Blog de un docente que reflexiona sobre su práctica y la escuela como institución en un tiempo de crisis de las instituciones.
lunes, 5 de abril de 2021
La organización escolar, esa desconocida: Aportaciones desde otros ámbitos
martes, 2 de febrero de 2021
La escuela postmoderna ya está aquí
Tras mucho pensar, creo que la denominación adecuada para la escuela que se está imponiendo es postmoderna. Cierto es que últimamente se llama postmoderno a cualquier cosa, pero eso no va en contra del argumento, más bien a favor: en esa escuela cabe cualquier cosa. Inteligencias múltiples, bienvenidas. Estilos de aprendizaje, bienhallados. Cooperación-porque-sí, fantástico. Y si puede ser, todo bien documentado con vídeos que se colgarán en redes sociales. Que se hable de la escuela, que se visualice lo que hacemos. Aunque lo hagamos para que se vea, más que nada.
El otro día me llamaron la atención, cariñosamente, por un tweet que venía a decir algo así como que la escuela postmoderna vive en la superficialidad: imágenes, vídeos, emociones... La educación es otra cosa, más sólida y con vocación de durar. Se entendió que yo no quería imágenes en la educación, cuando soy un firme defensor de la alfabetización audiovisual, de la necesidad de educar la mirada. Por cierto, hace muchos años gané un premio por análisis de publicidad, cuando nuestra conselleria premiaba la iniciativa didáctica del profesorado. Y en este mismo blog he publicado a favor de introducir el estudio de la imagen en las aulas, ya en primaria.
Además, hemos publicado, a lo largo de los años, vídeos didácticos de lo que hemos hecho en clase; aún recuerdo cuando el alumnado realizó un vídeo en el que explicaba el funcionamiento de un electrodoméstico, o contaba una receta, o incluso cómo se pescaba (un alumno contó con la inestimable colaboración de su abuelo). El texto instructivo oral. También hicimos una versión coral de "La rosa de paper", de Vicent Andrés Estellés.
No se trata de enumerar las veces que he introducido una cámara en clase (con permisos paternos) ni de repasar los productos obtenidos. Mi crítica no iba en ese sentido, sino en la superficialidad que acompaña -o puede acompañar- a la necesidad de grabarlo todo, de emitirlo todo, de supeditar la práctica escolar a la cultura del espectáculo.
Son tantas las referencias que vienen a mi mente cuando escribo esto, que necesitaría varios artículos para ordenarlas coherentemente. Pero vayamos por partes.
El predominio de la imagen es una realidad incontestada hoy en día. Ya hace años, Giovanni Sartori alertó de este fenómeno, referido a la televisión, en Homo videns. Advertía del deterioro de la capacidad lectora, de razonamiento basado en la palabra, y su sustitución por la imagen, lo que nos retrotraía en la evolución humana. Y antes de él, Débord analizó la sociedad del espectáculo, en la que vivimos y en la que se desenvuelve la educación formal, sin duda. Y sobre todo, nuestro alumnado, expuesto cada vez más tempranamente a las pantallas, de manera irreflexiva y permanente, lo que dificulta su atención de manera continuada. Si nos remontamos a Herbert Simon, en los primeros setenta, ya afirmaba que la abundancia de información redunda en menor atención.
Por tanto, enseñar a mirar, recuperar la distancia (aquí pueden incluirse tantísimos aspectos), es tarea fundamental de la escuela. Tanto con internet, como con el arte, la publicidad en prensa y televisión... Esa sería una escuela actualizada, sin duda. Con presencia en internet, de acuerdo. Pero sin obsesionarse en la visibilidad virtual. Mejorando, a la vez, la accesibilidad de las familias a lo sustancial, explicando la propia práctica, recuperando el valor de lo colectivo también en una renovada comunidad escolar, cada vez más diversa y más compleja. Teniendo un proyecto pedagógico de verdad, no un corta y pega con ocurrencias o irreflexivo, a la moda.
La escuela, se ha dicho como crítica, lleva un retraso de años con respecto a la sociedad en la que está inserta. Pasó con las TIC, antes con la diversidad funcional... En cambio, no se esperó a la administración para dar respuesta a temas como la atención al alumnado inmigrante: hubo iniciativas loables que fueron compartidas gratuitamente para que los que, a partir del año 2000 aproximadamente, empezaron a llegar a las aulas españolas con desconocimiento de lenguas. Pero la tónica general es, efectivamente, filtrar temporalmente las aportaciones que se van incorporando. Es lógica esa distancia, a mi entender, que da más perspectiva. No es un hacer por hacer. Entre la inmediatez de la imitación de las prácticas y el rigor de leerse hasta la última evidencia científica hay términos medios por los que transitar. Y en los que se mueve la mayoría de profesorado, entiendo yo. Aunque hay modas muy persistentes, muy postmodernas en sus planteamientos, y picamos muchas veces.
