jueves, 9 de octubre de 2014

¿Elogio del silencio?

He de confesar que me cuesta escribir este artículo. No por la complejidad del tema, algo descontado cuando queremos hablar de organizaciones, ni por ser parte de una de ellas -la escolar, como bien sabéis. Me cuesta porque este curso he sido objeto de una de las prácticas más extendidas en una institución: la represalia encubierta. Me he tomado mi tiempo para reflexionar, y que no fuera este texto un desahogo personal infectado por la ira o la impotencia. Eso, quizás, me habría servido a mí, pero no a mis lectores, muchos de ellos compañeros docentes, padres o alumnos de universidad que me honráis con vuestra lectura.
En realidad, creo que no es la primera vez. Creo que, por haber manifestado independencia de criterio ante inspección, mis opciones de alcanzar la dirección de un centro se han limitado bastante, al menos en esta dirección territorial. La renovación automática de directores hace el resto: profesionaliza por la puerta de atrás la dirección, sin crear un cuerpo separado de iure, pero sí de facto, limitando el acceso a tantos docentes que quieren una renovación del centro, o una legítima mejora profesional, al menos. A la vez, mantiene en el cargo a docentes cada vez más alejados de la práctica de aula y más burocratizados, repitiendo a pequeña escala el fenómeno que ya se da en la inspección educativa desde hace años. Y más pendientes de su superior inmediato, el inspector o inspectora, que de sus subordinados, puesto que su continuidad depende de la administración, no del voto de la comunidad escolar.
La LOMCE empeora la situación. Bajo un supuesto aumento de la autonomía de centros, fortalece la autoridad -el poder- de la dirección, como hemos podido comprobar en las instrucciones de inicio de curso de la Conselleria valenciana de educación. Ya no es preceptivo que el Consejo Escolar de Centro apruebe la Programación General Anual, sino que la conozca. La ha de aprobar el director, que podrá incorporar algunas sugerencias del CE y del claustro. Lo mismo ocurre con el horario general del centro, el plan de convivencia... Será complicado convencer a los padres para que se presenten a elecciones al Consejo Escolar, si su papel es el de leer y asentir -o disentir, evidentemente- pero sin otra capacidad de influencia. Los miembros del consejo se ven privados ya del voto sobre la PGA, que era un residuo del poder que una vez tuvo el CE, cuando elegía la dirección del centro, cuando se creía que la democracia escolar era posible y necesaria. Se permite, por el contrario, que el CE apruebe la memoria anual, lo que me hace sospechar de la inutilidad de este trámite burocrático, vaciado de consecuencias efectivas y de reflexión digna de ese nombre.
¿Y qué decir de los claustros? Es cierto que la diversidad es una característica de los mismos, tanto en la composición de sus miembros como tomados en conjunto. Pero, año tras año, van viendo cómo disminuye su autonomía en asuntos tan determinantes para el centro como quién lo dirige. Y, tal vez, un silencio melancólico o estratégico va apoderándose de muchos de ellos, que convierten sus reuniones en burocráticas lecturas de normativa o en preparación de actos comunes, los mínimos posibles, por supuesto.
Hannah Arendt, en La condición humana (libro que todo docente habría de leer, a pesar de no ser de educación), afirma que tomar la palabra, articular un discurso, es una manera de acción, de situarse en el mundo. De hecho, sin discurso no hay acción, sólo labor. No puedo estar más de acuerdo con esto. Un claustro que no debate, que no confronta, cae en la inacción, que llega a confundirse con la rutina sin demasiado sentido. Y a los que no nos gusta callar, o no sabemos, nos pasan cosas. Pero esto lo cuento otro día.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Centro nuevo: ¿Instrucciones de uso?

