viernes, 28 de diciembre de 2018

Recuperar el asombro: no dar todo por hecho.

Hace poco, empecé una serie de artículos sobre la influencia de los medios de comunicación y de difusión en nuestro alumnado. Reconozco que es un tema que me interesa desde siempre, y ya en 2005, creo recordar, obtuve un reconocimiento de mi consejería a un trabajo de análisis de publicidad en educación primaria (cuando se daban premios a la investigación del profesorado a título individual, una parte más de lo que la crisis se llevó). Por cierto, el curso pasado volví a realizar el análisis con alumnado de quinto de primaria. Sigo considerando imprescindible enseñar a mirar, tan necesario hoy como aprender a leer, puesto que los códigos que rigen la comunicación audiovisual no son tan evidentes (vaya juego de palabras) como las reglas de codificación escrita. 
En un artículo anterior, hablaba de la pantallización de la sociedad, fenómeno imparable que no hay que confundir con el control sutil que sufrimos gracias a internet y que suele tener como referente -y antecedente en la ficción- al Gran Hermano orwelliano omnipresente en 1984. Aprovecho para recomendar su lectura, y de paso contrarrestar el uso del término en programas de televisión basura que han deteriorado el concepto hasta hacerlo una parodia de la intención de George Orwell. Este escritor y periodista británico imaginó un televisor que era capaz de ver a los receptores y los controlaba, además de ser un elemento de propaganda política de primer orden. Hoy en día, nos retratamos cada vez que entramos a una página web, compramos electrónicamente o interactuamos en redes sociales. Pero, a diferencia de la distopía orwelliana -escribió su libro a principios de la década de 1940- no existe una única fuente de noticias, ni hay control sobre las mismas; de ahí la proliferación de noticias falsas que influyen políticamente y crean un estado de opinión basado, tantas veces, en hechos que no han ocurrido o que se han tergiversado. No podemos pasar de la credulidad de nuestros padres, para quienes la televisión daba verosimilitud a los hechos, a la de nuestros hijos, que viven en la red, y están expuestos continuamente a las pantallas, casi desde que nacen, como denunciaba Catherine L'Ecuyer en Educar en el asombro
L'Ecuyer habla de sobreestimulación para definir qué está pasando. A tal efecto, recoge la famosa frase de Herbert Simon, recientemente fallecido, sobre la relación inversamente proporcional entre información y atención: 
Lo que la información consume es bastante obvio. Consume atención del que la recibe. Consecuentemente, una gran cantidad de información produce un empobrecimiento de la atención.
Que nos pregunten a los docentes si se cumple esta reflexión, que data del ya lejano 1970, antes de internet. Vaya si se cumple. 
https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Juego-infantil-1-noia.jpg
Trabajo de AnselmiJuan
