un lado, y escuela pública, por el otro. La educación pública es una opción de valor, una elaboración filosófica y política. Hemos inventado conceptos como igualdad, compensación... que han de ser aplicados en la práctica, no meramente enunciados. Responde a un derecho y es base, a su vez, de los derechos civiles y políticos plenamente ejercidos: sin formación, no se llega a la plena ciudadanía, a la participación autónoma en los asuntos comunes. La educación pública, para responder a ese nombre, necesita de una serie de características que Gimeno enumera irónicamente en diez mandamientos, de los cuales dejamos aquí una síntesis.
Primeramente, necesita un profesorado competente, bien seleccionado y formado, que sea y se sienta responsable de su tarea, y que pueda desarrollarse profesionalmente.  Cualquier reforma que quiera realizarse no pasa por delante de la calidad del profesorado, y este factor se olvida fácilmente por parte de los reformadores educativos. Sin equipos directivos con liderazgo pedagógico, no hay mejora del sistema. Las leyes, afirma Gimeno Sacristán, lo permiten prácticamente todo en práctica educativa. La renovación pedagógica, en cambio, ha progresado al margen de las leyes.
Además, la educación pública es obligatoria, no desde un punto de vista coercitivo, sino como una obligación del estado y del propio profesorado, que responden a un derecho ciudadano. Un servidor público está para aumentar el nivel del alumnado, no para exigirlo. Sólo si cambia la instrucción, aumentará la calidad del sistema. El éxito de la educación pública es levantar al de abajo, al que no llega; no se trata de crear centros excelentes, sino de hacer excelente el sistema en su conjunto. Para ello, hay que aceptar la diversidad: es la característica más normal; las personas somos diferentes. De ahí que actuar con homogeneidad en el sistema educativo provoca desigualdad (una práctica que los que trabajamos en niveles básicos hemos observado tantas veces). Por tanto, se busca mejorar el rendimiento global, no el de unos pocos.
La escuela pública, por su parte, es una institución que ha de adaptarse a la educación pública; sin embargo, el modelo de escuela es más antiguo que el ideal de educación. No se ajusta perfectamente al servicio público que es. Gimeno cita el artículo ¿Es pública la escuela pública? en el que Mariano Fernández Enguita, también presente en estos cursos, denuncia la apropiación de los centros que realiza gran parte del profesorado, negando la participación y el control público de lo que allí ocurre. Desgraciadamente, los centros son hoy en día núcleos de anarquía organizada, que funcionan, pero sin sentido.
Y, no obstante, la escuela pública es el único instrumento de igualdad en la educación. Para ello, no ha de jerarquizar, sino integrar desigualdades. El desafío que comparten la educación y la escuela pública es ofrecer una cultura relevante a los alumnos de hoy. La sociedad democrática demanda una educación que permita convivir juntos siendo diferentes. El curriculum ha de dejar un poso cultural compartido, permitir un diálogo entre distintos. Y eso, normalmente, se consigue con una mayor comprensividad del sistema, que no está reñida con obtener buenos resultados en las pruebas PISA.
Por último, se repasan algunas cuestiones de actualidad en la educación española. El ponente advierte de una falsificación del lenguaje en el proyecto de reforma: se habla de combatir el fracaso, pero la medida concreta, la evaluación externa, o reválida, busca excluir a muchas personas. Además, creará inseguridad pedagógica, ya que habrá una presión externa que ya se vive en segundo curso de Bachillerato: esa misma tensión por la evaluación posterior se trasladará a ESO y, lo que es un sinsentido, a sexto de EP. La prueba que se incorpore, en cualquier caso, sólo podrá medir aquello que se hace con lápiz y papel. No obstante, la reforma en marcha va a tener apoyo de parte del profesorado, según el profesor Gimeno, ya que recoge algunos aspectos que han sido tradicionalmente motivo de reivindicación y queja de docentes (sobre todo en E. Secundaria): el control disciplinario del aula, la pérdida de calidad educativa...
También se echa un vistazo a las TIC, que pueden constituirse en un elemento compensatorio de la desigualdad exterior, aquella que se da en los hogares: no todos tienen el mismo acceso a estas tecnologías. Respecto a los deberes, se afirma que son una extrapolación del trabajo escolar, ya que no interviene el docente, y constituyen, con facilidad, una manera de privatizar el espacio público al hacer participar a la familia, el profesor particular... Esta es una polémica que nos acompaña desde hace mucho tiempo, el papel de las tareas en casa, y su adecuación en la práctica docente y discente. Evidentemente, aquellos alumnos con más medios tendrán más facilidad para realizarlos.
Por último, José Gimeno anima a la escuela pública a hacer publicidad de sí misma, es decir, vender y promocionar el tipo de educación que ofrecen. Los funcionarios no pueden desacreditar el sistema. Al contrario, hay que hacer marketing educativo para ganarse a las clases medias, que buscan educación siguiendo criterios de competitividad y no renuncian al ascenso social. De esta clase media depende, en buena medida, el éxito de la educación pública, su pervivencia como opción relevante socialmente.

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