Empezamos curso escolar. Algunos antes, otros más tarde, pero en la primera quincena de septiembre, el alumnado de las enseñanzas obligatorias habrá vuelto a las aulas, y con ellos sus profesores, muchos de los cuales habrán cambiado de centro escolar, bien por su condición de interinos o funcionarios con destino provisional, bien por voluntad propia al participar en concurso de traslados. De eso quería hablar hoy: de cómo se recibe a los nuevos compañeros de claustro, a los recién llegados.
Sobre esta acogida no hay, si no me equivoco, estadísticas; forma parte de la micropolítica escolar, esa gran desconocida para quienes rigen, con el boletín oficial a su disposición, el sistema educativo, y tan determinante, sin embargo, en los resultados globales del mismo, que son la suma del rendimiento de tantos centros escolares concretos. Taylor, en su obra de referencia Organización escolar, habla de la necesidad de distinguir, a efectos sociológicos y organizativos, el sistema como conjunto, por una parte, y el centro educativo, por otra. Para nuestros alumnos y sus familias, ambos aspectos confluyen: el sistema educativo, para ellos, es el colegio o instituto al que acuden. Es la concreción del abstracto organizativo, la realidad que viven y que marca, de manera clara, su escolaridad. 
Cada año, a un centro educativo acuden varios profesores nuevos, por las razones que dábamos en el primer párrafo. ¿Cuál es la pauta general de acogida a estos compañeros, que en ocasiones pueden suponer hasta un tercio o más del claustro, en escuelas con mucha movilidad laboral? Se les da la bienvenida en el claustro inicial, el equipo directivo les enseña el centro (no siempre) y se les informa de sus funciones docentes: su tutoría (si son generalistas en primaria, o si les corresponde en secundaria), su horario, sus refuerzos o apoyos a otros grupos... Normalmente, no hay un resumen del proyecto educativo de centro que informe de las prioridades de la escuela, ni de su visión o misión, por usar terminología del cuadro de mando integral (CMI). Con un poco de suerte, les pondrán al día de las características del alumnado que tendrán, aunque quizás esto ocurra de manera informal, no planificada por el equipo directivo, demasiado ocupado en rellenar papeles, horarios y confeccionar la programación general anual. Se obvia un proceso de acompañamiento -que puede delegarse o, al menos, prepararse- que facilita la integración de los compañeros incorporados en septiembre.
El profesorado recién llegado ha de buscarse la vida a partir de unos pocos parámetros iniciales. A esto añadimos que, con mucha probabilidad, los cursos que se les asignan suelen ser los que no han querido los propietarios de plaza (que han elegido en junio), cursos que seguramente requerirán de esfuerzos adicionales por su diversidad, dificultad en la gestión del aula u otros aspectos no controlables, como enfrentamientos con padres (o entre padres), conocidos por el claustro, pero no por quien recibe el grupo. Además, gracias a la política de supresión de puestos de trabajo, muchos especialistas han de hacerse cargo de tutorías a tiempo parcial, con lo que no pueden dedicarse plenamente ni a su especialidad ni a la tutoría, que son actividades bien distintas, a menos que caigamos en el simplismo de que todo es dar clase. Se intensifica así el trabajo docente.
Evidentemente, hay diferencias entre centros. Aquellos que han consensuado un proyecto viable y real, que practican la coordinación efectiva y no sólo la colegialidad artificial, tienen mucho ganado. Si además intentan repartir las cargas entre el conjunto del profesorado y no magnifican la división entre definitivos y provisionales, el panorama resulta más halagüeño para los recién llegados.  Se trata de plantear una visión que va más allá de las circunstancias laborales del profesorado, y se centra en las necesidades del alumnado, principalmente. Pero, por desgracia, sabemos que en muchos centros impera la indiferencia pedagógica, cada cual en su clase y a bregar con lo que le ha tocado. Un indicador del tipo de centro es, a mi entender, la reticencia del profesorado definitivo a desempeñar cargos como coordinador de ciclo, bibliotecario, coordinador de formación... Si se busca a los recién llegados para que asuman estas funciones, la implicación de los definitivos es de baja intensidad con respecto a su propio centro.
En este aspecto de cuidar la acogida, de acompañar los primeros pasos en el centro, de dar facilidades y de tratar de ser justos con todo el claustro, el equipo directivo tiene mucho que decir y hacer, puesto que son ellos los que conocen la realidad del centro, del cual han de tener una visión global y han de actuar en beneficio del conjunto, no de un grupo concreto de profesores definitivos. Eso se ve en la asignación de responsabilidades concretas. Se trata de ser eficaz, de optimizar recursos, pero sin perder de vista la justicia con maestros y alumnado. Repartir las cargas entre todos, de la manera más equilibrada, es un ejemplo de coherencia con los fines educativos. Hacer lo contrario impide, a mi entender, que el discurso docente sobre la justicia sea creíble.

