domingo, 22 de enero de 2017

Convivir para la paz, ¿una realidad escolar?

La cercanía del DENIP (Día Escolar de la No Violencia y de la Paz), el próximo 30 de enero, me permite retomar el tema de la convivencia en los centros educativos. Ya hemos dedicado otro artículo al Día de la Paz, pero no agota, en absoluto, el debate sobre su planteamiento pedagógico, incluso estratégico, en la vida del colegio, más allá de la folklorización que abordamos en el artículo anterior.
Además, ayer día 21 tuve la suerte de asistir a una ponencia de José María Toro que me reafirmó en algunas ideas sobre este tema. Por cierto, reconozco y aplaudo el gran nivel de las jornadas "Construim ponts educant junts", organizado por el Ayuntamiento de Nules, Castellón, que ha contado con los ponentes que podéis ver en el cartel adjunto, y que ha sido un acontecimiento relevante y a imitar por poblaciones más grandes y con más recursos.
No conocía el trabajo de José María Toro sobre la pedagogía del corazón, y me gustó enormemente escucharle, al final de la tarde, con gran energía y con amenidad, características ambas que permiten engancharse a un discurso aunque el cuerpo esté un tanto cansado tras un día entero sentado en una butaca, por cómoda que sea. Su apelación a repensar las relaciones, a dedicar tiempo a la introspección, a la respiración como manera de poner distancia entre las emociones y los actos... son aspectos a tener en cuenta por todo docente, y por toda persona, diría yo. El abandono del cuerpo y de los sentimientos -el corazón- ha sido una constante en la educación tradicional en favor del raciocinio y lo intelectual. Afortunadamente, la situación está cambiando, aunque con lentitud a veces exasperante. Si la escuela prepara para la vida, no se entiende que se dejen fuera de análisis los sentimientos, las emociones que los preceden, el análisis de las relaciones que tejemos y que nos tejen como maestros, alumnos, padres, miembros de la comunidad escolar.
A veces me pregunto qué sentido tiene que en primaria, por ejemplo, enseñemos a sumar fracciones con distinto denominador o a dividir por tres cifras sin calculadora -cosas que no suelen suceder fuera del ámbito escolar, corregidme si me equivoco- y dediquemos tanto tiempo y esfuerzo a ese empeño. Dirán algunos, y con razón, que después se les pedirá en secundaria. Sí. Pero ese factor no impide tomar distancia con respecto a la racionalidad y utilidad del curriculum. En cambio, ¿enseñamos a solucionar conflictos? ¿O nos fastidia enormemente que, al subir del patio, haya que hablar de lo ocurrido en el mismo, en esos treinta minutos de relativa libertad en los que ocurre de todo? Lo digo porque a mí me fastidia en ocasiones, sobre todo cuando llueve sobre mojado, y la clase de matemáticas se convierte en otra cosa... necesaria, sin duda.

¿Qué manera hay de superar esa sensación de fastidio, de incomodidad? A veces pienso que los docentes, una mayoría en la que me incluyo, vamos por detrás del conflicto, apagando fuegos, en vez de prevenir incendios. Siguiendo con el símil forestal, se suele decir que el fuego se apaga en invierno, cuando hay que limpiar el bosque, revisar los cortafuegos o abrir nuevos, prevenir, en una palabra, el riesgo de incendio que sobrevendrá en verano con las altas temperaturas. Lo mismo sucede en educación: si se piensa en la convivencia de manera estratégica, es decir, considerando el tema como capital y no eventual, se previenen los conflictos. Por ello, reflexionar sobre lo que ocurre en el patio, en los pasillos, en la entrada... es un paso necesario. Además de incluir dinámicas de resolución de conflictos, de colaboración y de "ponerse en lugar del otro", tan enriquecedoras. Pero posiblemente, en vez de eso, se haya elaborado un plan de convivencia de carácter prescriptivo, que se olvida una vez se entrega a inspección, y que no influye en la vida del centro. Y así nos va.
Volviendo al tema de la paz, me encantó esta aportación jocosa pero muy profunda de José María Toro, sobre la paloma picassiana. Contó José María una "visión", en la que Pablo Picasso, en tono familiar -porque ambos son andaluces, comentó- le confesó que, de haber sabido la que se lió con la paloma en los colegios, no la habría pintado. Porque al final, la paloma se vacía de contenido si pasa a ser una exigencia más, un trabajo a pintar, un papel a agitar sin saber bien por qué.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada