viernes, 15 de mayo de 2020

Basada en hechos reales

No se lo podía creer. Laura estaba que no cabía en sí de gozo. Habían llegado los reyes con adelanto; o con retraso, si consideraba la escasa visita del seis de enero pasado, cuando una vez más, pese a saber ya la historia de los pajes reales y de sus desvelos, esperaba en vano un ordenador para hacer las tareas, para conectarse, para ser como sus demás compañeras de sexto y tener de qué hablar en el patio, en el descanso, en la ida y venida del colegio. Porque Laura no tiene móvil, ni datos, ni vida social digital. Y sabía que un móvil no le iban a dejar, porque su madre era contraria. Y si no podía ser un ordenador, que valía mucho y el presupuesto de sus majestades, aunque son magos, no estiraba tanto, un perrito, un cachorro, aunque no tuviera pedigrí ni fuera un bichón maltés, tan blanco, o un caniche, tan elegante y estilizado. De un perro grande ya ni se hablaba, porque no habría donde ponerlo en aquel segundo piso sin ascensor, pequeño y con aquellos techos tan bajos, tan de los últimos años setenta y primeros ochenta, cuando parecía que los constructores (algunos de ellos, al menos) odiaban a quienes iban a vivir en sus casas. Cosas del desarrollismo tardío, de la avaricia del ladrillo que habría de repetirse a fines de los años 2000, cuando la burbuja estalló y envió a tanta gente a lugares tan alejados del sueño neocapitalista del chalé con piscina, aunque fuera comunitaria.
Dibujo de un alumno mío, hace unos años,
sobre un poema de Ángel González.
Pero todo esto no cabe en la cabeza de Laura, una cabecita con preocupaciones de su edad (disculpen ustedes esta licencia de narrador omnisciente), con ganas de ser una más, como buena preadolescente, y de no ser diferente por abajo, por no disponer. Laura no ha visto, todavía, la película "Yo, Daniel Blake", en la que una niña habla con su madre y le dice que sus compañeras se burlan de ella por llevar los zapatos rotos, remendados hasta lo imposible. Laura, es verdad, no lleva los zapatos rotos, lleva un chándal de mercadillo y sabe, ya, que de momento podrán comprarle unas zapatillas falsas que cuestan cuatro veces menos que las auténticas, y su compañera Alicia lleva las Adidas Superstar, blancas con las tres rayitas negras que valen una pasta. 
En su cole, es verdad, no hay muchos lujos entre sus compañeros. La mayoría son hijos de padres trabajadores manuales, camareros, transportistas, oficinistas y algún agricultor o trabajadora de almacén de naranjas. Laura también desconoce la tragedia silenciosa y persistente del campo valenciano, un declive que dura cincuenta años y que se agravó con la ilusión perversa de la burbuja inmobiliaria, aquella que hizo ricos a cuatro y pobres a muchos más, aquel cuento de la lechera cuyo cántaro se convirtió en añicos. No, Laura no sabe tanto, tiene doce años, y su pensamiento está en el paso al instituto, en esa novedad absoluta, y en que el coronavirus ha complicado el final de curso, su último trimestre en el cole, la fiesta de graduación y la orla que siempre se elabora con las fotos de los profes, el director y todo el alumnado que termina sexto. Vaya faena.
Hablando de faena, Laura tiene que bregar con el móvil de su madre, cuando no lo tiene su hermano mayor (él sí que tiene móvil, pero con muy pocos datos) para acceder a internet, a la página web del centro, donde se ponen, cada quince días, las tareas que hacer. Y también puede entrar en Telegram, cuando puede, claro. Las brechas digital y de conocimiento la alcanzan de pleno, en toda su extensión, que diría un tertuliano con cierta afectación al hablar. La wifi es un animal mitológico en su casa, aunque nos parezca que todos están conectados. Un móvil cómo ventana al exterior, como hilo quebradizo con la escuela y con su aprendizaje. Y eso que su profe la llama desde su propio teléfono, porque tiene interés por su alumnado, y quiere saber cómo les va, qué dificultades tienen, y no sólo a nivel académico. La familia de Laura, y ella misma, piensan que han tenido mucha suerte con este profe, tan implicado. Y es cierto. 
Lo triste es que la educación, como decía un académico universitario (digresión al margen, vuelvan a disculpar), no debería ser cuestión de suerte, sino de profesionalidad y de buen hacer; es, por utilizar un símil, como la ebanistería: hay artistas, artesanos y gente menos hábil, pero todos saben hacer un mueble. Y el que no sabe, ha de cambiar de oficio. Hermosa palabra esa, oficio. Y la falta de suerte se ceba con las familias menos favorecidas. Es un círculo vicioso que no se rompe con facilidad. Si la escuela fuera el único problema... pero sabemos que no, que es uno más, y que ahora, sin trabajo y sin ayudas, la miseria llama a la puerta de tantos hogares, cuya preocupación inmediata es llenar el estómago, no la cabeza con aprendizajes académicos. Ambos necesarios, pero uno más perentorio que el otro, desgraciadamente. 
Y son esas familias las que reconocen que no pueden ayudar a sus hijos con el estudio, que no se acuerdan de dividir por dos cifras, o de los romanos, o desconocen el vocabulario de las ciencias sociales o naturales. Laura sabía que contaba consigo misma, y con eso, con su tesón intermitente, con sus ganas, era con lo que podía avanzar, o al menos, no retroceder demasiado.
Por eso, cuando la madre de Laura recibió la llamada de su tutor y le dio la noticia, la niña saltó de alegría y una sonrisa, ese bien tan escaso en estos tiempos, apareció en su cara y, por un instante, se sintió muy dichosa. 
A la mañana siguiente, su madre fue al centro escolar y volvió con una flamante tablet con su caja y con una tarjeta de conexión a internet, que el director del centro le había cedido de parte del ayuntamiento de la localidad. Y la vida fue un poco más justa con Laura. 

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