Retomamos la actividad en el blog tras un enero bastante cansado para mí, reincorporado por fin a mi trabajo tras un primer trimestre de baja. Este curso soy especialista de inglés y mi horario de clase directa es bastante exigente, y requiere una adaptación porque la tutoría de primaria es una realidad bastante distinta. Además, mi edad no es la más idónea para cambios de esta índole, pero es un factor que no se ha tenido en cuenta a la hora de encargarme esta tarea.
Quería hablar de esa situación que estoy atravesando a nivel profesional y vital; no del cambio de tarea, sino de envejecer en la escuela. Ese momento que parece que no ha de llegarnos nunca, que vemos en otros compañeros que se jubilan, o que se acercan a la jubilación, y que no pensaba que un día sería yo. Ni lo pensaba ni lo deseaba, la verdad, aunque ambos verbos comienzan a conjugarse en mi mente.
Obviamente, también he disfrutado de la compañía del alumnado, de las cosas de niños, de sus demandas y agradecimientos. No se puede ser maestro de primaria sin que te guste la infancia, sin que la entiendas. En eso, creo que he cumplido.
Como decía, va pasando el tiempo y llega un día en que eres el mayor en el claustro, el que ha de formar parte de la mesa electoral en las votaciones al consejo escolar, por ejemplo. Si, además, se cambia de centro, puede pasar que haya pocos compañeros de edades parecidas, con lo que a veces uno se siente fuera de lugar o, al menos, no tan cómodo como con docentes de su generación. En mi caso, cambié de centro dos veces a partir de 2020, cuando dejé la dirección con cincuenta y dos años. Las experiencias han sido diversas, sin duda, pero me he sentido más acompañado cuando las personas que trabajan conmigo son de edades similares. En caso contrario, se puede llegar a un sentimiento parecido a la soledad en el claustro, por la divergencia en las visiones personales y en la etapa de la docencia en que se está. Además, se puede contar con su asesoramiento en cuestiones que se repiten en la escuela. No darle siempre la razón, pero sí consultarle.
En ese sentido, conviene conocer las etapas de la vida docente que propuso Michael Huberman en 1990. Este autor estableció cinco momentos vitales y profesionales, que parecen bastante sensatos. En mi caso, estoy preparándome para la jubilación. Digo que son sensatos, aunque podamos discrepar en algún aspecto.
Por ejemplo, no creo que hacerse mayor lleve a ser más conservador en educación. Hay jóvenes muy proclives a "lo de siempre" y hay veteranos con ganas de innovar (perdón por la palabra, pero creo que se entiende el concepto). En mi caso, siempre intento ajustar mi práctica a lo que requiere mi alumnado. En ese proceso hay cambios, evidentemente. Esperar lo contrario, que mi alumnado se adapte a mí, se antoja más complicado, aunque siempre hay una negociación implícita en ese ajuste. Más que la edad, es la perspectiva con que se analiza la educación, aquello a lo que se da más importancia. Por ejemplo, en mis aulas siempre ha tenido preponderancia la biblioteca; en cambio, otros docentes más jóvenes no la consideran igual de importante. Con un poco de reflexión, se afianzan prácticas que funcionan y se desechan otras. Creo que es razonable actuar así.
Con la edad, se vuelve uno más pausado, entiendo. No se tienen las fuerzas de los treinta y tantos, cuando nada parece imposible, y se han de dosificar con sabiduría. No se puede acudir a todo ni de la misma manera.
Entiendo perfectamente a las compañeras de infantil que, en los últimos años de docencia, pasan a primaria porque físicamente están cansadas, porque no pueden seguir el ritmo de los tres, cuatro, cinco años.
Pero seguimos teniendo prioridades que no se abandonan. Por ejemplo, en los últimos años he presentado alumnado a concursos provinciales de dibujo, y en dos ocasiones han ganado. Muchas veces, es un esfuerzo solitario. Mi edad no es impedimento para interesarme por estas cuestiones.
Por último, creo que hay un consenso -antes lo había- en cuidar a los profes que se acercaban a la jubilación. No dejarles pasar todo, en absoluto; pero sí tratarles con deferencia a la hora de elegir tutoría, o liberarles de tareas más pesadas, como sustituir o coordinar. No siempre se cumple, pero eso da satisfacción al docente mayor y confianza al claustro, en el sentido que ellos también han de pasar por ahí inexorablemente.