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viernes, 24 de julio de 2026

Un viaje al fin del sueño americano: Omaha

 Reconozco que he tenido mis dudas sobre hacer una reseña de Omaha, película estadounidense que vi en el cine hace una semana. Aunque no trata el tema escolar, sí que se ocupa de la infancia y de la situación social en el país de las barras y estrellas. Mis dudas venían más por la crudeza de la historia, por las sensaciones que despertó en mí. Además, se añade la dificultad de comentarla sin destripar la trama, cosa que comprenderéis si la habéis visto o cuando la veáis.

La película está dirigida por Cole Webley y es su opera prima. El reparto es reducido: cuatro personajes principales, tres miembros de una familia y una trabajadora social. El padre y sus dos hijos, una niña a punto de cumplir once años y un peque de seis o siete, emprenden un viaje largo por carretera. Les acompaña el perro de la familia. La madre, como se nos dice al principio, ha fallecido recientemente.

Desde el principio, el viaje muestra un final: no volverán a esa casa, el destino será permanente, aunque no sabemos ni a dónde van ni por qué. Parece una road movie llena de precariedad. El padre es el vivo retrato de la angustia, y realiza un ejercicio de contención cuando está delante de sus hijos. 

Cartel de la película en
x.com/Avaloncine
Avanza la historia entre paradas, chocolatinas y juegos de palabras en el coche. Los niños siguen siendo niños, pese a todo. Como espectador, no entiendo demasiado el secretismo del padre, que parece bloqueado. Tiene poco dinero, que administra como puede. No asoma la seguridad de un nuevo trabajo, de un contacto en el sitio donde van... Nada de eso. Silencio. Ella, la hija, intenta saber el destino. Ante su insistencia, el padre dice que van a Nebraska, en el centro del país. Omaha, nombre que da título a la película, es la ciudad más poblada, y tiene un zoo famoso. Reconozco que a mí ese nombre me evoca una playa del desembarco de Normandía en 1944.

Volviendo a la película, vamos viendo episodios preocupantes que entristecen a los niños. El espectador no tiene la información para entender, hay que esperar. Yo mismo me vi, en un momento de la proyección, recriminando al padre su actitud. En este sentido, la película está bien realizada, aunque asume riesgos. No se hace larga -su metraje no lo es- y la estructura de película de carretera funciona.

El desenlace se producirá al llegar al estado de Nebraska y a Omaha. Aquí se precipitan los acontecimientos hasta llegar a un final que nos hace entender todo. No decimos más, no hace falta.

El film presenta, en mi opinión, los hechos sin juzgarlos. El espectador ha de sacar sus conclusiones. El grueso de la trama recae en el padre, que parece llevar el peso del mundo a sus espaldas. John Magaro está muy bien en el papel de persona que no sabe cómo seguir adelante, pero tiene que hacerlo: no está solo.

Me gusta ver cómo los niños siguen jugando, peleándose, ajenos a la realidad, aunque Ella intuye que algo no va bien. El planteamiento de road movie funciona correctamente, lo que constituye, sin duda, una de las bazas fuertes de la película. Eso sí, es un viaje distinto, lleno de precariedad y angustia, rebajadas por la actitud infantil despreocupada, a pesar de las pérdidas.

Además, se nos muestran lugares un tanto inhóspitos, paisajes desérticos, establecimientos de carretera y comida rápida. Todo tiene un halo de desolación, de pobreza más o menos evidente. Lo más destartalado es el coche familiar, que necesita un arreglo integral o la jubilación. 

Omaha es una película intensa con pocos personajes y un aire independiente que se deja percibir en todo el metraje. La cámara se usa sin alardes, y le da un toque documental en ocasiones. Busca la naturalidad en la narración, huyendo de lo melodramático, lo cual se agradece, sin duda.

En definitiva, una oportunidad para reflexionar sobre la pobreza que aguarda tras una mala racha y una realidad que afirma que el sueño americano ha desaparecido y tantas veces, deja paso a una pesadilla, amarga como un café en un bar de carretera.

 

jueves, 9 de abril de 2026

Altas capacidades: la escuela, ¿para quién?

Hace tiempo que no publico una entrada sobre #cineyeducación, pese a que es uno de los ejes del blog. Esto se debe a que no todas las películas sobre educación llegan a mi provincia, y que no hay tantos largometrajes dedicados a lo educativo. 

En este caso, Altas capacidades es una película española que trata el tema de la elección de colegio como manera de situarse en la vida. Está dirigida por Víctor García León, quien además es coguionista junto con Borja Cobeaga.

Alicia y Gonzalo son un matrimonio de mediana edad con un solo hijo, Fer, que tiene nueve o diez años, cursa cuarto de primaria. Los padres no parecen demasiado preocupados por la escolaridad de su hijo, a pesar de que este envía señales con su conducta en clase. 

Todo cambia cuando leen una noticia luctuosa: la muerte de un presunto narcotraficante cerca de un colegio privado de élite, el Piros. Ahí surge la oportunidad de solicitar plaza para Fer, que en realidad es una plaza para los padres, que cambiarían de ambiente escolar y podrían subir en la escala de relaciones sociales. 

Se movilizan para conseguirlo y Domingo, uno de los jefes de Gonzalo, se pone en contacto con ellos porque también lleva a sus hijas al mismo colegio. La trama avanza, conocemos a otras familias, también a la viuda del narco, y se va complicando la entrada de Fer, pese a los esfuerzos de su familia. 

Mientras tanto, Fer sigue dando muestras de sus problemas de relación, sin que sus padres reaccionen. Es lo más terrible de la historia, a mi entender: el niño es lo último, mejor dicho, la realidad de Fer no se tiene en cuenta. Es cómico, y para nosotros los docentes nos resulta frecuente, cómo se recurre a dos etiquetas que oímos mucho en los colegios: altas capacidades y dislexia. 

En mi dilatada experiencia en los centros, me he encontrado con familias convencidas de que su retoño tenía dislexia. En un caso, porque la profesora particular (una alumna universitaria, creo recordar) así lo había dicho. Ni rastro de dislexia hallé yo; no había problemas de lectura. En otros casos, se llama altas capacidades a un buen rendimiento escolar, y no es lo mismo. He tenido alumnado con sobredotación y adelanto de curso, y no siempre es una suerte para ellos. 

En la película se trata el tema con cierta ironía: cualquier razón es buena para justificar el cambio de centro, donde estará mejor atendido, con menor ratio... y sin esperar al curso siguiente, hay que aprovechar la ocasión. En ese sentido, se agradece esa distancia que huye del tono reivindicativo, dejando que el público saque sus conclusiones.

No desvelaré más de la trama, que ya está suficientemente esbozada, a mi entender. Se recoge el dilema entre ser fiel a lo público, que funciona razonablemente, o dar el salto a un cole elitista, que cuesta mucho dinero cada mes y que asegura otro ambiente, tanto en el aula como en el grupo de familias. Un cole pijo, vaya. 

Entre estas familias destaca Paz, la viuda del narcotraficante y madre de un alumno del centro, que da mucho juego a la trama y es un contrapunto a tanta falsedad e hipocresía social. Ella es consciente de que no encaja en ese lugar, pero no quiere cambiar a su hijo que está integrado.

La escuela pública se ve como un espacio de normalidad. Aparece el director, no el profesorado ni la vida en las aulas. Nos reconocemos en la figura de ese docente que habla con las familias para reconducir la situación, con poco éxito, a lo que se ve. Porque la película no es exactamente un film sobre la escuela, sino sobre la elección de centro, es decir, sobre los valores que llevan a una decisión fundamental para los hijos. En este caso, no relacionada con el tema religioso, ya que el centro es laico. Eso sí, con mediateca, que queda muy aparente.

El reparto está muy conseguido y las actuaciones son creíbles. Aparte del matrimonio protagonista, Juan Diego Botto está muy bien como displicente padre del colegio y profesional de éxito. Y Natalia Reyes, como la viuda del narco, ofrece la fuerza de un personaje que no encaja pero que lo lleva con dignidad.