La educación emocional, por ejemplo. Me parece fundamental que el profesorado trate con su alumnado temas como la reacción ante la frustración, ante el conflicto, la manifestación de alegría sin hacer chorradas ni algaradas, la empatía y ponerse en el lugar del otro. Hay prácticas sencillas que no son de ayer precisamente, como el adoptar distintos roles o role-playing, el buzón de sugerencias, los semáforos de emociones... Las sesiones de tutoría son ideales para llevar a cabo esas prácticas, así como la autoevaluación del alumnado, un sociograma trimestral, además de las asambleas en primaria (en infantil suelen ser diarias) y los debates en ESO. Hay mucho que hacer, si se quiere. Por tanto, antes de lanzarse a la educación emocional como novedad, habría que recuperar el espacio de la tutoría.
Es curioso que en primaria e infantil, donde se hace tanto tiempo de resolución de conflictos, buscar empatizar, favorecer la convivencia, en una palabra, no haya tiempo estipulado para la tutoría, que sí está en secundaria. A propósito de esto, la educación valenciana ya establece, en las instrucciones de inicio de curso, la necesidad de establecer un tiempo semanal de tutoría en los CEIP, además de un programa de educación afectivo-sexual en primaria. Algunas cosas se van viendo.
Volviendo al tema de la postmodernidad en educación, al que dedicaremos más artículos, estamos ante una relajación de la exigencia a nivel social, porque hay un debilitamiento del vínculo social, de manera que nos sentimos, en general, menos vinculados que antes con nuestros conciudadanos. Es lo que Lipovetsky llamó, hace años ya, el crepúsculo del deber. Por cierto, me alegra ver que se reivindica a este autor en los últimos tiempos. Vivimos en la primacía del yo, oscilando entre la añoranza por la pérdida de la comunidad que supuso el paso a la sociedad y una visión individualista, con tintes narcisistas en muchos casos, de la propia existencia. Mientras tanto, aumentan la ansiedad y la depresión en nuestras sociedades, incluso antes de la pandemia del COVID19, que ha agravado la tendencia.
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| Conociendo y reinterpretando a Keith Haring, trabajo de este curso escolar en 3º EP |
¿Qué hace la escuela ante esto? ¿Mira para otro lado y se enroca en los aprendizajes más académicos, obviando la realidad social? ¿O se sube al carro de las modas escolares (no me atrevo a llamarlas pedagógicas) y relaja tanto lo académico que resulta irrelevante? ¿Superamos la folklorización y la palomita picassiana para el DENIP, o nos unimos a ella con más entusiasmo, si cabe?
Aclaro que no se trata de más o menos TIC, porque las TIC ya forman parte de la vida de nuestro alumnado, queramos o no, y suponen una ayuda a la docencia, siempre que tengan un valor añadido. En la época de la imagen, no usarlas en el aula parece anómalo, anticuado (pero vuélvase a leer la oración anterior, por favor). Además, hace tiempo que las usamos en la escuela aunque sea a nivel burocrático (las calificaciones ya se ponen en plataformas informáticas, cada vez más se usa el correo corporativo, en pandemia se ha incrementado el uso de las páginas web de centro, entre otras cosas). No es un debate tecnológico, sino de fondo, de visión de conjunto de qué es y qué ha de ser la educación hoy.
Pues en esas estamos, en esta disyuntiva que no es, como siempre en educación, de posturas, ni de respuestas, absolutas. Abrirse a la realidad, acercarse a ella de la manera más efectiva posible. No hace falta gran parafernalia para eso. Recuerdo un par de cosas que hice años ha con mi alumnado de sexto EP: fuimos, durante un curso escolar, al Auditori de Castelló para asistir, a las 20 h, en pequeño grupo, a los conciertos de música clásica de la programación general. Un éxito, la verdad. Por otra parte, durante tres cursos, creo recordar, invité a mujeres profesionales destacadas para que hablaran a la clase de su día a día, de cómo habían llegado a la Universidad, por ejemplo (una de ellas era profesora en la UJI).