En su libro, la autora canadiense residente en Barcelona se dirige a padres y docentes -en mi opinión, más a los primeros que a los segundos- en un afán por recuperar el asombro. Esta bella palabra, en efecto, puede caer en desuso ante una hiperexposición a los medios ya a los dos, tres años de edad, cuando no hay capacidad de comprensión ni de aprovechamiento real de lo visto. Cuando el niño o niña no tiene necesidad de estímulos visuales a gran velocidad -como suelen ser los videoclips o muchos dibujos animados- sino de interacción real con otros niños y, sobre todo, con adultos cercanos. Que una personita de cuatro años sepa utilizar intuitivamente una tableta no significa que haya de estar con ella indefinidamente, o que le dejemos ante el televisor y así no da guerra. O que chavales de ocho años pasen tres horas diarias jugando a videojuegos online, como me contaba un alumno hace unos meses. Y después, le damos un libro para que lea. A ver si se produce el milagro. 
Lo que ocurre, antes que después, es que esa exposición a un ritmo narrativo en imágenes tan alto dificulta el visionado de otros modos narrativos, de dibujos animados más pausados, o de películas con una secuenciación más lenta de la acción. Y llega, atención, el aburrimiento, la incapacidad para entretenerse por uno mismo o con interacciones con iguales. Por no hablar de la complicada adecuación al ritmo escolar, necesariamente distinto a la sobreestimulación producida por el consumo indiscriminado de imágenes. Por añadidura, la cantidad de esfuerzo, de implicación, que demanda el aprendizaje escolar es mucho mayor que la pasividad implicita, tantas veces, en el visionado continuado de la televisión o de la tableta como sustitutivo de la interacción con adultos. 
Estamos asistiendo a hechos preocupantes. Hace unos días, un alumno de mi centro, siete años, me decía en el patio que "jugar es de pequeños". Os prometo que me quedé sin palabras. Hay alumnos  de esa edad que, cuando faltan unos diez minutos de patio, acuden voluntariamente al lugar donde se forman las filas para entrar para ser los primeros, y se sientan a esperar. Observamos, además, que sus juegos son muy limitados, y que imitan en ocasiones escenas de videojuegos, más que auténticos juegos infantiles. Eso nos da pistas sobre cuáles son sus aficiones fuera del colegio: mucho sedentarismo, lo que repercute también en el nivel físico general y en el abandono cada vez más precoz del juego espontáneo. 
Frente a todo esto, L'Ecuyer propone recuperar el descubrimiento como modo de aprender, de integrarse en la sociedad de una manera paulatina, guiada, en la que la naturaleza tiene su lugar y no todo se ve a través de la pantalla. Porque, atención, si quitamos la capacidad de asombro, lo mágico, lo distinto, estamos hurtando una parte fundamental del crecimiento, la voluntad de saber, de experimentar por sí mismos lo que otros dicen. 
Siempre me ha sorprendido el éxito que elementos manipulativos sencillos tienen en el aula de primaria. Llevar unos pesos y una balanza es un acontecimiento. También ocurre lo mismo cuando se trata de cuerpos geométricos o unos recipientes con agua para entender las medidas de capacidad. ¿Por qué? Porque la realidad entra en el aula, no mediada por una representación. Tal vez estamos olvidando eso. Cada vez es más difícil salir con los alumnos a contextos reales como fábricas, talleres, tiendas... porque las medidas de seguridad y el miedo de las empresas a posibles reclamaciones por accidentes son barreras casi insalvables. Si además dejamos que el entretenimiento sea tarea de internet y no se fomenta el contacto con la naturaleza, dentro de lo posible, el resultado será una infancia insatisfecha, aburrida y con una limitada capacidad de descubrir por sí mismos.

jueves, 13 de diciembre de 2018

La pantallización de la vida: una aproximación.

Este verano pasado leí Educar en el asombro, de Catherine L'Ecuyer, escritora canadiense afincada en Barcelona. Reconozco que su lectura me sorprendió positivamente, por reivindicar una "pedagogía del sentido común", o una vuelta a la lentitud en la educación familiar, dentro de las posibilidades que ofrece esta sociedad. Una sociedad que ya podemos denominar "pantallizada", llena de pantallas que se acumulan, pero sin anular las anteriores. En este artículo intentaré dar una visión general a la evolución que hemos sufrido con el aumento de la tecnología de la comunicación a nuestro alcance. Como el tema es tan amplio, dedicaré una serie de artículos a la relación entre tecnología y educación. Porque los docentes no podemos quedarnos al margen de esta temática en la que vivimos nosotros y, sobre todo, nuestros alumnos.
Empezó el siglo XX con el cine, la gran pantalla, que pronto evolucionó del mudo al sonoro, del blanco y negro al color, y posteriormente a la opción de dos o tres dimensiones. Mi generación consideraba un acontecimiento ir al cine, en sesiones de 4.30, 7.30 y 10.30, con olor a palomitas y con una única película en cartel en la única sala del cine. Luego llegaron los multicines y la desaparición de los cines tradicionales. Resulta entrañable y admirable, a partes iguales, la iniciativa de un empresario salmantino, Joaquín Fuentes, que ha conseguido abrir dieciséis salas de cine en la España interior y despoblada
Luego, a mediados de los cincuenta, llegó la televisión. La pantalla se expandía y se privatizaba: pasaba del lugar común, la sala de cine, a los salones del hogar. Transformaba así la manera de estar y relacionarse en la familia. Aún recuerdo cuando mis padres compraron el televisor en color, para el Mundial de fútbol de 1982, aquél que se jugó en España. La oferta televisiva también creció con las cadenas privadas, las autonómicas y la televisión de pago. 
Después llegó la pantalla del ordenador, generalizado desde mitad de los ochenta. Más tarde fue la pantalla del móvil, primero como teclado y después como visor de imágenes, hasta llegar a la extraordinaria definición de hoy en día. Además, las tabletas han completado una oferta multimedia realmente apabullante, que nos acompaña en casa y en nuestros viajes (no sólo en los transportes colectivos, sino también en el coche particular). Ya esperamos que todos los vehículos, incluidos los utilitarios, lleven su pantalla con GPS, y en muchos monovolúmenes está la opción de instalar en el asiento trasero una tableta, supongo que para amenizar el viaje. 
Esa es otra característica de la pantallización: su voluntad de llegar a todas partes, a todas horas y, por ende, a todos los públicos. Qué pocos libros se leen ya en el tren o en el metro, pero... qué pendientes estamos de la pantalla del móvil. En ese sentido, internet ha crecido tanto por la proliferación de pantallas disponibles, y viceversa: la necesidad de acceso a internet ha favorecido la pantallización, en un proceso simbiótico en la que ambas partes han salido beneficiadas, y que ha propiciado la actualización constante de los dispositivos, con lo que el negocio -debidamente publicitado y alentado- está asegurado durante mucho tiempo. Además, ese continuo avance y reemplazo ha llevado a que instrumentos o máquinas que supusieron un avance considerable en su momento hayan tenido una vida efímera. Hace poco, expliqué a mis alumnos de tercero cómo aprendí a usar el teclado con una máquina de escribir mecánica. Mis alumnos se sorprenden -casi milagrosamente- de que sepa escribir sin mirar el teclado y usando todos los dedos. Me doy cuenta que explicarles que fui a una academia, con una máquina portátil que aun conservo, es casi remontarme a la prehistoria de la tecnología de la comunicación.
Las narrativas transmedia, una
consecuencia de la pantallización
https://co.creativecommons.org/?m=201510
Hemos perdido, por añadidura, grandes parcelas de privacidad, o de intimidad: la posibilidad de no estar disponible, de desconectar de todo durante un trayecto en tren y poder dedicarnos a la lectura de ese libro que nos hemos comprado en la estación, o que traíamos ex profeso para el viaje. Por no hablar del peligro que supone atender el móvil cuando se conduce, aunque haya manos libres. Y sin embargo, vemos a tantos conductores con el aparato en la mano.  
Esta falta de intimidad que supone estar localizados, en el ámbito personal y laboral, ha aumentado el estrés del trabajo y ha difuminado la separación entre lugar de trabajo y tiempo laboral, tan marcada en la mayor parte del siglo XX, y ahora tan tenue -en ese sentido, resulta interesante la lectura de La corrosión del carácter, de Richard Sennett, con el revelador subtítulo de Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo.
Además, hay otra pérdida de privacidad que tal vez no sea tan visible, o sobre la que no se reflexiona con la debida seriedad: la huella que dejamos en internet, el control al que estamos sometidos cada vez que hacemos clic en el buscador o que visitamos una página, y no me refiero sólo a la retahíla de anuncios personalizados que aparecen cada vez más en nuestra navegación. Haciendo un inciso, confieso que la próxima vez que busque un coche por la red, activaré el modo incógnito porque... qué avalancha de ofertas de modelos... justamente de esos modelos por los que muestro interés. Y este ejemplo puede generalizarse a tantas parcelas de nuestro uso cotidiano en la red. Ya conocemos la expresión: Si es gratis, probablemente tú eres el producto. Al final, nuestros datos, preferencias y opciones conforman un torrente de información conocido como big data, parte de la vigilancia que sufrimos inadvertidamente y que Didier Bigo, citado por David Lyon y Zigmunt Bauman, denomina banóptico (de ban, prohibir o excluir, y óptico), que sustituye al panóptico de Bentham. Pero eso es tema para otro artículo. Sólo apuntamos que el Gran Hermano orwelliano, descrito en su novela 1984, es un aprendiz comparado con la capacidad de control que ofrece internet. Eso sí, con mucha discreción.

Sintaxis en primaria y otras tradiciones escolares

De vez en cuando, resurge un debate en Twitter sobre la importancia del estudio de la sintaxis en educación primaria (de momento, en infant...