martes, 16 de agosto de 2022

Byung-Chul Han en Santander (II). Un resumen

Byung-Chul Han, atendiendo
a la traducción simultánea

Continuamos con la crónica del curso magistral impartido por Byung-Chul Han en Santander del 1 al 3 de agosto. Tras un primer artículo en que comentamos los aspectos generales del curso, nos adentramos en algunos de los temas que abordó el filósofo coreano.
Han habló mucho sobre digitalización, un proceso dejado en manos del mercado. Según el pensador, los políticos no piensan en el proceso digitalizador, que no tiene rostro humano, solo el capital. Sin embargo, Han deja claro que no odia la digitalización ni la tecnología, sino la manera en que se está llevando a cabo, la adicción que nos crea inconscientemente, la dependencia de estar siempre conectado y disponible.
Uno de los efectos de la digitalización es que insonoriza el lenguaje. La existencia de un tú hace sonoro el lenguaje, ya que va en su busca (el diálogo es eso, una búsqueda sonora del otro). Y así, lo hace también verdadero. Desaparece la voz del otro porque usamos mensajes de texto, diluyendo el diálogo. Además, no evocamos al otro como tú, o lo hacemos en contadas ocasiones. Se elimina la parte que tenemos enfrente, la otredad del otro.
Byung-Chul Han liga esta ausencia del tú al narcisismo, que a su vez explica que leamos tan poca poesía, retomando a Celan. La poesía necesita un otro, tiende hacia el otro. La poesía, dice el filósofo, es la esencia del lenguaje humano, por lo que estamos perdiendo la esencia de la humanidad.
Respecto a la relación con el otro, Han habla de una paradoja: se suprime la distancia (en un sentido de disponibilidad) pero no aumenta la proximidad. Al estar todo disponible, se pierde la pasión, no hay deseo. Los consumidores son seres solitarios. Incluso desaparece el vínculo con las cosas, ya que la relación es inversamente proporcional: a más cosas poseídas, menor vinculación, como explica en su libro "No cosas".
 El smartphone ha creado otra manera de percibir la realidad. Determina nuestra percepción pero sin ser conscientes de ello. Por eso, según este autor, necesitamos una fenomenología del smartphone. Está íntimamente ligado al consumo, todo está a un clic. Es un objeto agradable al tacto, con superficies lisas, que se ha convertido en el objeto devocional del capitalismo, como en otro tiempo lo fue el rosario para el catolicismo. De hecho, cada like es como un amén digital, una confirmación de que participamos en la comunicación global, a la que aportamos información sin coerción. Nos confesamos, mostramos imágenes, reflexionamos... sin darnos cuenta de la compulsión existente para publicar. Más comunicación es más capital, más publicidad en redes, más beneficios para las corporaciones que controlan la red, más información y datos que pueden ofrecer de cada uno de nosotros, convertidos, en realidad, en el producto. Nuestros datos son valiosos y los cedemos inconscientemente ante la gratuidad de los servicios digitales.
Para terminar con la digitalización, aunque el tema es casi inagotable, Byung-Chul Han habló del homo digitalis, el ser humano sin mano, solo con dedos. Históricamente, hemos conocido el mundo con las manos. De hecho, en alemán, actuar se denomina handeln, y la palabra mano (hand) está en el lexema. 
En nuestros días, en cambio, todo se digitaliza, se hace dígito y adopta valor numérico. Hemos pasado de descubrir el mundo con las manos a hacerlo con los dedos.  Incluso los niños cambian la manera de relacionarse y experimentar la realidad, ya no con la manipulación sino a través de los dedos que tocan el teléfono móvil.