Y como director, he intentado profundizar en la cultura escolar de centro, ofrecer actividades y contenidos de calidad, despertar la curiosidad del alumnado, una llama que se va apagando con la rutinización... pero, no me pidan que me ponga la nariz de payaso, que no me va. Respeto a quien lo haga, aunque yo no soy tan postmoderno.
miércoles, 13 de enero de 2021
Arte, publicidad, consumo: del artista global al No logo
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Este artículo viene motivado por el libro De Warhol a @yodominguez, escrito por Pilar Alfonso, @totmarques en Twitter, que he leído estas vacaciones de navidad. Es un libro que se lee con facilidad, a pesar de tocar temas de calado sobre la relación entre arte y sociedad (y por ende, aunque no es la finalidad del ensayo, con la escuela como institución). La obra se divide en dos partes:
-La era pop, en la que se desmienten algunos tópicos como que arte pop significa arte popular, o que no tiene conciencia crítica; en esta parte, se hace un ameno recorrido por las obras de reconocidos artistas pop, como Hamilton y Warhol, y se complementa descubriendo dos artistas, una valenciana y otra catalana, que también trabajaron desde una óptica pop más en la opción del Equipo Crónica: Isabel Oliver y Eulàlia Grau.
En esta parte, encontramos una reveladora comparación entre Manojo de espárragos, de Manet (1880) y la Sopa Campbell - Lata de espárragos, de Warhol (1962): cómo se ha incorporado la visión industrial al arte, y se ha normalizado la marca comercial como seña de identidad, además de la repetición de la obra de arte como fruto del proceso fordista de producción en cadena. Un cambio espectacular, ya que la singularidad era una de las características del arte anterior al siglo XX. Un cambio reflejado en dos maneras de abordar un tema tan humilde como los espárragos.
También se aborda la transformación de los espacios artísticos en lugares de consumo, despojados de su trascendencia e incorporados, bien al dominio de las marcas comerciales, bien a la visibilidad efímera que proporcionan los selfies: la obra de arte como objeto a consumir, es decir, como reclamo para aparecer en las redes junto a o delante de un icono cultural; el caso más extremo, que ya comentamos aquí, es la avalancha de visitantes en la sala del Louvre que contiene la Gioconda, convertida en lo más parecido a las filas que se organizan para subir a la última atracción de un parque temático, tipo Port Aventura.
Porque, al final, todo es consumo. El arte se ha banalizado, por una parte, se ha desacralizado, si se quiere, y hecho accesible de manera superficial. En nuestros días, con respecto a este tipo de arte, prevalece un artista global disponible que se convierte en carne de selfie, desactivando incluso unos inicios subversivos, como podría ser el caso de Banksy.
Al mismo tiempo, una opción artística se ha intelectualizado en el espacio conceptual, se ha hecho más difícil de entender, y por ello más minoritario, para iniciados. Son las obras que llenan las salas de los museos de arte contemporáneo y que suponen una dificultad para los visitantes, ya que han de completar, de algún modo, la propuesta.
El desafio, para la escuela, está claro: enseñar a mirar, a tomar distancia con el objeto artístico, sin mitificarlo ni banalizarlo. Digo distancia porque respeto, en su significado primitivo, significa eso, mirar con distancia. Y distancia física es la que cada vez menos se guarda con el objeto de arte. Es complicado ver una exposición mainstream con cierta calma, como me gusta a mí. Quedarme unos minutos viendo los detalles del cuadro, fijándome en la composición y en posibles mensajes irónicos, que a veces aparecen. En este sentido, me ha gustado e impresionado la exposición de Antonio López y María Moreno en la Fundació Bancaixa de València, hace unos días. Me tomé más de una hora, y me quedé con ganas de seguir. Por desgracia, era domingo y había mucha gente, y no lo digo en tono elitista. Recupero el inicio de este párrafo: hay que enseñar a mirar, para que la experiencia artística sea relevante, construya parte de nuestra sensibilidad, más allá de la inmediatez del clic, que nos recorta la atención ante la proliferación de estímulos.
-La segunda parte está dedicada a autores que han cuestionado la relación del arte con las marcas, a partir del No logo, de Naomi Klein (reconozco que no lo he leído, sólo he consultado reseñas), que se publicó en 2000. No sólo la relación entre arte y marcas, sino la inmersión en el hiperconsumismo, en la consolidación de una religión laica: la posesión de determinadas marcas. El caso de Apple sería paradigmático como estatus de distinción a un precio asequible (pero mucho más caro que sus competidores) que tiene legiones de seguidores dispuestos a aflojar la mosca cada vez que salen productos nuevos -es decir, cada pocos meses. En Mediamarkt, una vez, me encontré con una pareja que decía al dependiente: Nosotros es que somos gente de Apple. A veces pienso que Lipovetsky se quedó corto en su análisis.
Frente a esto, el cuestionamiento de las marcas, cuando no una franca oposición artística. Recuerdo, hace muchos años, en Villena (Alicante) asistí a una actuación de Leo Bassi, el comediante italiano. En un momento de la actuación, pidió a un joven, con una camiseta azul de Adidas, que le dejara cortarle el logotipo, situado a la altura del corazón, como un acto reivindicativo contra la marca. Al final, el joven accedió y la performance tuvo éxito (a costa de la camiseta del joven).
En el libro de Pilar Alfonso aparecen interesantes reinterpretaciones de temas clásicos, como el uso de calaveras en el arte: mientras que en la Edad Media y Moderna la calavera recordaba el memento mori, en la obra de Gurt Swanenberg se recubre de marcas conocidas, como una vanitas contemporánea en la que se invita, irónicamente, a vivir consumiendo, a cumplir con la religión del espacio comercial, que ha desfigurado las ciudades al copar las mismas marcas los lugares privilegiados, afirmando el triunfo del capitalismo transnacional, una globalización del gusto que empobrece la diversidad, la esconde, la uniformiza. A la vez, la hace signo de diferenciación, de estatus. Como diría Bauman, hemos pasado de ciudadanos a consumidores. Echo en falta, por cierto, alguna referencia a este filósofo y sociólogo, de diagnósticos tan acertados sobre nuestra época. No obstante, me parece una obra bien fundamentada que ofrece pistas teóricas para quien quiera adentrarse por ellas.
Como veis, muchas pistas y sendas a transitar en este libro, hasta llegar a Yolanda Domínguez y sus actuaciones artísticas. No quiero ser exhaustivo, ni hacer una reseña al uso: preferiría que leyerais el libro. Está en catalán, pero espero que pronto haya una edición en castellano para los que no domináis esta lengua.
Termino, como no puede ser de otra manera, repensando el papel de la escuela en este tema del consumo; de hecho, creo que va muy ligado a aprender a mirar. Analizar la publicidad, que nos llega de mil maneras distintas, es un paso. Dotar al alumnado de un espacio de reflexión sobre la necesidad creada de las marcas, otro. Colaborar en ese análisis con las familias, un tercero. Y así seguiríamos, claro. No se trata de decir qué comprar o qué no, pero sí tener la posibilidad de gritar, como en el cuento, que el rey va desnudo, y que hay cosas en la vida sin precio y con todo el valor del mundo. Y sin marca alguna a la que rendir pleitesía.
martes, 29 de diciembre de 2020
Una docente se jubila, una vez más
Cierro el año 2020, tan nefasto para la educación en tantos aspectos, con una reflexión más sobre el profesorado, sobre nuestra vida en las aulas, que vamos consumiendo trienio tras trienio, desde una ya lejana incorporación, en mi caso, hasta el momento inexorable de la jubilación. Un recorrido vital ligado a la escuela, a sus prácticas y tradiciones.
El motivo de este artículo es la jubilación, en mi centro actual, de una docente, Gloria, al llegar a la edad en que se puede optar a la misma. Por cierto, esto ha cambiado, según tengo entendido, y será más difícil jubilarse a los sesenta con las mismas ventajas que hasta ahora. La verdad es que no lo entiendo demasiado, en mi paisaje vital la jubilación no aparece, de momento. A raíz de esta jubilación, he decidido reflexionar sobre las etapas que pasamos como docentes y también de qué manera estamos en los centros, cómo contribuímos a la cultura de cada escuela, a su carácter, ese ambiente que marca la interacción con el medio y entre familias, alumnado y profesorado.
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| Paisaje desde la ventana de mi aula en navidad |
Dice un refrán africano que cuando un anciano muere, se destruye una biblioteca entera. Me parece muy acertado -es lo que tienen las culturas orales, que suelen acendrar el saber en máximas transmisibles de padres a hijos- y también se puede aplicar a la jubilación de un docente. A lo largo de mi ya dilatada carrera profesional, he visto jubilarse a unos cuantos compañeros. Algunos han dejado huella en su centro, en su alumnado, en el claustro, por su buen hacer, compañerismo, bonhomía. Otros, por lo contrario. Y algunos, han pasado sin pena ni gloria, y no dejan rastro apreciable.
