miércoles, 25 de febrero de 2026

El 8 de marzo en las escuelas: Más allá del morado.

Dentro de unos días se celebrará el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que últimamente se denomina 8M. En el blog no hemos dedicado ningún artículo específico a la fecha que también se conmemora en los centros educativos, y creo que ya es hora de hacerlo.

Hemos hablado, en general, de las celebraciones escolares, del peligro de folklorización de las causas, de su inanidad al quedarse en un espacio simbólico repetitivo, hecho para salir del paso, sin más. Es lo que ocurre con la paloma picassiana del 30 de enero, con el color morado el 8M, con el azul del día TEA... Recuerdo a José María Toro, maestro y conferenciante, quien, en plan jocoso, decía que soñó con Picasso y en conversación con él, reconoció que si hubiera sabido el destino de su paloma... no la habría pintado.

En mi centro nos han pedido, como es lógico, ideas para celebrar el 8M. Yo he propuesto un eslogan: Más allá del morado. Ponernos una camiseta, una gorra, un vestido de ese color es el distintivo de ese día. Por cierto, ¿sabemos el origen del morado como símbolo feminista? Yo lo desconozco, la verdad, como tantos desconocen por qué el 30 de enero es el día escolar de la paz. ¿Sabemos por qué el 25N se pintan mariposas? ¿Seguimos haciendo cosas sin sentido en la escuela? 

La respuesta, me temo, es afirmativa. La celebración del día de la mujer no puede quedarse en un color, en una canción, en un dibujo. Lo lógico sería que la igualdad entre sexos formara parte del currículum real, del que se trabaja en los centros, más allá de las disposiciones oficiales. Y que se llevara a cabo durante el curso. En ese caso, la celebración vendría a ser un paso más, una muestra de lo hecho. Lamento repetirme, puesto que este argumento se puede aplicar a los otros "días de" ya comentados. 

Trabajo sobre la igualdad real a partir de
la declaración de DDHH, alumno 6EP

¿Qué se puede hacer cada día? Detectar conductas machistas en nuestro alumnado, lo primero. Facilitar la igualdad real con medidas efectivas, con registros de lo que ocurre en el aula. ¿Quién lleva la voz cantante? ¿Dónde están los conflictos, por qué se producen? ¿Están las chicas arrinconadas en el patio o se comparte el espacio con normalidad? A partir de quinto de primaria, ¿hay comentarios inadecuados o sexualizados? Digo quinto por no decir edades más tempranas, que los móviles siguen destruyendo la infancia sin que pase nada.

Si esas prácticas ya se hacen, se va en buen camino, sin duda. También se pueden plantear otras cuestiones: ¿Por qué cobran más los hombres que las mujeres a igual trabajo? ¿Cómo trata la publicidad a hombres y mujeres? ¿Qué situaciones de desigualdad grave hay en el mundo? Podríamos seguir, pero creo que con esas ya da para mucho.

Y cuándo hacer eso, diréis algunos docentes. En el espacio de tutoría, por ejemplo, que es un tiempo precioso que, en ocasiones, no se sabe bien cómo llenar. Y en las demás áreas, también. La transversalidad no es una manera de evaporar los contenidos, sino de hacerlos llegar con naturalidad. Si en vez de la lectura narrativa que propone indefectiblemente el libro de texto a inicio de la unidad, se busca una breve biografía de Malala y su lucha por la escolaridad en Afganistán, se conoce su vida y se practica el género literario de la biografía, dos por el precio de uno. Lo mismo puede hacerse con datos sencillos de estadística para hablar de salarios, de presencia femenina en puestos decisivos, y tantas cosas más. 

Se trata de hacer transversal la propuesta, y para ello se aprovecha la tarea diaria, sin necesidad de "adoctrinamiento" ni de perder muchas clases de la asignatura que sea. A veces, eso suele ser contraproducente, al menos en mi experiencia. Trabajar con óptica de igualdad es sencillo. También podemos proponer experiencias enriquecedoras. Hace ya unos cuantos años, cuando era tutor de sexto de primaria, invité a algunas conocidas que daban clase en la universidad de Castelló, la Jaume I, para que tuvieran un diálogo con mi clase. Creo que funcionó muy bien, puesto que eran referentes que iban a encontrarse con ellos y ellas y a compartir qué era eso de la universidad, de dar clase allí, de investigar...

En fin, no quiero ser exhaustivo. Termino reivindicando el eslogan que he aportado en mi centro: El 8 M, más allá del color morado.

viernes, 13 de febrero de 2026

Envejecer en la escuela

 Retomamos la actividad en el blog tras un enero bastante cansado para mí, reincorporado por fin a mi trabajo tras un primer trimestre de baja. Este curso soy especialista de inglés y mi horario de clase directa es bastante exigente, y requiere una adaptación porque la tutoría de primaria es una realidad bastante distinta. Además, mi edad no es la más idónea para cambios de esta índole, pero es un factor que no se ha tenido en cuenta a la hora de encargarme esta tarea.