La sociedad de la información ha llevado a la fragmentación de la realidad. La actualidad es compulsiva y difícilmente permite elaborar un relato sereno. La verdad es una narrativa, y el capitalismo no presenta una narrativa, no hay verdades, cada uno tiene su verdad. Por eso, las noticias falsas no pueden combatirse con la verdad. El panorama es terrible. Es una comunicación sin comunidad.
Hemos perdido capacidad de concentración para la lectura, que es una actividad que requiere mucha atención de manera continuada. Ha aumentado el aislamiento, ya que la televisión aún suponía un cierto ritual de compartir la visión, pero hoy casi ha desaparecido sustituida por plataformas digitales. 
Se pierden las historias, que son las que vinculan a las personas. Necesitamos, llegará a decir Han, una comunidad narrativa que comparta una narración que dé sentido y no la hay. Esto ya lo indicó Lyotard al hablar de la postmodernidad en La condición postmoderna: no hay grandes relatos justificadores, ni la religión (premoderna) ni el progreso, versión moderna y laica del relato, sirven ya. Y esto lo dijo a finales de los setenta. ¿Plantea Han volver a la premodernidad, a recuperar la comunidad, superada por la sociedad en la modernidad? ¿Se trata de hacer algo semejante a la comunidad ideal de habla habermasiana? Le pregunté al filósofo, pero no fue muy preciso. Dijo que la idea sería más una comunidad que comparte relatos, como antes de la modernidad. Cómo llegar allí, ya no está tan claro.
La comunidad se destruye. La desaparición de los rituales contribuye a su destrucción. Son arquitecturas temporales que estabilizan la vida. Ahora, solo cuenta el momento. El tiempo se fragmenta y atomiza, todo es instantáneo. Nada permanece, y esa instantaneidad nos anima a seguir publicando. No nos damos cuenta de que más comunicación significa más capital, más ganancia para las plataformas. Una manera sutil de dominación, aquella que no se percibe.
Me gustó su reflexión sobre la deformación de la sexualidad que supone la pornografía, en la que se ha suprimido la parte erótica, que no es productiva, y se ha optado por lo mecánico, que puede medirse en términos de rendimiento. Y esta visión tan parcial es la que reciben los jóvenes cuando se inician en la sexualidad, lo que no es una buena manera de conocimiento. Además, el porno puede hacernos ajenos al cuerpo de la otra persona, a su realidad, puesto que se busca repetir las escenas vistas una y otra vez, mecánicamente, en una paradójica afirmación de la sociedad de rendimiento en un espacio íntimo... al haberse convertido el acto sexual en un espectáculo sometido a la intervención de las redes, un objeto de consumo visual más.
Se refirió brevemente a la educación, sugiriendo la prohibición de los móviles en clase, sobre todo para dejar a un lado la adicción y poder recuperar parcelas de concentración de calidad.
Hasta aquí el resumen de tres días de curso. Supongo que hay pistas suficientes para investigar, buscar lecturas, artículos... que nos permitan conocer más la obra de Byung-Chul Han. 
En 2012, Zygmunt Bauman dio un curso magistral de tres días en Santander. En 2022, ha sido el turno de Byung-Chul Han. He tenido la suerte de acudir a los dos. Me siento afortunado.

domingo, 14 de agosto de 2022

Byung-Chul Han en Santander

 Como he comentado en un artículo anterior, del 1 al 3 de agosto de este año he asistido a un curso magistral impartido por el filósofo coreano afincado en Berlín Byung-chul Han. Aunque no habló específicamente de educación, creo interesante y pertinente incluir sus reflexiones en mi blog, porque la educación no está aislada de la evolución de la sociedad, y siempre he defendido que el profesorado ha de estar sabedor de cómo van cambiando las cosas. Recurrir a filósofos, sociólogos, antropólogos culturales... es una manera de formarse y de situarse.

Tras glosar las virtudes de la formación veraniega en Santander, paso a resumir lo más destacado de estos tres días de formación junto al filósofo de la sociedad del cansancio. Al igual que en otras ocasiones, dividiré la crónica en dos artículos para no cansar demasiado al desocupado lector, expresión del gran Paco Umbral.

El curso despertó gran expectación y eso se reflejó en la masiva asistencia de público a pesar de la intempestiva hora de celebración, de tres y media a seis y media de la tarde, un horario absolutamente inusual en los cursos de verano, que suelen tener sesiones por la tarde, pero más cortas y como continuación de la mañana. El propio conferenciante nos explicó la razón de estas horas: se levanta tarde ya que pasa la noche trabajando, leyendo, tocando el piano... Supongo que alterar su rutina durante tres días era demasiado sacrificio. Aquí falló, y no fue la única vez, la organización de la universidad. No se puede decir a todo que sí, por más reconocido que sea el ponente. El divismo debe estar fuera del ámbito académico, o atenuarse hasta niveles más soportables. 

Otra consecuencia de este horario es que apenas pudimos entablar contacto los asistentes al curso, ya que se terminaba tarde y no daba tiempo a comentar lo acontecido, mientras que en horario de mañana se tiene la comida, normalmente en el comedor de la residencia, para compartir impresiones.

Así pues, en la sala Riancho, la de mayor capacidad del Palacio de la Magdalena, rodeado de expectación, vestido con camisa blanca y pantalón y chaqueta negros (mismo atuendo los tres días), apareció Byung-chul Han a las tres y media del lunes.