El final cierra un círculo de ironía que envuelve toda la película y que reivindica, a mi entender, la prioridad del niño y la relación con sus padres, como primer e insustituible espacio educador. En un cole público o en uno de (mucho) pago. 

miércoles, 9 de octubre de 2024

El 47, una historia verdadera

 Reconozco que tenía mis dudas antes de escribir esta reseña sobre "El 47", la película española dirigida por Marcel Barrena estrenada este otoño y que cuenta la historia colectiva de los vecinos de Torre Baró, un barrio marginal de Barcelona surgido en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Un barrio hecho, contra muchos obstáculos, por inmigrantes andaluces, extremeños... de la España rural que buscaron una oportunidad lejos de sus territorios, donde no veían futuro. La historia que se cuenta está basada en hechos reales.

Digo que tenía dudas porque no aparece la educación formal de una manera clara. La esposa del protagonista es maestra, pero su trabajo se ve de pasada. De todos modos, aquí hemos hablado de películas sin relación directa con las aulas, como Daniel Blake, La ladrona de libros o Captain Fantastic. 

https://www.rtve.es/rtve/20241007/47
-participada-rtve-supera-300000
-espectadores/16277171.shtml

Desde luego, la película tiene mucho de aprovechable en educación secundaria: desde el bilingüismo voluntario como signo de integración en Cataluña, que encontramos en el personaje de Manolo Vital, al acercamiento histórico al desarrollismo y sus miserias en el franquismo, por ejemplo, que muchos jóvenes y adolescentes no comprenden, de tan lejano que parece.

En la narración se ve la evolución positiva del barrio que poco a poco va consiguiendo avances: agua corriente, electricidad... Puede parecer disparatado, pero la España de entonces era así para muchos, para los que habían llegado en aluvión a las regiones industriales y que empezaron juntando chapas y maderas para hacer chabolas, desesperados.

Guardo en mi memoria una tarde en la que un grupo de amigos con poco más de quince años fuimos a una localidad vecina en tren. De esto hará cuarenta años. La estación era lúgubre, de la posguerra, mal iluminada, fría y desangelada, como si siguiera en el pasado. Algo de esto se puede contemplar en "El 47", que ofrece una cuidada ambientación, que combina imágenes de la época con unos escenarios muy conseguidos. Era una España fea, sin preocupación por lo estético. La pobreza y el desdén juntos de la mano.

El protagonista, como ya hemos dicho, es Manolo Vital, un jornalero extremeño que se establece muy precariamente en Torre Baró, a fuerza de voluntad y tesón.  Manolo, magníficamente interpretado por Eduard Fernández, es chófer de autobús urbano en Barcelona. Vive en su barrio y ha de ir cada mañana a pie hasta la estación de autobuses, a cocheras. El guión renuncia, muy acertadamente, a convertirlo en un héroe, a magnificar su hazaña, una acción de protesta que podía salirle cara, como así fue.

Torre Baró no tiene conexiones de autobús con el centro. Es una reivindicación colectiva del vecindario: llegar a Plaza Cataluña desde sus casas. Manolo lo vive doblemente: como vecino y como conductor de la línea 47. Pero él ya se siente mayor, no quiere dar la batalla. Por eso digo que no lo convierten en un héroe al uso, en un hombre sin vacilaciones, de una pieza. 

Vemos en la narración cómo un hombre bienintencionado, cabal, intenta solucionar sus problemas según los cauces establecidos... y no es tenido en cuenta por los políticos, tampoco los de la incipiente democracia municipal. 

Además, aparecen las luchas sindicales, el tema de la integración de los hijos de los inmigrantes del resto de España en la cultura catalana, la dificultad para llevar a cabo protestas conjuntas... Una panorámica creíble de los años setenta que, además, hace pensar y emocionarse, aunque, en este último aspecto, opta por un tono sosegado, desapasionado, huyendo de lo lacrimógeno; no hace falta, la trama lleva al público a sacar sus conclusiones... y a sentirse tocado, a poca sensibilidad que se tenga. Pero sin recurrir a trucos, excepto quizás en la actuación musical de la hija de la pareja protagonista, de la que no contaré más.

Los actores secundarios están muy bien en sus papeles, sobre todo los que interpretan a inmigrantes. También Clara Segura, que da vida a la esposa de Vital. A resaltar la interpretación del policía nacional que aparece en diversos momentos del film, dando el contrapunto al protagonista. 

Y, como hemos dicho, se agradece el tono, apoyado en un manejo discreto de la cámara, que en algunos momentos recuerda al documental.

En resumen, un producto digno que acierta en el tratamiento no hagiográfico de los hechos y que nos acerca a una época cercana pero que ya puede verse como parte de nuestra historia, años de cambio que, desde la distancia, se observan mejor.


domingo, 26 de mayo de 2024

Los buenos profesores... y las buenas películas

 Afortunadamente, la escuela vuelve a estar de moda en el cine. Últimamente han aparecido películas que tratan de manera central la educación formal, como hemos reseñado aquí. En España podemos recordar tres: Chinas (que pasó más bien desapercibida), El maestro que prometió el mar y más recientemente Menudas piezas. En Europa, tenemos dos ejemplos relevantes: Sala de profesores, película alemana, y Los buenos profesores, que reseñamos hoy. En Estados Unidos, la apuesta ha sido Los que se quedan, cuya acción transcurre en los primeros ochenta. Es para alegrarse tras unos años en que lo escolar parecía haber decaído como centro de atención cinematográfica.

Los buenos profesores refleja la vida escolar en un instituto francés durante un curso entero. El hilo conductor es la incorporación de un nuevo docente de matemáticas sin experiencia en el aula. Recibe el apoyo de sus compañeros, algún consejo, y sobre todo empatía y comprensión: saben que los inicios no son fáciles. Como digo, es el hilo conductor porque la película apuesta por un retrato coral, que muestra a los profesores en clase pero también en sus vidas fuera del instituto. Por cierto, no entiendo por qué se cambia el título en español: Un trabajo serio (o de verdad) es el título en francés (Un métier sérieux) y refleja bien, a mi entender, el dilema de Benjamin, el profe sin experiencia, sobre si dedicarse a la docencia u optar por otras salidas profesionales, como le recomienda su padre, médico: que se busque un trabajo "de verdad".

La profe de biología Sandrine(Louise Bourgoin) en su clase.
En www.cinemagavia.es

A lo largo del curso, el joven becario reconvertido a profesor habrá de lidiar con situaciones complejas que le pondrán a prueba y le darán respuestas.

Lo mejor de la película es esa coralidad que recorre las trayectorias del profesorado, dando pinceladas sobre sus vidas sin caer en el endulcoramiento ni en la exaltación de la docencia. Tampoco se recrea en los conflictos, sino que los asume como parte de la enseñanza. El grupo de docentes es variopinto, como ocurre en la realidad. Está el profesor experimentado que ha llegado a la madurez y que se pregunta por cómo mejorar su práctica, porque él mismo se aburre. Está el profe enrollado y bromista que, a su vez, esconde problemas graves en sus relaciones personales. También la profesora ordenada y metódica que asiste perpleja al desajuste de su vida y de su docencia, hasta que no puede más. El director y su adjunto ponen una nota humorística de manera involuntaria, siempre con prisa y, en lo posible, escurriendo el bulto en los conflictos. Los directores, en Francia, forman un cuerpo administrativo diferente al profesorado. Encontramos, además, otros profes con vidas complicadas, divorcios, custodias compartidas, atracciones más o menos manifiestas que no se consolidan, soledad... Un retrato de las relaciones humanas del siglo XXI.

Echo en falta un poco de conflicto pedagógico que, al menos en España, existe en los centros sobre cómo dar clase, de qué manera evaluar... Esos temas no aparecen en la película, no hay cuestionamiento de las prácticas ajenas. En ese sentido, el guion apuesta por el tono amable, aunque sin dejar de reflejar la tensión de la docencia, ese estar continuamente expuesto a las demandas del alumnado, de la administración, de las familias. La docencia es dar respuestas de manera continua, por eso es una actividad exigente y estresante, tantas veces. En ese sentido, se agradece tener apoyo entre los compañeros, quedar a tomar algo después de clase, preocuparse por cómo ha ido el día... pequeñas ayudas que hacen más llevadera la práctica.

El director adopta un estilo cercano al documental, con mucha luz natural, planos cortos y un uso moderado de la banda sonora, todo lo cual contribuye a dar credibilidad a la narración que avanza a lo largo del curso escolar. Encontramos situaciones que reconocemos los que también estamos a pie de obra en la educación. Hay un breve epílogo que da respuesta a algunas preguntas, pero de manera implícita. 

