sábado, 19 de enero de 2013

No hay buen viento para quien no sabe a dónde va (tampoco en educación)

Tomamos como título esta frase de Séneca, que oí por vez primera en un curso de formación permanente. En aquel curso se nos instruía sobre la necesidad de los centros de tener, definir, una visión y una misión, dentro del planteamiento general del cuadro de mando integral, el modelo CMI. El ponente también nos planteó, con la cita senequiana, que sin una estrategia definida, sin un rumbo marcado, ni las mejores oportunidades se aprovechan, o se hacen de un modo incompleto, improvisado, poco meditado.
¿Por qué hablamos aquí de marcar un rumbo? Porque una organización ha de tener unos objetivos, unos puntos de referencia hacia los que tender, que indiquen la dirección en la que situar los esfuerzos y proyectos que se dan dentro de la misma. De otro modo, sin objetivos claramente delimitados -o al menos, sin una orientación genérica que dote de sentido la acción cotidiana- la práctica se convierte en un ejercicio sin referencias, o sin otra referencia que la tradición, la acumulación de experiencias ya vividas y no por ello examinadas críticamente. En ese escenario, la inacción, la falta de perspectiva, el inmovilismo, aparecen fácilmente en escena y llegan para quedarse. Ya hemos tratado esa cuestión en otros artículos de este blog.
La LOGSE, tan vilipendiada por algunos desde el principio, proponía un instrumento conceptual para solucionar ese desfase organizativo: el Proyecto Educativo de Centro, el PEC. El proyecto de centro se planteó como un documento que surge de una reflexión sobre la identidad del mismo; reflexión efectuada por la comunidad escolar, liderada por el equipo directivo. Pero -siempre hay un pero- en su momento no se entendió cómo llevarlo a cabo, y, más grave todavía, no se vio la necesidad de confeccionarlo. De hecho, hay centros que no lo han redactado, tras 20 años desde su aparición en la ley. Y en otros se hizo un corta y pega a partir de modelos dados, sin ese proceso reflexivo al que aludíamos. También es de justicia reconocer que aquellos claustros más innovadores hicieron un ejercicio creativo y elaboraron una constitución para sus centros.
En tantos colegios e institutos, el PEC está guardado en un cajón, durmiendo el sueño de los justos, absolutamente inoperativo. Como dijo un inspector a mi claustro, hace unos años, ése es su lugar. Que un representante de la misma administración que pidió elaborarlo diga estas palabras, define todo. Y esto, ¿por qué? Hay varias razones. La principal, como hemos dicho, es que no se creyó en su utilidad ni en su necesidad. Buscaba promover la horizontalidad en un sistema fuertemente burocratizado. 
Recurrimos, para entender mejor las causas de este rechazo o incomprensión a un breve pero exhaustivo documento de Antonio Bolívar en el que repasa la historia de la gestión de centros, y afirma lo siguiente:
- Partimos, como herencia afrancesada y tradición centralista europea, de una larga tradición centralista, acrecentada en nuestra particular historia de la dictadura, donde no han existido propiamente “centros educativos”, sino establecimientos de enseñanza que “distribuyen” programas o currículos determinados en instancias administrativas o territoriales superiores. Dentro de esta pesada tradición, que ha creado una “cultura” escolar en la propia Administración y centros escolares, se ha ido generando una colonización jurídica, por regulaciones normativas, de la mayor parte de ámbitos de la vida escolar, dando como resultado una acción docente rutinizada, con los consiguientes procesos de desprofesionalización. 
Es decir, se dio una herramienta reflexiva a claustros que vivían otra realidad, la de la cultura escolar tradicional, donde las decisiones ya estaban tomadas desde arriba, y la práctica era más bien opaca, desarrollada tras la puerta cerrada. Unos centros que se habían democratizado en cuanto a elección de director, y que habían incorporado los consejos escolares como órgano de gobierno, al menos en el plano formal. Y faltaba descentralizar el curriculum, a partir de dos documentos: el PEC, que daba un marco identitario a la acción de la escuela, por un lado; y el proyecto curricular de centro, por otro. Ambos fueron elementos impuestos desde la administración, y como tales se confeccionaron en gran parte de los centros: como documentos prescriptivos, no como una necesidad de clarificar objetivos, visión del centro, relaciones entre la comunidad escolar. 
Y hoy, en 2013, vemos que la escuela, en general, no puede dar respuestas adecuadas a las demandas que le llegan de alumnos, padres, organismos oficiales, administración... Los cambios sociales han sido pronunciados, se está produciendo un deslizamiento de la función académica escolar a áreas más asistenciales, educadoras en un sentido amplio. Y si no existe un consenso, un marco constitutivo para la acción conjunta, pueden aparecer el desconcierto, la sensación de agotamiento o de derrota. La pérdida de sentido de la práctica docente, que más o menos se sobrelleva cuando hay un enfoque academicista, se vuelve dramática en condiciones sociales o educativas adversas. Y ahí es cuando se puede recuperar  el papel reflexivo del PEC: reelaborarlo a la luz de los años transcurridos y de los problemas detectados en ese tiempo. Sacudirle el polvo, sacarlo del cajón y dotarlo de significado. Y para ello, no hacen falta grandes discursos pedagógicos. Una apertura a los demás miembros del claustro, para poner en valor lo que se piensa, es el primer paso. Y después, repensar la práctica. Saber qué escuela se quiere. Es decir, fijar un rumbo y aprovechar los vientos. No seguir más a la deriva.