Quería hablar de esa situación que estoy atravesando a nivel profesional y vital; no del cambio de tarea, sino de envejecer en la escuela. Ese momento que parece que no ha de llegarnos nunca, que vemos en otros compañeros que se jubilan, o que se acercan a la jubilación, y que no pensaba que un día sería yo. Ni lo pensaba ni lo deseaba, la verdad, aunque ambos verbos comienzan a conjugarse en mi mente. 


Siempre me ha gustado mi trabajo, estar en la escuela, quedarme tras las clases a terminar cosas, no tener prisa por salir. De hecho, he congeniado con las limpiadoras de los centros donde he trabajado, porque compartíamos espacio tras las clases, con las aulas vacías y yo en mi mesa haciendo cosas mientras ellas ordenaban y limpiaban. Por cierto, qué poco se reconoce, en general, su tarea y cuán importante es. Este disfrute de la docencia me llevó a descartar optar a inspección, que podría haber intentado en serio. La dirección, para mí, fue un complemento a la docencia.



Obviamente, también he disfrutado de la compañía del alumnado, de las cosas de niños, de sus demandas y agradecimientos. No se puede ser maestro de primaria sin que te guste la infancia, sin que la entiendas. En eso, creo que he cumplido.

Como decía, va pasando el tiempo y llega un día en que eres el mayor en el claustro, el que ha de formar parte de la mesa electoral en las votaciones al consejo escolar, por ejemplo. Si, además, se cambia de centro, puede pasar que haya pocos compañeros de edades parecidas, con lo que a veces uno se siente fuera de lugar o, al menos, no tan cómodo como con docentes de su generación. En mi caso, cambié de centro dos veces a partir de 2020, cuando dejé la dirección con cincuenta y dos años. Las experiencias han sido diversas, sin duda, pero me he sentido más acompañado cuando las personas que trabajan conmigo son de edades similares. En caso contrario, se puede llegar a un sentimiento parecido a la soledad en el claustro, por la divergencia en las visiones personales y en la etapa de la docencia en que se está. Además, se puede contar con su asesoramiento en cuestiones que se repiten en la escuela. No darle siempre la razón, pero sí consultarle.

En ese sentido, conviene conocer las etapas de la vida docente que propuso Michael Huberman en 1990. Este autor estableció cinco momentos vitales y profesionales, que parecen bastante sensatos. En mi caso, estoy preparándome para la jubilación. Digo que son sensatos, aunque podamos discrepar en algún aspecto. 

Por ejemplo, no creo que hacerse mayor lleve a ser más conservador en educación. Hay jóvenes muy proclives a "lo de siempre" y hay veteranos con ganas de innovar (perdón por la palabra, pero creo que se entiende el concepto). En mi caso, siempre intento ajustar mi práctica a lo que requiere mi alumnado. En ese proceso hay cambios, evidentemente. Esperar lo contrario, que mi alumnado se adapte a mí, se antoja más complicado, aunque siempre hay una negociación implícita en ese ajuste. Más que la edad, es la perspectiva con que se analiza la educación, aquello a lo que se da más importancia. Por ejemplo, en mis aulas siempre ha tenido preponderancia la biblioteca; en cambio, otros docentes más jóvenes no la consideran igual de importante. Con un poco de reflexión, se afianzan prácticas que funcionan y se desechan otras. Creo que es razonable actuar así.

Con la edad, se vuelve uno más pausado, entiendo. No se tienen las fuerzas de los treinta y tantos, cuando nada parece imposible, y se han de dosificar con sabiduría. No se puede acudir a todo ni de la misma manera. 

Entiendo perfectamente a las compañeras de infantil que, en los últimos años de docencia, pasan a primaria porque físicamente están cansadas, porque no pueden seguir el ritmo de los tres, cuatro, cinco años.

Pero seguimos teniendo prioridades que no se abandonan. Por ejemplo, en los últimos años he presentado alumnado a concursos provinciales de dibujo, y en dos ocasiones han ganado. Muchas veces, es un esfuerzo solitario. Mi edad no es impedimento para interesarme por estas cuestiones. 

Por último, creo que hay un consenso -antes lo había- en cuidar a los profes que se acercaban a la jubilación. No dejarles pasar todo, en absoluto; pero sí tratarles con deferencia a la hora de elegir tutoría, o liberarles de tareas más pesadas, como sustituir o coordinar. No siempre se cumple, pero eso da satisfacción al docente mayor y confianza al claustro, en el sentido que ellos también han de pasar por ahí inexorablemente. 


EdAulablog en Castelló: Una crónica (II)

  Continuamos con la segunda parte de las intervenciones del encuentro EdAulablog que se celebró en Castelló el último día de febrero. Como ...