Los actores están muy bien interpretados, tanto los adultos como los adolescentes. Entre los primeros, destacan, a mi entender, Louise Bourgoin, en el papel de Sandrine, todo contención e incomunicación dentro de una corrección formal apabullante que acaba por ahogarla. François Cluzet cumple con su estilo habitual, interpretando a un profe cercano a la jubilación con sus propias disputas familiares. 

Como decía antes, es fácil reconocer en la trama hechos que nos ocurren a nosotros en las aulas. Me llegan especialmente dos miradas en dos momentos de la película: la del padre extranjero que, con humildad, expresa que no entiende lo que le dice la profesora. La segunda mirada es la del alumno con buena conducta que no entiende el conflicto que se está produciendo en el aula: una mezcla de incredulidad y miedo. Estas miradas ya justifican, por sí mismas, ver "Los buenos profesores".

sábado, 10 de febrero de 2024

Sala de profesores: un retrato con sombras

Retomamos el blog con uno de sus epígrafes de más éxito, cine y educación. A lo largo de los ya casi doce años de esta aventura de opinar sobre lo educativo, han sido muchas las películas reseñadas aquí, como podéis comprobar al seleccionar la etiqueta del mismo nombre.

Hoy abordamos una película que es plenamente escolar y trata una cuestión educativa, que transcurre en un centro de secundaria con profesorado, alumnado, familias. Podemos reconocer la arquitectura del lugar, las aulas, las reuniones, los demás espacios. Se trata de la película "Sala de profesores", de reciente estreno en España y que es candidata a los Oscar de Hollywood por Alemania. Está dirigida por Ilker Çatak y Leonie Benesch es su actriz principal.

Protagonizada por Carla Nowak, una joven profesora de matemáticas y de Educación Física, parte, como tantas veces, de un hecho menor: se producen pequeños robos en un instituto alemán. El equipo directivo se moviliza, pensando que hay alumnado implicado.

Carla, tomando la iniciativa, descubre a la persona que roba en la sala de profesores. Ese descubrimiento tendrá graves consecuencias para ella, para la persona ladrona y para el conjunto del alumnado de primer curso. Se plantea un conflicto de afinidades, a quién creer y a quién seguir.

La trama es un tanto confusa, ya que sitúa una relación familiar en el centro de la historia, pero nos aparta el foco de la misma. Toda la acción ocurre en el instituto. No sabemos de la vida de los profesores cuando terminan su jornada laboral: si están casados o tienen pareja, si están solos, si les gusta el fútbol o la música clásica. 

Así va avanzando el conflicto, con zonas de penumbra intencionada. Se centra mucho la acción en dos espacios: el aula de primer curso donde Carla enseña, y la sala de profesores, lugar de debates no siempre calmados sobre qué hacer en dicho conflicto.

Es de agradecer que aparezcan situaciones que reconocemos en un contexto escolar. El alumnado resulta muy creíble, representando las tensiones y alianzas propias de una clase de preadolescentes, que todavía no han dejado del todo la infancia y tampoco han llegado a la plena adolescencia: un tiempo de vulnerabilidad, sin duda.

La profesora tiene claros sus objetivos: intenta enseñar sin dejar a nadie atrás. Busca crear un buen clima en clase y se nota que ama su trabajo, además de tener el impulso de la juventud. No le importa demasiado encajar en el instituto, no es su prioridad. Pero el empeño de la narración en convertirla en una heroína acaba desdibujando el personaje, a mi entender. En algunos momentos de la película, me resultaba poco creíble la reacción de Carla, quien se ve inmersa en una confrontación que ella no ha buscado.

Hay momentos estereotipados, como la reunión con las familias, en los que se echa de menos más habilidad de Carla... y un poco más de mala leche al defender su postura. Detrás de todo lo que ocurre hay una persona manipuladora que no tiene ningún reparo en utilizar cualquier medio para hacer daño a Carla. Pero nos cuesta entender el quijotismo de la profesora, desbordada por lo acaecido y preocupada por la repercusión en Oskar, un niño de su clase que se debate en una doble fidelidad, hacia su familia y hacia la profesora.

No cuento más porque no quiero destripar la historia. El film se deja ver, sobre todo porque reconocemos la vida escolar, el momento del café en la sala de profes, las puyas entre compañeros de clase, las dudas de Carla sobre cómo gestionar el aula. Sin embargo, esa reducción de la historia al ámbito del instituto, sin explicarnos más cosas, malogra un tanto el resultado. Los docentes no somos solo profesores, y no somos profesores de una manera concreta porque sí. Nuestras vivencias como alumnado, nuestras expectativas profesionales, la concepción que tenemos de educar, incluso cómo nos va en la vida personal, influyen en nuestro desempeño.

Es una película con toques de intriga, que retrata bien el sistema escolar, pero que deja un sabor de boca un tanto amargo, al ver el poder de manipulación de alguien sin escrúpulos que obliga a tomar partido y que se aprovecha del descontento del alumnado, poniendo a la profesora en el centro de la polémica. El episodio de la revista escolar es revelador: se busca la confrontación, la crítica al sistema. Me llama la atención la frase del alumno periodista (atribuida a George Orwell): "El periodismo es publicar algo que alguien no quieres que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas." Carla cae en esa trampa, incapaz de ver el conjunto, inmersa en su propia historia con su grupo de alumnos. Es utilizada para ir contra la dirección, que se muestra de una manera aséptica en el conflicto.

Técnicamente está bien rodada, optando por un uso natural de los espacios, de la luz, y centrando mucho la cámara en la actriz que interpreta a Carla, que hace un trabajo notable mostrando cómo se va transformando a medida que los hechos la superan. La música, en cambio, es poco afortunada, incidiendo en los momentos de tensión, buscando, entiendo, aumentar la sensación de desasosiego.

Personalmente, agradezco que lo educativo vuelva a ser objeto de interés cinematográfico, aunque el resultado no sea redondo. Por eso mismo, recomiendo verla.



jueves, 23 de noviembre de 2023

El maestro que prometió el mar, una educación truncada

 Este domingo pasado vi "El maestro que prometió el mar", película que recrea la vida y muerte de Antoni Benaiges, maestro tarraconense en tiempos de la República. Está dirigida por Patricia Font e interpretada por Enric Auquer y Laia Costa en sus papeles principales. También destaca Luisa Gavasa, que interpreta a la mujer que atiende al maestro.


Tenía muchas ganas de ver 
esta película, por varias razones. Una de las principales es que habla de educación de manera plena, es decir, no como escenario ni como lugar común. Así, en este caso se trata de un maestro en una escuela unitaria rural, haciendo pedagogía, aplicando la metodología Freinet con una modernidad que ya querríamos hoy para nosotros. A través del uso de la imprenta, Antoni Benaiges estimula las producciones de su alumnado y elabora cuadernos temáticos que sirven como material de lectura. Además, recibe  cuadernos de escuelas Freinet de España o de otros países.

https://www.senderi.org/cat/miscellania/462
/el-mestre-que-va-prometre-el-mar

También me interesaba porque la historia de Benaiges es un auténtico drama, un resumen de lo que fueron los años de la República en educación y el parón terrible, en seco, que supuso la Guerra Civil y la represión de los vencedores en la década siguiente. Se ha escrito y se ha filmado mucho sobre la guerra, pero no tanto, ni mucho menos, sobre la escuela republicana. El precedente de "La lengua de las mariposas" viene a mi memoria, evidentemente.

En los aspectos técnicos, la fotografía está muy cuidada y da naturalidad sobre todo a las escenas en la escuela. La cámara se usa con discreción, sin buscar alardes de dirección, lo que también se agradece. Los actores están muy creíbles todos, en especial Auquer que encarna al maestro y Gavasa, a la mujer mayor que le atiende. El metraje es adecuado, cosa cada vez más infrecuente hoy en día.

La pelicula une pasado y presente a través de una investigación para encontrar los restos mortales de un familiar de Ariadna, joven madre catalana que se desplaza a un pueblo de Burgos a tal fin. La narración pasa de un momento histórico a otro con coherencia, aunque el ritmo es innecesariamente lento al principio. 

Benaiges toma posesión de su plaza en 1935. Sus métodos sorprenden a las familias de los niños, crean controversia, pero él está convencido de la bondad de lo que hace, es entusiasta y decidido. Además, como intelectual publica en periódicos de la zona, lo que le costará caro al declararse la contienda.