3 comentarios:

  1. Debido a las inercias y peculiaridades del funcionariado, es más difícil que un centro público genere y mantenga un proyecto y una metodología propios de lo que le resulta a un centro privado. Lo que propicia que, en la educación estatal, la innovación sea más una labor de individuos que de colectivos. Pero esto se podría evitar, bastaría con que los equipos directivos de los centros tuvieran la suficiente autonomía como para seleccionar o retener aquellas personas que consideren necesarias para desarrollar su proyecto educativo, sin que estuvieran condicionados por los concursos de traslado, antigüedades, derechos adquiridos y demás blindajes y prebendas de la máquina funcionarial. Se entiende, claro está, que el proyecto sería juzgado en función de que cumpliera sus objetivos y que existiría un reglamento encaminado a impedir las arbitrariedades, amiguismos y tratos de favor.

    Sin embargo, la autonomía de los centros que postula la futura LOMCE, ¿en qué va a consistir? ¿En dejar cierta libertad para elegir el camino sin modificar el punto de destino? ¿En permitir que cada centro reparta como guste un pequeño porcentaje del tiempo lectivo, para que unos colegios dediquen una o dos horas más de las habituales a las enseñanzas artísticas y otros las destinen a las matemáticas? ¿O va a llegar tan lejos como para apostar por proyectos en los que se rompan, parcial o totalmente, la agrupación por edades, los horarios rígidos y la parcelación en asignaturas de los contenidos?

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/el-pacto-necesario

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/eficiencia-y-rendicion-de-cuentas

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  2. Dado el perfil de director que se busca, no creo que haya margen para muchas aventuras que desestructuren la actual manera de agrupar al alumnado, de segmentar el conocimiento en áreas o asignaturas o que modifiquen el horario. No es ese el estilo de la reforma, que va más por aspectos de evaluación externa que marquen un rumbo a los centros desde fuera.
    La autonomía que se preconiza, hasta donde sé, refuerza la autoridad del equipo directivo, pero no incorpora elementos de control distintos a los ya existentes, y que podemos denominar como laxos. Creo que hay una finalidad oculta -y no me gustaría que se tomara esta crítica como ideológica- que es abandonar a los centros a su suerte en lo organizativo, pero asegurándose un ascendente sobre la práctica en forma de exigencia de resultados, bien a través de la evaluación diagnóstica o de las reválidas. Si hubiera voluntad real de aumentar la autonomía de los centros, se potenciaría el papel de los consejos escolares; en cambio, se les quita atribuciones sin cesar. Y se piden planes sobre los cuales no hay un seguimiento posterior. Por tanto, esos "reglamentos" que acertadamente reclamas como garantía ante abusos no se aplicarán, si llegan a publicarse en los diarios oficiales. Creo que vamos hacia la ley de la jungla. Y que esas medidas no conseguirán que mejore el sistema educativo. Gracias por comentar.

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  3. Sería un buen ejercicio mental imaginar qué hubiera sido de la gestión democrática de los centros públicos durante la LOGSE si hubiera estado inmersa en el mundo 2.0 actual, o cómo sería la gestión de los mismos centros según la LOMCE sin ningún medio informático ni de comunicación telemática actualizados.

    Lo segundo es fácil de visualizar pues sucede, y lo primero puede que hubiera sido un escenario asambleario mucho más ágil y eficaz.

    Nuestras ilusiones y proyectos, como profesores en busca del bien común de la comunidad escolar, seguirán encerrados en un cajón como muchos PEC o siendo un espejismo con buena pinta, mientras TODOS los miembros de la comunidad no demostremos una actitud 2.0 en nuestro rol dentro del entorno educativo.

    Mientras una gran parte de la comunidad educativa siga mirando su ombligo con actitud 0.0, seguiremos siendo títeres en manos de quien tira de los hilos sin saber lo que pasa en el escenario.

    Creo que sobran miedo, ignorancia, resignación, manipulación e incoherencia

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