sábado, 30 de agosto de 2014

Culturas profesionales en la enseñanza. La visión de Hargreaves

El profesorado es un factor determinante en la educación formal. Esta afirmación, que parece tan simple, no siempre es contemplada en las reformas educativas, y la LOMCE es una muestra sobresaliente de ello. En nuestro artículo "El desprecio por la metodología, un grave error de la LOMCE", de mayo de 2013, veíamos que ni siquiera en la terminología usada en el proyecto de ley se tenía en cuenta al profesorado, al que se mencionaba en diez ocasiones, frente a, por ejemplo, las ciento treinta y cinco en que aparece el término evaluación. No hace falta argumentar mucho más para comprobar qué prioriza la reforma Wert.
Este blog, desde el principio, ha querido tratar el tema del profesorado, del que formo parte, desde un punto de vista no corporativista, comprensivo y crítico a la vez. Siempre con un componente de esperanza en el cambio educativo, pero sin falsas ilusiones. Y hemos querido hacerlo -no sé si lo hemos conseguido- con la ayuda de autores de referencia en el análisis del sistema educativo, lo cual nos permite tomar distancia de nuestra propia realidad, trascendiéndola.
Andy Hargreaves es uno de esos autores, con una aportación extraordinaria en educación. Británico afincado en Canadá y Estados Unidos, lleva dos décadas -por lo menos- publicando obras relevantes, solo o en compañía de otros autores, como Dean Fink (El liderazgo sostenible) o Michael Fullan (¿Hay algo por lo que merezca la pena luchar en la escuela?*), por citar algunos de los libros traducidos al español. Me acordé de Hargreaves, y de su estupendo "Profesorado, cultura y postmodernidad" al participar en #libroed, la iniciativa que hemos llevado a cabo en Twitter este verano sobre las obras psicopedagógicas que nos han dejado huella en nuestra tarea docente, y que Rosa Díez, @teacherrose1964, ha recopilado para su consulta.
En ese libro, Hargreaves desarrolla el tema de las culturas profesionales del profesorado. Después de dedicar una mirada a las condiciones tradicionales del trabajo docente, entre las que cita el individualismo, el aislamiento y el secretismo, repasa las maneras de organizar el trabajo conjunto, de convivir en los centros. Distingue tres grandes tipos de cultura:
-La colegialidad artificial, que se caracteriza por ser reglamentada por la administración, por tanto obligatoria, orientada a la aplicación de los mandatos de otros (superiores, supervisores), fija en el tiempo y en el espacio y, como consecuencia de todo lo anterior, previsible en sus resultados. Supongo que todos podemos reconocernos en estructuras que siguen este patrón. Se trata de "cubrir el expediente", es decir, hacer lo que se espera -y se especifica en la normativa.
-Balcanización, es decir, fragmentación del espacio común escolar que comparte el profesorado, con la existencia de subgrupos fuertemente aislados entre sí. Hargreaves presenta esta cultura como delimitada en el espacio, duradera en la composición de los grupos, con una fuerte identificación personal y sentido de pertenencia (a través del proceso de socialización como miembro de un grupo y no de otros) y con carácter político -o como expresa gráficamente el autor, con ganadores y perdedores- en la asignación de recursos, en la adopción de decisiones colegiadas. No hace falta decir que esta cultura paraliza los centros y degrada la convivencia entre docentes.
-Cultura de la colaboración, más o menos organizada, que tiende a ser espontánea y voluntaria (surge de los docentes), orientada al desarrollo de iniciativas propias, no circunscrita sólo a las reuniones fijadas -va más allá en tiempo y espacios- y, evidentemente, imprevisible en sus resultados, lo que dificulta el control externo. Como hemos dicho, el grado de definición de esta cultura varía; puede representarse como un mosaico móvil (un caleidoscopio, quizás) que varía la estructura sin perder la unidad. Tiene capacidad adaptativa, porque prioriza lo fundamental.
Hargreaves fundamenta esta división en su investigación en centros educativos y en los hallazgos de otros colegas, con un rigor que se agradece. También analiza otros aspectos, como el tiempo escolar, o la modernidad de la institución escolar. En definitiva, un libro fundamental para comprender cómo convivimos e interactuamos los docentes en la escuela.

*El título en inglés es: What's worth fighting for at schools? que introduce un matiz distinto: ¿Por qué vale la pena luchar en la escuela?

lunes, 21 de julio de 2014

"Flipped Classroom" en Santander: más consideraciones (II)

Continuamos con esta crónica personal del curso Flipped Classroom*, celebrado en Santander del 7 al 11 de julio. Tras el primer día, ya comentado y reflejado aquí, se nos ofreció un carrusel de herramientas TIC que podrían ayudarnos a la hora de dar la vuelta a la clase. Esta muestra consumió casi la totalidad del curso; a continuación intentaremos recoger lo más interesante, en mi opinión, de cuánto allí se nos comunicó. 
He de reconocer que conocí las rúbricas de evaluación en un encuentro de Aulablog, celebrado en julio de 2013 en San Sebastián. Me pareció un modo positivo de evaluar proyectos, trabajos en grupo... En Santander, Fernando Fuentes, de la UAM, nos habló sobre las rúbricas, su origen (evaluar las webquests) y nos indicó algún recurso como rubistar.4teachers.org, útil para generar rúbricas y ver multitud de ejemplos, que siempre pueden ayudar a manejar este tipo de instrumento evaluador. Entre sus ventajas, que el alumnado sabe qué se le pide y puede comprender con facilidad la calificación obtenida, ya que resulta muy visual.
José Sánchez y Julio Ruiz, de la Universidad de Málaga, nos ilustraron sobre cómo usar recurso digitales como audacity y spreaker, y nos mostraron la sencillez con que se pueden editar audios. Y eso me llevó a la reflexión, compartida con otros asistentes, de que nos perdemos instrumentos valiosos por cierto miedo a la novedad, a trastear con herramientas que no dominamos. Y de ahí, a considerar la importancia de tener cerca compañeros que puedan echar una mano, en un ejercicio de contagio, mucho más efectivo que la crítica o la descalificación de prácticas, que suelen provocar un enroque de los aludidos. Cada docente tiene un dominio de herramientas TIC; pero ese conocimiento per se no capacita ni inhabilita para innovar.
El jueves, Charo Fernández, @yalocin, nos dio una clase práctica de presentaciones utilizando powtoon.com, una herramienta con muchas posibilidades, aunque un tanto complicada en su uso al principio, en mi opinión. Charo, además, nos propuso esta presentación sobre los errores más comunes en este tipo de texto (y cómo evitarlos):


 César Poyatos, @cpoyatos, nos habló de edmodo, la red social para profes y alumnos, ejemplificando alguna de sus utilidades, que son muchas y variadas. Para mí, la posibilidad de comunicarse en un espacio compartido, controlado y cerrado, aporta organización y conocimiento por parte de los padres de qué están haciendo sus hijos; basta con entrar en la página de edmodo. 
Por último, Sergio García Cabezas, @sergioTIC, nos presentó cómo hacer vídeos de realidad aumentada a partir de cuadros famosos. Una interesante iniciativa que contempla diversas fases de ejecución, lo que asegura que el alumnado ha de investigar, preparar, elaborar un guion, grabar y editar. Esta actividad se propone a alumnos de bachillerato y se puede ver en algopasaenelmuseo.com. Además, en su interesante ponencia-taller se refirió al uso de las tecnologías de la información y comunicación como un añadido de valor a la actividad, de tal manera que si las TIC no añaden nada a la misma, no hace falta utilizarlas. Todos hemos visto, supongo, actividades en formato digital que son exactamente las mismas que podrían hacerse en papel; pues bien, mejor hacerlas sin TIC, sino usando una tecnología ya existente en la escuela, como es la reprografía o el uso de materiales seriados.
Las nuevas tecnologías proporcionan un margen de autonomía al alumnado para elaborar materiales propios, realizar síntesis o bien profundizar los aprendizajes en la red. El enfoque SAMR (acrónimo en inglés) define el uso adecuado de las tecnologías, ya que propone usarlas si sustituyen, aumentan, modifican o redefinen la tarea y por tanto posibilitan un mejor aprendizaje. Estamos muy de acuerdo con esta propuesta, en la que las TIC plantean una mejora, una novedad metodológica, no una simple imitación de usos anteriores, aunque eso es predecible en la aplicación de una nueva tecnología, como nos recuerda Jordi Adell: la nueva tecnología imita los usos de las antiguas, en un primer momento. Las TIC suponen un reto metodológico, no sólo funcional o técnico. Echando mano del dicho evangélico, a vino nuevo, odres nuevos. El problema, tantas veces, es que no hay ni vino ni odres, o uno (TIC) sin otros (metodología innovadora).
Hubo más cosas, pero no es cuestión de cansar a los lectores. Esta ha sido mi síntesis de una semana intensa, con muchos contenidos prácticos, bastante trabajo por parte de todos y algunas conclusiones; entre ellas, que más importante que las herramientas es el enfoque metodológico subyacente. Y que, para innovar, nada como repartir tareas, buscar complicidades (no necesariamente dentro del claustro, también en la red) y proponerse objetivos asequibles en plazos razonables. Es complicado dominar todas las herramientas propuestas; de ahí la necesidad de colaborar entre docentes, aprovechar recursos e investigar, para no duplicar o triplicar esfuerzos. De ahí la importancia de bucear en la red, de ir constituyendo el Entorno Personal de Aprendizaje, el PLE, al que nos referíamos en el artículo anterior. No hagamos como aquellos que, alabando la excelencia del trabajo perfecto, no cambian nada de su práctica, porque su ideal es inalcanzable.


*Los materiales del curso están disponibles en http://formacion.educalab.es/course/view.php?id=57

lunes, 14 de julio de 2014

La clase al revés: reflexiones en Santander (I)

Este año, por primera vez, he participado en un curso del INTEF (Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado) celebrado en las instalaciones de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander del 7 al 11 de julio. El curso llevaba por nombre "Flipped Classroom", es decir, clase al revés (lo prefiero a "clase invertida"). Lo que sigue no quiere ser un resumen de cinco días, sino una síntesis aleatoria de cosas que me llevo de vuelta a casa, tras treinta horas de formación y otras tantas de convivencia en comidas, desayunos y ratos de asueto con compañeros de casi toda España que imparten clase en todas las etapas de la educación formal no universitaria. Sesenta y cuatro profesores elegidos entre más de trescientas solicitudes. 
Una vez más, he constatado la dificultad de ofrecer, en una semana, una formación que satisfaga a todos los participantes, incluso que sea coherente internamente, sin solapamientos ni carencias subsanables. En Santander, en ocasiones anteriores, esta dificultad había aparecido ocasionalmente, pero no había sido un obstáculo para el aprovechamiento del curso. Esta vez, sí lo ha supuesto.
Vayamos con lo positivo. Manuel Jesús Fernández (@manueljesusF en Twitter) nos ejemplificó su trabajo en historia en bachillerato basado en la metodología de la clase al revés, que consiste principalmente en presentar materiales a los alumnos para que elaboren colaborativamente un producto relacionado con el tema de estudio. Además, Manuel Jesús utiliza Twitter para que su alumnado comparta opiniones, hechos, comentarios... sobre la historia de España (hace un tiempo se podían leer en Twitter, dirigidos a él).
Las distintas  maneras de usar las tecnologías, según D. Reig
Además, nos habló de las TIC, ya conocidas por todos, y también de las TAC (tecnologías del aprendizaje y la cooperación) y de un concepto desconocido para mí, las TEP (tecnologías del empoderamiento y la participación), acrónimo creado por Dolors Reig. Además, nos presentó un vídeo de la propia Dolors, que explica el enfoque del docente 2.0, que plantea dos tareas fundamentales:
-Administrador (curator) de contenidos, papel de intermediario entre la información y el alumnado, por una parte.
-Gestor de la inteligencia colectiva, en la que la heterogeneidad, al revés que en la pedagogía tradicional, es un valor positivo, que enriquece el resultado final.
Por la mañana, Juan Núñez (@juannunezc) nos brindó una ponencia-marco que pretendía (y consiguió, a mi entender) abrir puertas, señalar caminos, aproximarnos al concepto de clase al revés y a la metodología activa que la sustenta. Animó a buscar en la red los contenidos, a participar (en el rol de prosumidor) y gestionar la información, como veíamos anteriormente. Digamos que cambia sustancialmente la manera de preparar las clases; pierde sentido utilizar un único instrumento, el libro de texto, en favor de la diversidad y riqueza de posibilidades de la web. Ese cambio implica el conocimiento de diversas herramientas, y ha de ser gradual, si no queremos abrumarnos por la complejidad de la tarea, sujeta además al factor temporal.
Entre sus aportaciones, llamó mi atención el "cono de Dale", que plantea la permanencia de lo aprendido a lo largo del tiempo, y que constituye una pista de cómo planificar los aprendizajes.
El ponente también se preguntó por qué , en la transición de infantil a primaria y posteriormente, se pierde la ilusión por ir al colegio, por aprender lo que allí se propone. Reivindicó la manera de trabajar en la primera etapa de la escolaridad. Ciertamente, aquí lo hemos dicho en diversas ocasiones, la escuela no puede seguir siendo el lugar de habituarse a una rutina, como lo fue en la etapa industrial. Eso no significa que no se adquieran hábitos, pero siempre teniendo en cuenta que vivimos en una época de intercambio generalizado de información, y la educación formal es un agente más -poderoso, si se quiere, por su capacidad certificadora del conocimiento- pero en competencia con otros agentes que despiertan, sin lugar a dudas, el interés del alumnado. Trabajar con esa idea ayuda a situar la práctica en parámetros de nuestro tiempo.