Respecto a su discurso, he de decir que fue un tanto difuso, con divagaciones extemporáneas, repetición de conceptos... Además, el primer día solo habló noventa minutos, dejando otros noventa para la intervención del público. Demasiado tiempo, porque lo interesante era escuchar a Byung-chul Han, y las preguntas en los cursos y congresos... las carga el diablo muchas veces. Santander no fue la excepción. No se filtraron las preguntas (en el sentido de escribirlas y pasarlas a la traducción simultánea) ni se puso límite a la intervención de los asistentes, con lo cual algunas preguntas fueron miniponencias con mayor o menor coherencia. Se olvidaba frecuentemente que se estaba traduciendo al alemán, y el ritmo locutivo era demasiado rápido para la traducción. No hubo moderadores, un segundo error organizativo y bastante grave, ya que vivimos momentos esperpénticos. El tercer día, el rector estuvo toda la sesión e hizo de moderador de las preguntas.

Ejemplar de "La sociedad del cansancio" firmado por su autor.


Otra posible deficiencia de la organización fue no decirle al ponente qué público tenía: muchos profesores de filosofía, profesorado de enseñanzas medias en general, además de lectores de su obra de distintos campos profesionales. Digo que es posible porque no me consta que se dejara de hacer, pero Byung-chul Han desconocía el nivel académico de la audiencia. Y un pequeño informe a partir de la matrícula siempre es útil. Es cierto que era un gran número de asistentes, pero han tenido tiempo para hacerlo. En un momento dado, Han dijo que si daba una clase teórica de filosofía nadie entendería nada, lo que provocó la protesta de parte del público. No hubo demasiada conexión, la verdad, a pesar de que el auditorio estaba deseoso de oír al filósofo berlinés. 

El segundo día, dedicó media hora a rebatir un artículo publicado en "El Mundo" en que se le acusaba de practicar la autoexplotación, cuando él denuncia esta práctica como nociva en Occidente. Para convencernos de que no se autoexplota, nos aseguró que es muy vago: por eso escribe libros cortos, respondiendo así a una pregunta que yo quería hacerle, la razón de la brevedad de la mayoría de sus libros. Y también nos dejó claro que le encanta tocar el piano, sobre todo las variaciones de Goldberg. También disertó, en otro momento, sobre la diferencia entre el romanticismo de Schubert y Schumann. Nos animó a tocar un instrumento, cosa que todo el mundo debería hacer, en su opinión. Ya digo, divagaciones cuyo sentido no acabábamos de captar. 

La verdad es que me está saliendo un artículo un tanto sombrío, y no quisiera que fuera así. Hubo momentos de inspiración y de discurso interesante relacionado con la obra publicada por el autor. De hecho, empezó su intervención resumiendo su pensamiento con esta oración: "El otro desaparece". Es un proceso dramático, acelerado por la digitalización: todo es inmediato, accesible, consumible. Desaparece así la negatividad de la no disponibilidad, que justamente es lo que da la categoría de persona al otro. Al estar siempre disponible, al alcance (gracias a la digitalización y al teléfono inteligente), pasa a ser objeto consumible, ya no más persona. Una idea profunda para empezar, sin duda, que recupera el discurso sobre la alteridad de los ochenta y noventa, con referencias a Levinas y Derrida, principalmente, y también a Foucault. Han también utiliza el análisis del poder que hace este último autor en Psicopolítica, al hablar de los estadios de la dominación.

Han desarrolla esta apertura al otro mediante el contacto,  siguiendo a Paul Celan. Una relación basada en el tacto, no en lo digital. Un apretón de manos, tender las manos, las hace verdaderas. Así, propone un enigmático paralelismo: No hay diferencia esencial entre un apretón de manos y un poema. En ambos hay un encuentro, una fusión de dos personas que comparten el momento. Una intimidad que la exposición digital trunca, desenfoca y banaliza. Por eso, tal vez, cada vez leemos menos poesía. Y en el poema, la lengua llega a un estado contemplativo, hasta el punto de surgir una nueva lengua, según Han, quien llega a preguntarse: ¿Para qué vivimos las personas si abandonamos la poesía? Continuará.


sábado, 6 de agosto de 2022

Pásese por la UIMP en Santander... al menos una vez en la vida.

 He vuelto a la Universidad Menéndez Pelayo en Santander. Una muestra de normalidad tras los dos años desastrosos, a nivel social, que trajo la pandemia del COVID19. Pero, además, he vuelto a un lugar donde me reconozco, que he visitado en múltiples ocasiones desde 2006, creo recordar, cuando cursé mi primer seminario. Un seminario sobre educación que dirigió José Gimeno Sacristán, que había sido profesor mío de didáctica general en mis estudios de pedagogía, varios años antes. Como anécdota, diré que fui con varios becarios del departamento DOE (Didáctica y Organización Escolar), algunos de los cuales hoy son profesores universitarios.