Poco a poco vamos viendo la cotidianeidad de su trabajo, cómo consigue atraer a los niños y sacar lo mejor de ellos. Sin gritos, sin castigos (alguna sanción caería, aunque no aparece en la cinta). Una frase le define: No hay que buscar que los niños sean adultos, sino dejar que los niños sean niños. Las clases de naturales en la naturaleza (me recordaban los postulados de la ILE) y un ponerse a la altura de los niños con gran facilidad. 

Benaiges también impone el laicismo al descolgar el crucifijo y hacer salir al sacerdote de la escuela, en consonancia con la política educativa republicana. La visita del inspector de educación es reveladora del cambio alcanzado y de las reticencias de parte de las personas más conservadoras. No cuento más. 

El título de la película se refiere a una promesa que hizo Benaiges a su alumnado: llevarles a ver el Mar Mediterráneo, en su Tarragona natal. Un proyecto ilusionante que ha de vencer, una vez más, la desconfianza de algunas familias. El viaje sería en las vacaciones de 1936. No hace falta decir que no pudo celebrarse.

El film huye de las escenas lacrimógenas (la tentación es grande, pero no se cae en ella). El final es terrible, no solo por la muerte de Benaiges, sin juicio ni piedad, sino también por la escena previa en el pueblo. Me vino a la cabeza esta frase: Qué bien arde la pedagogía. Y qué interés por hacer desaparecer cualquier vestigio de la educación republicana bajo la acusación de comunista.

Me estremece también ver qué pronto se iniciaron los ajustes de cuentas y represalias brutales: el 19 de julio empieza su calvario, que incluye exhibición pública a la que asiste en silencio el pobre maestro. Porque esa es una característica del final: el silencio de Benaiges, atónito ante la violencia que sufre.

No añado nada más; espero que la veáis y que la disfrutéis como espectadores y, si es el caso, como docentes.




sábado, 21 de octubre de 2023

Recuperando #cineyeducación: Chinas


 Esta semana he visto "Chinas", película española dirigida por Arantxa Echevarría y que cuenta la historia de dos familias, una de origen asiático con dos hijas, y otra española con una niña adoptada en China. Tenía muchas ganas de verla, porque intuía que podría dedicarle un artículo dentro del epígrafe #cineyeducación, que llevaba un tiempo sin nuevas entradas. Y no por dejadez mía -me sigue gustando ir al cine, y me interesa, evidentemente, la educación- sino por falta de películas relevantes.

Imagen promocional, en
www.utreradigital.com

La película, a mi entender, es un tanto irregular. No acaba de encontrar el ritmo narrativo, se basa mucho en primeros planos buscando cercanía, pero intuyo dubitación en la narración. Me ha gustado mucho la interpretación de los actores, sobre todo las niñas, que están muy naturales y creíbles. Reconocemos esas actitudes, esas miradas y diálogos. El primer plano, en ese sentido, ayuda.

Encuentro decepcionante el tratamiento que se da a la escuela, a lo escolar: reducido casi a un decorado para la trama, no abunda en la problemática de la inclusión efectiva. Tener alumnado de distinto origen en la misma clase puede ser el principio de la inclusión, pero de ningún modo acaba allí. Y en la película no vemos acciones pedagógicas en ese sentido: cuando Xiang llega al centro nuevo, la idea es juntarla con Lucía, la otra niña china, sin ninguna lógica: ambas hablan castellano y son españolas; no necesitan ayuda con un idioma desconocido, ni con entender las normas. La niña nueva entra con la clase empezada, sin aviso previo, sin ninguna bienvenida colectiva ni nada parecido. Es más, llega a mitad de un dictado y la profe le dice... que se ponga a hacer el dictado. Muy acogedor no resulta. Ni rastro de protocolo para alumnado nuevo, como un compañero-tutor, un lugar asignado en clase, que lo sepan los demás alumnos... 

Esta niña nueva se dedica a leer en los patios, sin ninguna relación con otros compañeros. ¿Alguna intervención por parte de los adultos? No, ninguna. No hay un seguimiento sobre su adaptación, no se intenta que se integre en el juego. Como docente, me quedé pasmado por la situación. La dificultad de hacer nuevos amigos es un factor afectivo importantísimo, y el patio es fundamental. Hay que dejar de considerarlo un no lugar, y ver qué ocurre en él, más allá de evitar los conflictos. Es curioso que hablemos de cuidar el patio. No, hay que cuidar al alumnado en el patio. El lenguaje, tantas veces, nos delata.

Lo de los proyectos fuera del aula también es un clásico: por parejas, pero elaborado en la casa de uno u otro. La pobre Lucía, cuya familia tiene un bazar, intenta por todos los medios ir a casa de Xiang, que se niega a colaborar de verdad: cada una hará una parte separada del trabajo.

Lo escolar se refiere solo a las pequeñas, niñas de tercero o cuarto de primaria. La hermana mayor de Lucía, Claudia, va a ESO, pero no aparece ni un momento de la clase. Allí interesa la pandilla, las relaciones con los chicos, la iniciación -tristísima y realista, por cierto- a la sexualidad. Claudia está entre dos aguas, su casa y su estricto código de conducta, por una parte, y el grupo de amigas, por otro: el conflicto adolescente aderezado por elementos culturales distintos.

Si nos fijamos en las familias, vemos dos universos paralelos. Los padres adoptivos de Xiang son profesionales con buen nivel adquisitivo, preocupados por la adaptación de su hija a la sociedad en la que vive, con un sentimiento de inseguridad muy patente en ambos, que la madre (una estupenda Leonor Watling) vivencia desde la culpa, una culpa que combate "haciendo lo correcto" para su hija, según sus criterios, evidentemente. Me parece muy auténtico el diálogo entre los esposos sobre hacer lo correcto. Tiene mucha verdad.

Los padres de Claudia y Lucía tienen un bazar y trabajan muchas horas. Quieren mantener la cultura china familiar y ven que el ambiente no les ayuda, sino todo lo contrario. Preservan a sus hijas y evitan tradiciones como los Reyes Magos, que no son suyas. Lucía hace sus deberes en el bazar, mientras entran y salen clientes. A pesar de todo, esta niña mantiene su sonrisa, la ilusión por vivir y por poder hacer algunas cosas como hacen los demás compañeros de la clase. Es un personaje encantador entre muchas sombras. 

Los padres apenas hablan español, tienen conexión diaria vía internet con China, ven las noticias en chino... Son una isla cultural. Aceptan, eso sí, recibir a una amiga de Lucía para que pase la noche con ella. Sin destripar nada, esa velada es de lo mejor de la película. En cambio, el episodio de la foto me parece deleznable, aunque creíble. Pasar por encima de la hija para afirmar la autoridad y una manera de educar. 

Y es en este punto en el que ambas familias convergen: de maneras casi opuestas, pero en una misma dirección; imponen su criterio contra la sensibilidad de sus hijas. Ese paralelismo, no sé si buscado, aparece en la historia.

En conclusión, un film que se deja ver, con un metraje adecuado, en los tiempos que corren, y con mucho (o demasiado, tal vez) que contar, con el barrio madrileño de Usera y la comunidad china como telón de fondo. Un enfoque más profundo con menos historia sería de agradecer, en mi opinión. Reitero: lo mejor, las interpretaciones y los diálogos infantiles.



domingo, 3 de mayo de 2020

Cine y educación: A propósito de Daniel Blake

Reconozco que no tengo ganas de volver a escribir sobre confinamiento, pandemia, desescalada y toda la retahíla de palabras que asoman en cada noticiario, en Twitter, en todas partes y casi en todas las conversaciones en estos días interminables, ya a principios de mayo, en esta primavera furtiva y hurtada por el coronavirus. Sin embargo, habrá que volver a hacerlo, evidentemente, para analizar cómo queda el tercer trimestre, cómo se evalúa al final al alumnado, de qué manera cerramos el curso. De momento, y aunque habrá excepciones, muchos docentes trabajando un montón de horas y tratando de hacer bien su labor desde casa, con vídeos, con llamadas telefónicas, con más o menos conocimiento o pericia en el uso de las TIC. Que de todo hay.
Pero ya digo, hoy me planteo otro tema. El sábado por la noche vi un largometraje de Ken Loach, Yo, Daniel Blake, que me impresionó y me hizo pensar en su posible -y factible- aprovechamiento en esta sección del blog, cine y educación, que tanto me aporta, puesto que trata dos de mis pasiones, una de ellas, además, convertida en mi profesión. Es una película que, sin duda, posee gran potencial para ser visionada, desmenuzada, aprovechada en la educación secundaria.
L
Cartel original de la película, en
www.filmaffinity.com
a película cuenta, de manera contenida, las peripecias de un hombre íntegro, un buen hombre, carpintero durante la mayor parte de su vida, Daniel Blake, a quien un infarto agudo deja sin poder trabajar, de baja indefinida. Blake se enfrenta a una maquinaria burocrática desesperante -en algunos momentos, de inspiración kafkiana, me sugiere- que, amablemente, eso sí, le va negando la posibilidad de cobrar un subsidio permanente por incapacidad. Todo muy británico, en un doble sentido: cortesía en todo momento, por una parte; y un profundo desinterés por la situación personal del demandante, por otro. En espacios asépticamente blancos, Daniel deambula de una mesa a otra, buscando quién pueda ayudarle a rellenar digitalmente un impreso. O se pasa más de una hora al teléfono esperando una contestación que no llega.
Se produce una paradoja asfixiante: Daniel quiere trabajar, pero su médica no le da el alta, con toda la razón. Pero, incomprensiblemente, no obtiene una puntuación suficiente para cobrar durante esa situación. Y en esa rueda de sinrazón se mueve la película, en la que entran en escena, de manera casual, una madre soltera con dos hijos, recién llegados de Londres a Newcastle, donde ocurre la acción. Daniel les ayuda de manera instintiva, mostrando una solidaridad que a él le niegan sistemáticamente. Vemos en el protagonista una encarnación del hombre de la Inglaterra industrial, trabajador manual, sin acceso a internet, sin conocimientos de informática, que apunta todo con un lápiz y cuyo mundo está desapareciendo. El mundo de la palabra dada, del apretón de manos, del favor desinteresado, de tantas cosas que el neoliberalismo más desacomplejado se ha llevado por delante, con gobiernos de distinto signo en Gran Bretaña. Tony Judt, malogrado ensayista, ya lo narró en Algo va mal, en 2010. Una década después, podemos decir que algo va peor. En palabras de otro ilustre, Zygmunt Bauman, somos individuos, y no es una buena noticia en estos tiempos: estamos solos, desamparados, dejados a una responsabilidad personal que no siempre podemos afrontar, porque nos sobrepasa. A Daniel, un infarto le cambió la vida para siempre. Un trabajador honrado, un hombre que llevaba una existencia más o menos normal, con su carga de soledad al ser viudo, pero que se definía -y se defendía- con su actividad laboral. Una identidad que Richard Senett puso en duda en su obra La corrosión del carácter, al ver cómo la inestabilidad sociolaboral desvirtuaba la carrera profesional, hasta el punto que llevar mucho tiempo en la misma empresa ya no era un prurito, sino un hecho sospechoso, poco valorable en sí mismo: el cambio está bien visto.
Al mismo tiempo, la división entre trabajo y vida privada se desdibuja y se diluye, invadiendo lo laboral la parcela personal y de ocio: estamos siempre conectados, siempre localizados. Parafraseando a Cortázar, cuando te regalan un reloj, tú eres el regalado; cambiamos reloj por teléfono móvil, y tenemos un retrato de nuestro tiempo.
Volviendo a la película, Loach opta por una visión poco apasionada de la trama, distinta a otras de sus cintas clásicas, como Riff-raff o Lloviendo piedras, o la devastadora Agenda oculta. Parece un rodaje casi naturalista, con una fotografía muy neutra, y Loach sitúa la cámara y deja que los personajes interactúen. No es un alarde de manejo de cámara, no quiere darse importancia. Es una historia corriente, de gente trabajadora, de personas que no encuentran su camino, como Katie, la atractiva y atribulada madre de familia que se cruza con Daniel y a quien éste ayuda sin esperar nada a cambio, o los vecinos de Daniel, buscándose la vida con negocietes de falsificaciones de zapatillas deportivas. Un negocio, por cierto, que introduce la globalización en la película, redondeando así un panorama de la actualidad en Europa Occidental: tantas cosas se producen en China, que tiene la producción, mientras que Europa se convierte en provisora de espectáculos, como el fútbol, para ser vistos en televisión de pago a miles de quilómetros. El diálogo entre el joven chino y los vecinos es una nota graciosa en un tono general sombrío, contenido, que nos ofrece un retrato muy conseguido de la vida en una zona obrera de Newcastle, con un lenguaje de tacos, algún grito y unas interpretaciones notables de todos los actores, tanto los estirados funcionarios de la seguridad social como los que acuden a pedir subsidios.
Como docente, me llega mucho el drama que viven los dos hijos de Katie, a los que podría poner nombres diversos en mi propio cole, ya que es una situación que conozco de primera mano (y en un despacho de dirección, más). Unos niños que sufren la pobreza, que han crecido sin padre, que no pueden comprar unos zapatos nuevos, que en el cole son señalados porque la pobreza molesta, ofende, o hace creerse superior a quien, afortunadamente, no la padece. Daniel es un punto de referencia, alguien bueno en la vida de Daisy y Dylan, los niños que han tenido que mudarse a quinientos quilómetros de Londres para tener una oportunidad. 
Para mí, la relación entre Daisy y Daniel, que da lugar a un momento fantástico, precioso, es de lo más remarcable del film. Seres maltratados, abandonados a su suerte, que se reconocen y se ofrecen lo poco que tienen. Si no la habéis visto, os recomiendo que la veais. Y si sois docentes en secundaria, dadle vueltas a ver cómo la aprovecháis, porque no tiene desperdicio. 

lunes, 24 de febrero de 2020

Cine y educación: la extraña historia de Jojo Rabbit

Decía yo hace un tiempo en Twitter que no encontraba películas que se dedicaran al tema de la educación. Me recomendaron "Diecisiete", que no he podido ver, y tal vez alguna más que no recuerdo; pero me llamó la atención (y eso que ha pasado bastante desapercibida, en mi opinión) la arriesgada cinta "Jo Jo Rabbit", del director neozelandés Taika Waititi. Una producción que optaba a seis Oscar de la academia norteamericana de cine, entre ellas a mejor película, y que finalmente obtuvo el de mejor guion adaptado. La película es una adaptación, con algunas variaciones, del libro "El cielo enjaulado", de Christine Leunens. 
El tema es, sin duda, delicado. Un niño alemán, Johannes, al final de la Segunda Guerra Mundial, perteneciente a las juventudes hitlerianas, tiene un amigo imaginario que es el propio Führer, con quien mantiene unos diálogos delirantes. Su pertenencia a las Hitlerjugend no es demasiado relevante per se, ya que desde 1939 la militancia fue obligatoria en el Reich. Pero además, Jojo es un convencido de la bondad de los planteamientos nazis, a pesar de su evidente falta de vocación para la maldad o la violencia. Jojo vive con su joven madre, Rosie (interpretada por una contenida Scarlett Johanson) que no tiene simpatías hacia el NSDAP, o partido nazi. Su padre está desaparecido en la guerra, luchando con la Wehrmacht.
El mundo de Jojo se tambalea cuando descubre que en su casa se ha refugiado una joven judía varios años mayor que él, de la misma edad que tendría la hermana mayor de Jojo, fallecida unos años antes. La madre, Rosie, la ha acogido y la tiene escondida sin haberle contado nada al niño, convencida como está de que no sabrá guardar el secreto y pondrá a todos en peligro. Jojo debe enfrentarse a los ridículos (y crueles) clichés en que ha sido adoctrinado acerca del pueblo judío en la interacción con una chica guapa, educada, sarcástica y nada parecida a lo que le han contado. Mientras tanto, la guerra continúa y alcanza la ciudad donde vive Jojo, uno de los momentos álgidos de la película, ya que los niños de las juventudes verán y vivirán el horror de la destrucción, la muerte y todo lo que conlleva el enfrentamiento bélico, tan alejado del discurso glorioso que les han contado desde el partido. Antes de eso, Jojo sufrirá las consecuencias de la dictadura nacionalsocialista y su criminal política de erradicación de disidencia. No desvelamos de qué manera. 
La acción se interrumpe frecuentemente para mostrarnos el diálogo entre un cada vez menos entusiasta Jojo y su amigo imaginario Adolf, interpretado por el propio director Taika Waititi, quien le da consejos absolutamente imposibles de seguir. Se sigue así la tradición de mostrar a Hitler como un ser malvado pero con un toque de fantoche, de charlatán de feria que, sin embargo, llevó al continente europeo a la guerra más destructiva de su historia y a la matanza planificada de millones de judíos. Podemos recordar "El gran dictador", rodada en plena guerra por Charles Chaplin. 
La película se mueve en el alambre haciendo un ejercicio de funambulismo con unos secundarios bien conseguidos y unas interpretaciones de la joven pareja protagonista que resultan creíbles y conmovedoras. Hay momentos memorables, de humor negro, y otros de farsa, como la inquietante visita de la Gestapo a la casa de Jojo, con sus gabardinas y sombreros y su omnipresente "Heil, Hitler". 
Mención aparte merece el papel de militar alemán que interpreta Sam Rockwell, un oficial apartado del frente por una herida que ha de adiestrar, a desgana, a los jóvenes hitlerianos en el uso de armas y en técnicas de supervivencia y de combate. Es un soldado, no un nazi, y la narración se encarga de demostrarlo.
En la película, no aparece la educación formal, la escuela, donde se supone que Jojo acude antes de que un incidente lo deje convaleciente. Tampoco hace demasiada falta, porque el interés está en el proceso de des-intoxicación ideológica que Jojo ha de afrontar en su relación con Elsa,
Cartel oficial de la película, en
https://www.filmaffinity.com/es/film760663.html
la joven judía, por la que se siente irremediablemente atraído.

El ritmo de la película es un tanto irregular, en mi opinión, y hay quien dice que es debido a que intenta contentar a un público familiar, introduciendo parte de melodrama. Efectivamente, lo hay, pero prima, como hemos comentado, la farsa o el humor desmitificador. El nazismo puede tratarse con ironía, como ya hemos dicho, que puede ser más destructiva -más denunciadora- que la crítica sin paliativos que merece; pasó lo mismo con la película "La vida es bella", de Roberto Begnini, el esfuerzo de un padre judío por evitar el horror del exterminio a su hijo, mientras ambos están en un campo de concentración. El film es un alegato a favor de la vida, del amor paterno-filial, y tratar con humor el tema no lo minusvalora, ni justifica nada; simplemente es otra mirada.
En definitiva, una película muy recomendable para alumnado de edades de secundaria y bachillerato, que pueden entender el humor de la historia sin dejar de ver la barbarie nazi contra su propio pueblo y, sobre todo, contra el pueblo judío. La escena final, que tampoco desvelaremos, obviamente, es la afirmación de la voluntad de vivir y de sobrevivir a ese horror.

lunes, 1 de mayo de 2017

El profesor, una película nada convencional



Retomamos, a partir del estreno de La profesora, el pasado 21 de abril, una crónica sobre otro film que retrata a un docente de un modo peculiar. El profesor no es una película convencional sobre educación. Es una película de 2012, pero me parece adecuado hablar de ella aquí por su interés que, como ya he dicho, radica más en el enfoque que en la temática en sí. Algo que comparte, en mi opinión, con la película recién estrenada y que las aleja de cualquier intento de endulzar o ensalzar la profesión docente.

La trama trata de un individuo que trabaja en un instituto de secundaria de manera interina. De hecho, es un docente sustituto que no permanece en el mismo centro mucho tiempo. Obviamente, aparecen profesores, alumnos, aulas... pero siempre en función del personaje principal, interpretado por un Adrien Brody bastante plano para mi gusto. Pero si el personaje trabajara en una oficina de correos, su historia sería parecida a la que se cuenta; que ocurra en un instituto, siendo importante, no es fundamental. A continuación, comentaremos algunos aspectos relevantes del film, cuyo título en inglés es Detachment, es decir, desprendimiento o, más adecuadamente, indiferencia. Revelador título, masacrado en la traducción española, como tantas veces.
Tomado de
http://www.vilanova.cat/blog/

armandcardona/?p=11307 



Como ya hemos dicho, se trata de una película sobre un profesor de literatura de secundaria. Habría que decir que abusa del tópico del literato metido a docente; ¿para cuándo una película en la que el protagonista no sea profesor de literatura, sino de matemáticas o de química? En la apreciable El club de los emperadores, Kevin Kline es un erudito profesor de historia. Y en La sonrisa de Mona Lisa, Julia Roberts encarna a una profesora de arte. La atracción por las humanidades sigue vigente en el cine norteamericano. Este profesor, con unos métodos peculiares, pero apenas esbozados, consigue interesar a sus alumnos por la literatura y por la escritura (aunque no sabemos bien cómo lo hace). 


La acción se desarrolla, en buena parte del metraje, fuera de las aulas. El protagonista, Henry, vive solo en un apartamento anodino, apenas alegrado por una pequeña estantería de madera con algunos libros. No es una apuesta minimalista, sino un signo de impersonalidad. Su ropa, su aspecto, desprenden la misma sensación: la apuesta por pasar desapercibido, por no ser molestado. Pero no lo consigue. Henry cuida de su abuelo, recluido en una residencia-hospital donde espera la muerte, con una pobre consciencia de sí mismo, afectado por algún tipo de demencia. Un encuentro fortuito con una joven, menor de edad, que se dedica a la prostitución ocasional, provoca una reacción humana en Henry, que se apiada del absoluto desvalimiento de Erika, que así se llama la chica. Este es otro de los hilos de la trama, que, como vemos, no se centra en el aula, sino que toma este escenario como uno más -y no el más importante- por los que transcurre Henry un tanto apáticamente. Esta apatía es una defensa contra su propia tragedia, que se nos va mostrando en flashback, recurso que debe ser usado con medida -no es el caso de la película, desgraciadamente.


Lo que me parece más relevante de la película, desde el punto de vista educativo y artístico, es el retrato de profesores que se efectúa en la cinta. Vemos los devastadores resultados de la degradación de los barrios, el abandono de lo público, la embrutecedora realidad de los centros periféricos de una gran ciudad norteamericana. Aunque con cierta tendencia a la exageración -tendencia que encontramos en todo el film, por desgracia- se nos cuentan las ilusiones, decepciones, fracasos, miedos y escasas alegrías de un claustro desigual, con algunos profesores quemados, otros todavía en la brega, con heridas, cinismo, automedicación, días malos y otros peores. A destacar el enorme James Caan, como un excéntrico profesor a punto de jubilarse, y la hermosa Cristina Hendricks, que interpreta a una profesora joven con expectativas de ayudar a sus alumnos. Todos deambulan, no solo por las aulas, sino también por sus vidas, con problemas de incomunicación, soledad (o ambas cosas). Lo mejor de la película, a mi entender, es el arrebato que sufre la orientadora escolar, interpretada por la televisiva Lucy Liu, en el que descarga toda su frustración en una conversación con una adolescente indolente. 


La cámara, dirigida por Toni Kaye (American History X) ayuda a crear una sensación desasosegante, con abuso del primer plano -con lo que vemos a Adrien Brody muchísimo, pero siempre con la misma expresión- y cierta tendencia al reportaje, es decir, a moverla con los personajes. Los colores son contenidos, excepto en la escena final, donde el sol se cuela en la fotografía de una manera sobresaliente. Quizás un recurso demasiado evidente.


Como en Los niños salvajes, se recurre al tremendismo para terminar la historia, como si la tragedia de unas vidas atormentadas, sin demasiado sentido ni ambición personal, no fuera suficiente. El final abusa, como decimos, del trazo grueso. Para compensar, se abre una puerta, un tanto confusamente, a la esperanza. En fin, una película que quiere contar muchas cosas, y que no acaba de conseguirlo. Una de las historias esbozadas tiene bastante entidad como para sustentar un relato. Al mezclar tantas tramas, no se consigue profundidad. Y eso no se puede compensar con efectismo. No cuela.

domingo, 9 de octubre de 2016

Captain Fantastic: Sobre los límites de la educación paterna.