lunes, 23 de junio de 2014

La gestión del aula: neither last nor least

“Todo cambio que no pase por la gestión del aula es inocuo” M. Marland

A partir de este tweet, me he decidido a comentar algunos aspectos de nuestro trabajo que, quizás con demasiada frecuencia, se solapan con otras parcelas profesionales. Me refiero a la exigencia que tenemos, cada día, como gestores del aula, reguladores de emociones, administradores de silencios y hablas... Y digo exigencia porque, efectivamente, es una tarea que exige dedicación, preparación y visión amplia. El final de curso es un momento que permite -una vez terminadas las obligaciones burocráticas de calificaciones, actas, memorias- tomar cierta distancia y considerar qué puntos de la relación con los alumnos hay que revisar.
Creo que cada docente, por regla general, tiene un estilo, una manera de llevar su aula. Este modo de organizarse no suele ser fruto de una decisión consciente, sino que va formándose a lo largo del tiempo, con aportaciones distintas. En mi caso, intento plantear un estilo abierto y encaminado a favorecer la responsabilidad del alumnado, no a la sumisión o a la obediencia por miedo. Este aspecto, buscar que sean responsables, requiere un esfuerzo mayor, lo sabemos, que si nos planteamos sólo que obedezcan. Así, difícilmente podrán elegir, y sin elección no hay responsabilidad.
Sigo creyendo que enseñamos a grupos, aunque los alumnos aprenden individualmente, y que las dinámicas que muestran los sociogramas, los registros de incidencias, incluso el cuaderno de clase –que siempre quiero llevar y que se escurre como agua entre las manos, sin materializarse- han de tenerse en cuenta en el planteamiento general de la atención al grupo, en primaria o en secundaria. Conocer las relaciones internas, el equilibrio de fuerzas, los líderes y su carácter -positivo o negativo- permite una mejor gestión del grupo, un conocimiento mayor de la diversidad y de la complejidad inherente a la clase. Además, puede evitar situaciones complicadas, como la lucha de poder que algún alumno puede entablar al sentir amenazado su liderazgo, u otras conductas negativistas y desafiantes, con el consecuente perjuicio para el ritmo de trabajo en el aula. 
En este aspecto, me preocupa que algunos alumnos no interioricen el respeto por los demás, independientemente de su conducta. Me preocupa que ciertos estilos de liderazgo exijan la sumisión de los otros para que sean tenidos en cuenta. Me inquieta que haya alumnos que se sientan incómodos por la actitud de otros compañeros concretos, que aprovechan los espacios y momentos menos vigilados para insultar, agredir o ignorar, que de todo ocurre. Pienso si yo, alguna vez, habré tenido algo que ver al reprochar a algún alumno con demasiada dureza un comportamiento inadecuado. Me sorprende y me entristece que no haya sintonía entre los valores que intento practicar y ofrecer y la visión que tienen algunas familias sobre el modo de conducirse en el colegio. 
Me queda también la inquietud de ver algunas actitudes inadecuadas que irán a más y causarán conflictos importantes a la clase. Pero se combina con la satisfacción de haber mantenido a flote a muchos alumnos, con características complicadas, que han podido seguir el curso con normalidad, pese a esa complicación de la que no son, en absoluto, responsables.
Termino mi reflexión (o lo que sea) con la idea de que tan importante como enseñar a razonar en matemáticas, a escribir correctamente, a situarse en el territorio, es practicar la convivencia. El aula como preparación a la vida, pero también, como nos enseñó Dewey, como la misma vida, como una experiencia que forma, educa, es valiosa en sí misma. Y esta convivencia en el aula demanda un docente dispuesto a solucionar conflictos, hablar con compañeros y familias, entender, en definitiva, que eso también forma parte de su tarea.
El docente de hoy ha de gestionar la diversidad, no esconderla o ignorarla. Otra cosa es defraudar las expectativas que aún se tienen sobre nuestro trabajo. Y, además, hacerlo de manera consensuada y debatida. Más debatida que consensuada, diría yo. Somos gestores de emociones, facilitadores de conductas, modelos para los alumnos (de manera más o menos consciente) y, como dice Marland, cualquier cambio consistente pasa por la gestión del aula. Ahí también conviene ser maestros.

martes, 3 de junio de 2014

Deslizamiento de funciones: ¿la escuela como guardería?