Recuerdo que quedé deslumbrado por el "marco incomparable" (frase que Gimeno usaba con ironía tierna) y por el contenido del curso, muy completo; por cierto, intervino el hoy ministro de Universidades, Eduardo Subirats, entre otros renombrados investigadores, entre los que recuerdo a Nieves Blanco, Manuel Delgado, Fernández Enguita... Un gran curso que propició otras estancias en veranos sucesivos. Y no fue solo el curso, claro. Las actividades culturales anexas, la posibilidad de escuchar a escritores, actores, cantantes, o ir al teatro CASYC, la confraternización, efímera, sí, pero muy agradable con asistentes a otros cursos, con los que se coincidía en el comedor, en la cafetería o en el autobús desde la residencia donde estábamos los becarios.

Con los años, volví a coincidir con Gimeno Sacristán desayunando en el Palacio de la Magdalena y me hizo una pregunta con su punto de ironía: ¿Tú eres asiduo o adicto? Y la verdad es que me inclinaba más por la segunda opción. 

Creo que a todos los docentes nos vendría bien un curso de verano en Santander. Es parecido a ver un paisaje con perspectiva o, más gráficamente, sacar la cabeza del agua cuando estamos sumergidos, buceando. Y no hace falta que sea un curso de educación; las temáticas son variadas. Por ejemplo, esta semana primera de agosto había un curso sobre filosofía, otro sobre novela histórica, sobre salud mental, sobre física y cambio climático... Y me dejo algunos. He observado la tendencia a realizar cursos o encuentros más cortos, de tres días en lugar de una semana. Quizás es signo de los tiempos, pero un curso o seminario en una semana es más relajado, a priori, y permite más interacciones, un aspecto que no hay que desdeñar. Mención aparte merece el curso de tres días que en 2012 impartió Zygmunt Bauman, ya octogenario, con una dedicación y amabilidad impresionantes.

Uno de mis mejores momentos, que recuerdo con cariño, fue en 2014, en la cafetería de Caballerizas. Tomaba café, después de la sesión de tarde, cuando ayudé al camarero a comprender lo que pedía un médico norteamericano (vestido con traje y corbata). A continuación, el buen hombre, que tenía ganas de charlar, me explicó un poco su seminario, qué hacía en el hospital, incluso parte de su vida familiar. Se alegraba de poder charlar en inglés. Fue una media hora estupenda, en la que al café inicial se añadió un whisky con hielo, gentileza de mi interlocutor.

Como ya he dicho, a la calidad general de la formación ofrecida hay que unir el encanto de la ciudad, sus zonas de ocio, sus jardines, su oferta cultural... Todo suma. Y también, cómo no, el espacio de la Magdalena, una península donde se ubican el Palacio, las Caballerizas, el Paraninfo y otras instalaciones. Todo cuidado y con un aire propio muy conseguido, a mi entender, que podemos denominar clásico. Y sin ninguna afectación, lo cual se agradece. Mucho respeto sin empalago, personal que saluda y da los buenos días, intenta ayudar desde la cordialidad. 

Uno de mis rincones favoritos en 
el Palacio de la Magdalena

 Una opción que ofrece el ministerio de Educación en los últimos años es cursar formación en colaboración con la UIMP en diversas sedes de España. Yo mismo he realizado cursos en Valencia y Madrid. Aunque el atractivo de Santander es indudable.


En un próximo artículo desarrollaré lo más interesante del curso magistral impartido por Byung-Chul Han del uno al tres de agosto, en un horario intempestivo, ciertamente, ya que se desarrolló de tres y media a seis y media de la tarde, horas más propicias para el descanso tras la comida, para la lectura o la charla que para escuchar filosofía. Pero esa ya será otra historia. En este artículo, quiero sobre todo compartir mi alegría por recuperar, de manera presencial, este espacio de conocimiento compartido, la UIMP de Santander y de todas sus sedes.

El horario de tarde me permitió escuchar a Juanjo Millás y Jesús Carrasco, por la mañana, en un curso sobre salud mental. También me asomé a la novela histórica de la mano de José Calvo. Pude disfrutar de los martes literarios escuchando a Santiago Posteguillo, quien se mostró como un orador ameno y preciso. Además, asistí a "Maestríssimo", un musical dirigido por el grupo Illana.

Y todas las semanas así, desde junio a septiembre. Por todo eso, vale la pena escaparse, al menos una vez, a vivir la experiencia del verano en Santander. Y ya puestos, si se quiere, probar los pinchos, tomar un vino, una copa en Cañadío, visitar el Centro Botín, pasear por Piquío o por el Paseo de Pereda... Tantas cosas como Santander ofrece. Pero, sobre todo, la oportunidad de compartir conocimiento, de volver un poco, aunque sea, más sabios y más humanos.

Por qué no necesitábamos la LOMLOE

  Hace más de dos meses que no publico una entrada en el blog. Septiembre y octubre son meses complicados en las aulas, con la programación,...