martes, 3 de marzo de 2020

Happycracia, una lectura recomendable

Este pasado enero leí Happycracia, auto-regalo de navidad que, junto a Historia del silencio, fueron mis dos primeras lecturas del año 2020. Ya en verano quise leer este ensayo de Edgar Cabanas y Eva Illouz, pero las lecturas pendientes me disuadieron hasta ahora. Como siempre, he querido ver qué se puede sacar relacionado con la educación formal, aunque el libro no está dedicado, en absoluto, a la educación. Pero las modas psicológicas, ya se sabe, acaban afectando al ámbito educativo, tan proclive a introducir novedades provinientes de este campo del saber.
Happycracia no es un libro fácil de leer, sobre todo para los que no tenemos una formación psicológica consistente, más allá de las nociones de psicología evolutiva y aplicada a la educación, que son necesarias como docentes. Aprovecho para remarcar esto, puesto que muchos compañeros creen que con el conocimiento de la materia ya es suficiente... Si nos dedicamos a la investigación científica, seguro que sí. Pero trabajar con alumnado, sea infancia o adolescencia, requiere conocer al mismo, y no sólo desde la casuística o la experiencia, también a nivel teórico, que nos explica mucho de lo que ocurre.
Vayamos con el texto. Es una revisión crítica de la psicología positiva, creada por Martin Seligman y otros; el propio Seligman explica que se le apareció "como una epifanía", algo que ya hace ver el carácter intuitivo, poco científico, del enfoque. Por más que nos hayan hecho creer en la manzana de Newton con la gravedad o el Eureka de Arquímedes, lo cierto es que les precedieron muchas horas de estudio y reflexión. 
La psicología positiva pretende ser, más que una escuela psicológica, como la humanista o conductista, una actitud nueva, que quiere dar una visión positiva frente al catálogo de patologías que supone el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders) extendiendo los beneficios de la psicología a toda la población, ya que las personas sanas también necesitan ayuda para conseguir la felicidad. Esa palabra mágica, felicidad, contribuyó a la rápida expansión y a la generosa financiación de la novedad. Pero, lo cierto es que, tras veinte años y sesenta y cuatro mil estudios, no hay resultados concluyentes ni demasiado relevantes.
Otra cuestión es el sesgo ideológico del enfoque, que se puede considerar concebido por y para el mercado, lo que ha dado lugar a una floreciente industria de la felicidad (página 40): tantas experiencias, asesoramiento o coaching, mindfulness o atención plena, cursillos de autoafirmación, de cambio de actitud... Todos, supongo, hemos tenido algún contacto, más o menos directo, con estas prácticas.
No sólo hay que tener en cuenta el negocio de la felicidad, sino que algunos economistas, como Layard, pretenden medir la felicidad a través de cuestionarios y escalas, para obtener índices de felicidad que parecían más fiables que otros indicadores económicos. De hecho, la ONU, la OCDE, incluso Coca-Cola, se suman a la medición. Se considera la felicidad como "concepto obejtivo, universal y susceptible de ser medido de forma imparcial y exacta" (página 47). El Big Data ayuda en esta tarea, ya que influye a partir de lo más demandado o seguido. Lo emocional se convierte así en el criterio cuantitativo principal para la toma de decisiones políticas, económicas y culturales.
Además, la felicidad se considera un criterio aparentemente neutral y objetivo para medir la bondad de las políticas públicas, lo que conlleva, afirmo yo, una infantilización de la reflexión, quedamos en manos de un termómetro afectivo que igual que sube baja y que encuentra en Twitter, por ejemplo, un campo fantástico para apuntar y disparar sin demasiado tino a todo lo que se mueve... y no coincide con nuestra cosmovisión, o con nuestra más sagrada voluntad.
Se llega a decir que la desigualdad social favorece la expectativa de mejora... y por tanto la búsqueda de la felicidad. Como podemos comprobar, la economía de la felicidad contribuye a la individualización de la responsabilidad, a la evasión de la política de compensación de desigualdades, al deslizamiento de la cuestión pública al ámbito privado. Como decía Bauman, somos individuos, para bien o para mal, sobre todo para lo segundo: hemos de acarrear nuestra responsabilidad sin esperar nada de la sociedad ni del estado. Desde otro punto de vista, Byung-Chul Han recoge esta idea hablando del concepto de autoexplotación, en la que los éxitos y fracasos no tienen un componente social, sino meramente individual; el fracaso es siempre personal, y puede obedecer a una falta de actitud, a un mal desempeño profesional, a unas pobres aptitudes personales... Y son una nueva oportunidad para empezar, siendo positivos. Vaya positividad.
Portada del libro
Otra consecuencia es que, al ser las expectativas muy altas, nada más y menos que conseguir la felicidad, se puede caer en la frustración, al ver que no se avanza lo que se quiere, y en el cansancio (otro concepto de Byung-Chul Han, la sociedad del cansancio que ha interiorizado la autoexplotación) o en la corrosión del carácter, como ya nos advertía hace años Richard Sennett. 
Consecuencias todas de la evolución neoliberalista del capitalismo, basada en la mercantilización, incertidumbre laboral, uso de criterios tecnocientíficos, la autorrealización como centro de la vida. Y, como hemos dicho anteriormente, la individualización de las cuestiones sociales. El individualismo se concibe como un vehículo apolítico, legítimo y universal, de modo que se llega a decir que a más individualismo, más posibilidad de felicidad (página 65). 
Hay un deslizamiento de prioridades; la búsqueda de la felicidad es un derecho histórico, que se reconoce incluso en la Constitución de Estados Unidos. Pero su interiorización, su psicologización, es un fenómeno reciente y ligado, como vemos en Happycracia, a una determinada concepción de la realidad, que obvia las condiciones de justicia social. Ser feliz siguiendo unas pautas, como vemos en el capítulo IV, donde se repasan las tres características que, según la psicología positiva, se requieren:
-Autogestión emocional (y positividad).
-Autenticidad personal.
-Crecimiento o florecimiento personal.
Se trata de hacer de la felicidad un hábito a través de diversidad de prácticas sencillas que presentan la autogestión como un proceso amable (página 126). Los autores recogen un ejemplo de aplicación informática, Happify, unión de psicología positiva y tecnología, que a través de ejercicios graduales permiten evaluar el avance; se da así una cuantificación y también una monitorización y cosificación de la interioridad, sometida al dictado de la inteligencia emocional.
La educación, como bien sabemos, también ha recibido la influencia de este positive thinking, a través de múltiples aspectos, basados sobre todo en buscar la felicidad del alumnado, primar la emoción, abrirse a nuevas experiencias y a otros aspectos distintos del intelectual. En ese sentido, es cierto que ha primado lo académico sobre otras parcelas; el abandono del cuerpo o de los sentimientos han sido característicos de la escuela española de la segunda mitad del siglo XX. 
Como siempre, cuesta distinguir el grano de la paja, la homeopatía pseudopedagógica del saber consolidado, y el papel de encrucijada de prácticas que tiene el aula no es una ventaja. Los experimentos con poca base pueden llevarse por delante el aprendizaje de un grupo de estudiantes, y es difícil recuperar el tiempo perdido. La fe del converso, en este caso, no mueve montañas. Y quedarse parado tampoco es solución. Por tanto, una vez más, la reflexión compartida, la lectura de pedagogía y de psicología educativa nos han de ayudar. Y Happycracia es, sin duda, recomendable.


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