La tendencia a adelantar el inicio de las clases en las etapas obligatorias es un tema que se puede analizar desde distintos puntos de vista. En un artículo anterior, argumentábamos contra la idoneidad de esta medida administrativa, que complica la toma de decisiones de inicio de curso y que parece parte de un planteamiento más amplio, destinado a trasladar parte de la planificación docente del ejercicio escolar a julio.
Aumentar el número de horas que pasan los escolares en las aulas no tiene, per se, un efecto positivo sobre la educación. Y tampoco nos parece ése el motivo fundamental de esta extensión del horario lectivo. La razón política obedece más a cierta demanda social para que los niños pasen el mayor tiempo posible en los centros. Lo cual es comprensible en una sociedad donde hombres y mujeres comparten el mercado de trabajo, y cuidar de los hijos se complica durante la jornada laboral. Evidentemente, las vacaciones escolares y las laborales no coinciden, y las primeras ocupan mucho más tiempo que las segundas. Ese desfase causa tensiones a las familias, y esa tensión llega, en forma de reivindicación, a la administración pública.
La proliferación de escuelas municipales de verano (muchas veces en un colegio de la localidad) responde a la necesidad que antes comentábamos. Da cierta pena ver que los niños se vuelven a incorporar en julio a la rutina de levantarse temprano y estar, una parte del día, en un aula, aunque no se lleven a cabo actividades propiamente curriculares. Siempre pendientes del reloj, cuando el verano era justamente su ausencia. Hay chavales que terminarán la escuela estival el 15 de agosto, por ejemplo. Y el próximo curso empezarán sus estudios el 3 de septiembre. Complicado, ser niño en estos tiempos.
Escuela Munkegards, Copenhague,
diseñada por Jacobsen, 1951
Pasemos al aspecto pedagógico de la cuestión. Es sabido que la guarda y custodia de los menores es una de las funciones de la escuela desde siempre, y que es una función sujeta a un estrecho control social y legal, en ambas direcciones: de las familias al centro, y de éste a las familias. Uno de los hechos más graves que puede pasar en un colegio es que se escape un niño (el verbo escapar indica muchas cosas sobre la institución escolar, pero es el que se utiliza habitualmente). Por eso, las puertas de acceso se cierran, hay un control en las salidas... Por otra parte, las familias han de enviar regularmente a sus hijos al colegio y, si no es así, hay protocolos de actuación contra el absentismo. Por tanto, todos aceptamos que los padres delegan la guarda de sus hijos en los centros, con todas las garantías.
Eso siempre ha sido así, como decíamos antes. La función de guardería, por parte del centro escolar, se aceptaba, pero se veía eclipsada por la más alta función de instrucción, formación, educación, que de todo ha habido en la escuela. Hoy en día, no estaría tan seguro de que pervive la misma percepción. La abundancia de recursos informales fuera de la escuela permite acceder a conocimientos que antes eran exclusivos de la institución escolar; incluso hay áreas, como los idiomas, las artes o los deportes, que se aprenden mejor en ámbitos distintos a la escuela. Y no podemos olvidar que el atractivo del currículum escolar decrece a medida que aumenta la edad del alumnado, y aparece, cada vez antes, un cierto desencanto, o una actitud que llamamos “de brazos caídos”, ya en tercero de primaria, en algunos casos. Y este fenómeno va a más. Esta desafección desemboca, más tarde, en actitudes hostiles al sistema educativo, ya en secundaria. 
Por otra parte, se promueve la extensión de la jornada escolar a través de servicios extraescolares, frecuentemente de pago, como las escuelas madrugadoras o las actividades deportivas o curriculares en el propio centro, organizadas por las asociaciones de padres. Actualmente, un niño puede entrar a las 7,30 al colegio, y salir a las 18,30. Y tal vez tenga que hacer las tareas escolares en casa... tras una jornada agotadora.
La propia administración educativa refuerza este cambio en la categoría de las funciones escolares con medidas como la que analizamos aquí. La transformación de la escuela en un mero aparcaniños temporal puede ser inevitable si, como está ocurriendo, la administración participa en el proceso e incluso lo promueve, al ignorar la situación real de los centros y poner el énfasis en que estén abiertos más tiempo, no importa en qué condiciones de atención pedagógica. Se devalúa la consideración de lo escolar, ya asediado por la falta de actualización curricular. Y esta devaluación afecta, sobre todo, a la parte pública del sistema, la que tiene más complicado ofrecer alicientes extra a la escolarización. La que tiene unos gestores que se conforman con la estabulación del alumnado, aunque luego se "preocupen" de los resultados de las pruebas internacionales.
En conclusión, se produce un deslizamiento de funciones -o de preeminencia en las mismas- que es consecuencia de una evolución social, y también se ve reforzado por diversos factores y actores, que desconfían -cuando menos- del poder transformador de la escuela. Los docentes podemos observar el fenómeno, resignarnos como quien ve llover, o bien, dotar de relevancia a lo que ocurre en las clases. El resultado no será el mismo.

Altas capacidades: la escuela, ¿para quién?

Hace tiempo que no publico una entrada sobre #cineyeducación, pese a que es uno de los ejes del blog. Esto se debe a que no todas las pelícu...