Retomamos en el blog la relación entre cine y educación a propósito de una película que me ha sorprendido agradablemente, además de hacerme pensar a la vez que pasaba un buen rato en el cine. Me refiero a "Captain Fantastic", título que puede llevar a error a priori, ya que no tiene nada que ver con superhéroes. Es la historia de una familia atípica, los Cash, formada por una pareja y sus seis hijos, que viven en unos bosques de un estado del oeste norteamericano, probablemente Oregón o Washington (el estado cuya capital es Seattle, no la ciudad presidencial).
La familia vive de lo que caza y planta, tiene muy poco contacto con el exterior, y sigue un estricto plan de vida, sobre todo los hijos, que tienen su formación muy regulada por el padre, un estupendo Viggo Mortensen, en un papel complicado que saca adelante con nota, a mi entender. Una formación que puede parecer extrema en algunos aspectos, con riesgo físico real para los niños. La enfermedad y muerte de la madre -que no aparece en el film- trastoca la realidad de los Cash, que han de afrontar un duelo y además han de acudir al funeral católico de su madre, aunque ella profesaba el budismo, más como una filosofía que como una religión. Esta tragedia -la muerte de la madre- y la peripecia de viaje hasta Nuevo México, donde residen los abuelos de los niños, conforman el argumento de la película. Y no cuento más, porque espero que la veais y no me gustaría desvelar la trama más de lo imprescindible.
¿Por qué "Captain Fantastic" llama la atención desde el punto de vista educativo? Porque ofrece una versión extrema de la escolaridad en casa, el conocido homeschooling, tendencia que apareció en Estados Unidos hace ya unos años, y que tiene muchos adeptos en aquel país. Efectivamente, los niños Cash no han pisado nunca una escuela, pero leen libros complejos sobre temas variados (física, derecho, política...) y poseen una forma física envidiable ya que entrenan a diario. Además, su nivel de expresión oral es magnífico, tocan instrumentos y cantan. En un momento de la película, se produce un contraste entre la hija de ocho años y sus primos de doce y catorce, comparando sus conocimientos. Evidentemente, la niña muestra mucho más criterio que unos preadolescentes desganados, enganchados a los videojuegos y con poca expectativa de éxito escolar.
Cartel del film, tomado de www.baldovi.net
El dilema educativo que se plantea en la película no puede simplificarse: no se trata de elegir entre homeschooling extremo y socialización escolar clásica. Creo que no va por ahí el tema, aunque parte de la trama recoge esa oposición. La cuestión última, a mi entender, es si los padres pueden aislar, por sus creencias u opiniones, a los hijos del mundo exterior y privarles del contacto con otros individuos de su misma edad. No se descuida su formación, ya que leen mucho, están en forma, son autónomos en el bosque... Pero están desconcertados ante las relaciones sociales, como demuestra de manera involuntariamente cómica el hijo mayor. El viaje a Nuevo México es un reto para todos: enfrentarse a una sociedad de la que desconfían, que consideran injusta, avariciosa y capitalista. Además, sus padres les han inculcado el ateísmo, con lo que no entienden la práctica religiosa más allá de una superstición.
Los acontecimientos del viaje, las contradicciones que aparecen, llevan a una reflexión honesta a los protagonistas, que habrán de elegir entre dos modos de vida opuestos pero con aspectos atractivos en ambos casos. La narración no abusa, en absoluto, del sentimentalismo, cosa que se agradece. Por el contrario, se nos hace creíble la manera tan peculiar que tiene el padre de enfocar la relación con sus hijos, basada en decir la verdad y en pensar en sus necesidades vitales, no tanto en su edad real, en la que la fantasía juega un papel importantísimo. Como anécdota, me sorprendió que, en vez de celebrar la navidad, rememoraran el día de Noam Chomsky, el filólogo y politólogo norteamericano, que todavía vive, y que nació el 7 de diciembre. Ese es el estilo materialista, ateo y anticapitalista que tiene la educación que reciben los seis hijos.
Los conflictos surgen, sobre todo en relación con la muerte de la madre y el papel que ha jugado el padre en la enfermedad de la misma. Como conclusión, todos ceden, todos avanzan, hay generosidad. No es posible el aislamiento total, pero tampoco es necesario caer en la asimilación absoluta de los valores de una sociedad consumista, apática y poco humana.
En resumen, una obra importante, un tema que puede interesar a los docentes y a tantos padres que pueden ver una alternativa a la educación tradicional, y, además, hacerse preguntas sobre cómo lo están haciendo, tanto en la escuela como en casa.

viernes, 14 de agosto de 2015

La profesora de historia: una docente contra la corriente

Uno de los temas constituyentes de este blog es la relación entre el cine y la educación. Ya son unos cuantos los artículos dedicados a películas que, por su interés en el tratamiento de la educación, o por su utilidad en el aula, se han publicado en estas páginas. Retomamos hoy esta tradición a propósito de una película francesa que, desgraciadamente, ha pasado bastante inadvertida en nuestro país: La profesora de historia, cinta estrenada en la primavera de 2015, digirida por Marie-Castille Mention-Schaar y protagonizada por Ariadne Ascaride. Se basa en hechos reales.
La historia sucede en el instituto de secundaria "Leon Blume" de la periferia de una ciudad francesa. En una clase heterogénea de segundo curso conviven alumnos musulmanes, cristianos, indiferentes, judíos, con distintas circunstancias familiares y diversas expectativas académicas. Hay pocos alumnos motivados (los que se sientan delante) y la mayoría vive el aula como un lugar en el que pasar el tiempo, sin más complicaciones. Me gusta el realismo de la convivencia en el centro, los enfrentamientos, el lenguaje descarado de los estudiantes y la dificultad para llegar a ellos del profesorado. No es un centro fácil, en verdad.
Anne Geguen es una profe de historia que da clase a estos alumnos. No parece un alarde de innovación: dicta sus clases, se ajusta al programa, pero no grita, conoce el nombre de todos, tiene paciencia para solucionar las situaciones cotidianas de tensión en el aula y fuera de ella. La película, al contrario que Diarios de la calle, por ejemplo, no se centra en ella, no la convierte en una heroína como la Hillary Swank de la película norteamericana (con la que guarda evidentes semejanzas, entre ellas el tema de la Shoah, el genocidio judío). La trama se centra, afortunadamente, en los alumnos, sus dificultades y los problemas que enfrentan.
Cartel de la película, tomado de www.filmafinity.com
En un momento dado, Anne propone a sus alumnos participar en un concurso sobre la resistencia y la ocupación de Francia durante la segunda guerra mundial. Es, sobre todo, una muestra de confianza en ellos. Con la colaboración de la bibliotecaria, una mujer que aporta información, pistas, lecturas, empiezan a trabajar sobre el tema. No es un camino de rosas, evidentemente. Pero, lo que cambia el curso de las cosas es esa confianza que Anne deposita en sus alumnos. Se arriesga, sale de su zona de confort, es cuestionada por el director del centro y por sus colegas... Impagable esa profesora de idiomas que dice a la clase "De todas maneras, no conseguiréis acabar bachillerato", dando por implícita su propia derrota, la del alumnado y la de un sistema con carencias y derivas ya consolidadas.
Como decimos, la historia no presenta una profesora extraordinaria; se atreve a hacer más que los demás, ciertamente: lleva a sus alumnos de visita, no le disgusta estar con ellos fuera de clase... Tiene una mirada humana, cree que su trabajo es educar, no sólo formar o transmitir conocimientos a partir del libro de texto. No cuento mucho más, espero que podáis verla y disfrutarla. Me sobra el exceso de música para realzar escenas ya suficientemente emotivas, recurso que resulta facilón en una película bien rodada, con buenas interpretaciones y un inteligente manejo de los planos, dejando que fluya la narración y que se centra en el aula como escenario principal de la interacción.
El paso adelante de Anne supone, también, un desafío para los alumnos, que han de cambiar su rol más pasivo para pasar a ser investigadores, organizadores, colaboradores... y superar también sus miedos, sus reticencias a trabajar con "los otros", los que tienen otro credo, otro color de piel o, simplemente, otras expectativas sobre su desempeño académico. Además, nos permite revisar el sufrimiento de la población civil perteneciente a minorías como la judía o la gitana durante la ocupación nazi de gran parte de Europa. Muy recomendable.

sábado, 31 de enero de 2015

"Camino a la escuela": un ejercicio de fe en la educación

Retomamos la relación entre cine y educación, un binomio que suele dar frutos dignos de ser comentados y, como no, disfrutados. En este caso, se trata de un documental, Camino a la escuela, muy bien realizado y montado, sobre las peripecias que viven unos niños, en distintas partes del mundo, para ir a la escuela. Viajes de varios kilómetros a pie, a caballo, empujando una rudimentaria silla de ruedas, haciendo autoestop... constituyen el trayecto diario de Jackson, de Samuel, de Zahira, de Carlitos y sus hermanos y hermanas.
El documental acompaña, un día cualquiera, a estos niños de once, doce, trece años, acompañados de hermanos menores, durante las horas de caminata o de cabalgada (en el caso del gaucho Carlitos y su hermanita). Llama la atención la paciencia que muestran los hermanos en su trato cotidiano, los mayores con los pequeños o, en el caso de Samuel, todos entre sí. Se ayudan, se animan. Han asumido unos valores de fraternidad que ya me gustaría que fueran generalizados en nuestra sociedad. Y no sólo los hermanos: las tres jóvenes de aldeas del Atlas marroquí son un ejemplo de refuerzo para llegar a la escuela, donde han de pasar la semana en régimen de internado.
Todos, padres e hijos, comparten la fe en la educación como medio para mejorar en la vida y, como cuentan los niños, cumplir sus sueños o proyectos futuros. Pero no hay un afán moralizador -o yo no lo he detectado en absoluto- en el discurso de los niños, ni en el planteamiento general del documental. Creen en la escuela, a pesar de todas sus deficiencias materiales -visibles en el film- y falta de medios pedagógicos que se adivina. Me llegó especialmente la alegría de Samuel, que tiene dificultades para caminar, y que depende de sus hermanos pequeños para ir al colegio.
A todos los que amamos la educación -que no es lo mismo que trabajar en el sistema educativo- esta película no puede dejarnos indiferentes, sino que nos toca, nos llega y nos emociona. La recomiendo vivamente: es un documento valioso sobre la relevancia de la educación, del trabajo docente, del sacrificio de los alumnos por ir cada día al aula, alfabetizarse, abrir ventanas al conocimiento.
No puedo evitar comparar la situación de Jackson y Salomé, que viven en la sabana de Kenia y han de evitar las manadas de elefantes para ir al cole, con la de nuestro alumnado. Evidentemente, nuestros alumnos no tienen las dificultades físicas que sufren los protagonistas para desplazarse a los centros. En algunos lugares rurales, ciertamente, pueden mantenerse escuelas-hogar (tuve la suerte de colaborar con un establecimiento así hace más de quince años, con hijos de feriantes, en un pueblo del norte de Alicante), pero la mayoría de alumnos acude a pie o en autobús al centro, si no en el coche de los progenitores. Sin embargo, mientras veía la película, me preguntaba dónde estaban los Jackson, los Samuel, las Zahira de nuestro sistema educativo. Porque los hay. Alumnos que han de afrontar vicisitudes diarias, decepciones, pinchazos en las ruedas (como les ocurre a Samuel y a sus hermanos) y un camino más largo al aprendizaje.
Pienso en tantos alumnos con necesidades educativas especiales, en aquellos cuyos padres no pueden ayudarles con los deberes, en los que se van quedando atrás sin un motivo grave -ritmo de aprendizaje lento, dificultad en la lectura- y que ven su periplo educativo como una carrera que cada vez les cansa más, no físicamente, sino en su espíritu, en su ánimo para coger la mochila por la mañana y permanecer en el aula hasta las dos o hasta las cinco, según su horario.
La detección de estos niños y niñas (no su etiquetado sin más) es una exigencia de una educación de calidad. Sí, la tan llevada y traída calidad, la C de la LOMCE (a la derecha le gusta incluir la palabra en sus reformas anti-LOGSE), que busca la excelencia, según dicen. Pues bien, una educación excelente intenta superar, igualar, las diferencias de partida del alumnado, dando a cada uno lo que necesita, no lo mismo para todos. Y tantos niños no tendrán que esquivar elefantes, pero sí visiones excluyentes -no inclusivas- tan frecuentes todavía en nuestro sistema educativo.
Otro tema es que no encontramos fácilmente, entre nuestro alumnado, la fe en la educación que muestran los protagonistas de las historias. No os perdáis el documental.


sábado, 1 de febrero de 2014

Cine y educación: La ladrona de libros

El anterior artículo publicado en estas páginas hacía referencia al Día Escolar de la Paz y la No Violencia. En el mismo, se mencionaba la necesidad de crear una cultura de paz. La película que comentamos a continuación puede ser una ayuda más en esa creación.
Se ha estrenado, hace unas semanas, una película europea con muchas de las virtudes del cine continental: buen guion, buena dirección y excelentes interpretaciones. "La ladrona de libros", adaptación del libro homónimo de Markus Zusak (que es australiano, a pesar de su apellido eslavo) publicado en 2005. Cuenta la historia de Liesel Mamminger, niña adoptada en 1938 por una pareja alemana de mediana edad con dificultades económicas. 
El reparto es un lujo: Geoffrey Rush y Emily Watson, los padres adoptivos; la joven Sophie Nélisse, a quien pudimos ver en otra cinta memorable, Profesor Lahzar. Bien secundados por los actores de reparto y dirigidos por Brian Percival, que pausa el ritmo narrativo -un poco lento en algún momento, para mi gusto- e impregna la película de momentos íntimos, casi en penumbra, al tiempo que nos presenta retazos de la realidad alemana de la preguerra y de la contienda.Todo ello acompañado por la música de John Williams.A continuación intentaré argumentar por qué, además de su valor artístico, La ladrona de libros tiene unos innegables valores educativos que pueden ser utilizados en la etapa secundaria y en bachillerato.
La película muestra una realidad poco divulgada en el cine: la vida en la retaguardia, en este caso en un pueblo alemán donde la vida está condicionada por el nazismo y, ya durante la guerra, por la lógica bélica, una lógica terrible de reclutamientos, delaciones, búsqueda de fugitivos, hambre y, desde 1942, bombardeos nocturnos. Me parece muy interesante que se conozca ese aspecto: la guerra afecta no sólo a los soldados, sino a las familias, las escuelas, la sociedad que no combate.
http://www.aindadvd.com/peliculas/drama
/la-ladrona-de-libros.html
Otro punto a destacar es el retrato del nazismo, magníficamente captado en la escena de la quema de libros, una noche de 1938. En medio de la plaza mayor, una pila enorme de obras que se alimenta con los textos que los participantes lanzan en un delirio colectivo, animado por la retórica propia del totalitarismo, con referencias a la depravación del pensamiento.
La pequeña Liesel, que acaba de aprender a leer, no puede entender que se quemen los libros, que tanto la fascinan.  

La escena tiene una gran fuerza narrativa y permite observar una constante en los regímenes autoritarios: el control de la opinión, la destrucción física del pensamiento no afín.
La persecución de los judíos también aparece con toda su crudeza. Frente al silencio, mirar a otra parte o la indiferencia, que tanta población alemana practicó, se plantea un dilema basado en la gratitud, y que no desvelaré aquí. La situación que se produce alterará la vida de Liesel y su nueva familia, mostrando lo mejor de cada miembro. En especial, el padre, que no ha querido ingresar en el partido nazi, y que ha de soportar el desempleo, las miradas recriminatorias y, cuando se significa en defensa de un vecino "sospechoso" de ser judío, la brutalidad de la policía política del régimen. 
Los personajes secundarios permiten ver las posturas que convivían en la sociedad alemana. Encontramos al simpatizante nazi que se aprovecha de su posición, abusando y amenazando. Está también el joven noble que no se significa hasta que la guerra le afecta. Y tanta gente que pensaba que la guerra sería un episodio corto que devolvería a Alemania su esplendor continental.
Pero, sobre todo, me emociona el amor de Liesel por los libros. Con una historia personal devastadora, la pequeña Liesel aprende a leer con la ayuda de su padre adoptivo y... un manual para sepultureros. ¿Cómo no reconocernos en su sorpresa en la fastuosa biblioteca que descubre? Su afán por encontrar nuevas lecturas la llevará a correr riesgos y aventuras. Y abrirá en ella una afición que se transformará en pasión por las letras, como lectora y posteriormente como escritora. Una luz que sobrevive entre tanta tiniebla.
Como he dicho, muchos aspectos que pueden usarse educativamente, en un formato dignamente realizado y que emociona a la vez que anima a reflexionar. No se la pierdan.

Un viaje al fin del sueño americano: Omaha

 Reconozco que he tenido mis dudas sobre hacer una reseña de Omaha, película estadounidense que vi en el cine hace una semana. Aunque no tra...