Creo que la contribución más relevante a las etapas profesionales de la docencia, el análisis de cómo pasa nuestra vida en el centro, lo ha realizado Huberman. También Hargreaves, que es de mis autores favoritos, pero prefiero, en este apartado, la claridad de Huberman, quien distingue cinco etapas, según se recoge en este texto de Gladys Hernández:
1. Inicio de la docencia- experimentan angustias e inseguridades (los primeros tres años)
2. Estabilización, consolidación y dominio de rutinas (desde los cuarto a los seis años)
3. Diversificación-cuestionamiento. Los docentes se preocupan por mejorar su actividad diversificando estrategias o asumiendo nuevas responsabilidades o se cansan de su actividad que la ven rutinaria y cambian de profesión (desde los 7 a los 25 años de trabajo)
4. Búsqueda de una situación profesional estable: unos se cuestionan por su eficacia como docentes, otros abordan el ingreso de nuevos referentes con serenidad y distancia afectiva, otros se despreocupan del desarrollo profesional, se vuelven conservadores de lo tradicional, como refugio y manifestación del rechazo al cambio (25 a los 35 años de trabajo)
5. Preparación para la jubilación. Según este autor después de los 35 años de ejercicio de la profesión se produce una gradual ruptura o pérdida del compromiso con el ejercicio profesional. Estos últimos años se pueden vivir con euforia al abordarlos de forma positiva, de ansiedad y/o depresión ( de los 35 a los 40 años)
En este sentido, la edad puede conllevar, efectivamente, una cierta relajación; pero he visto muchos docentes, como esta compañera que se acaba de jubilar, que han estado al cien por cien hasta el mismo día en que dejaron el centro. Y otros que están a un porcentaje mucho menor, aunque les falten decenios para jubilarse. La diversidad humana, sin duda.
He compartido unos meses con Gloria, pared con pared, ella en segundo y yo en tercero de primaria. He visto su dedicación a su clase, los problemas de confinamiento por brotes de COVID, cómo se quedaba por las tardes con sus compañeras de nivel a preparar materiales, revisar actividades... hasta el último día. Y sin un mal comentario, sin quejarse, queriendo trabajar con la mayor normalidad posible, cosa que, desde marzo, no ha sido fácil.
Como decía, un docente que se jubila es una biblioteca que desaparece, un saber hacer que se va con él o ella... pero también puede permanecer, en parte, en su lugar de trabajo; y eso, ¿cómo es? La nuestra es una profesión con una fuerte tendencia al individualismo, lo que se traduce en una dificultad endémica para alcanzar consensos metodológicos y plasmarlos en documentos útiles que puedan guiar la práctica, más allá de lo prescrito y prescriptivo, que suele acabar en un cajón.
Hay un delicado equilibrio entre la iniciativa personal (que no libertad de cátedra, eso es quimérico) y el consenso en el nivel, ciclo o etapa. Siempre se puede encontrar un espacio de autonomía profesional, aunque se circunscriba al aula. Y en ese equilibrio, crece el docente y crece la escuela. Si no es así, fallamos.
Volviendo al tema que nos ocupa, hacer escuela es compartir, es estar, es tomar café en la sala de profes, quedar para comer... aspectos formales e informales, todo construye, pasarse una ficha de trabajo, ayudarse con un alumno difícil... nos hace ser conscientes de que no educamos -ni trabajamos- solos. A la vez, sabemos cuán dañina puede ser la crítica entre compañeros, el comentario sarcástico, incluso la maledicencia que crea mal ambiente... sin que llegue a la reunión de claustro, donde se pueden -y deben- hablar esos temas.
Sin embargo, si se sabe lo que hacen los demás compañeros, si se comparte, si se reflexiona, se va construyendo un saber y una cultura escolar de centro, que puede permanecer en el tiempo porque las prácticas se han generalizado y consolidado. El conocimiento de la práctica es fundamental para el desarrollo profesional docente. Además, como dijo alguien, nunca se puede llegar a saber hasta dónde llega la influencia de un docente en su alumnado.
Concluyo con una realidad que me pasma, aún después de tantos años: la indiferencia de la administración educativa ante la jubilación de una persona que ha dado tanto profesionalmente a la educación. Ni una llamada telefónica, ni una carta mínimamente personalizada... nada. Ni inspección educativa ni la dirección territorial en Castellón mueven un dedo por agradecer los servicios prestados y mostrar reconocimiento. Sé que el ayuntamiento de Castellón sí que reúne a los docentes jubilados en el año escolar, y les organiza un pequeño homenaje. Pero, la propia administración, no se preocupa.
Somos los compañeros quienes, con mayor o menor fortuna, preparamos ese día para que quien se jubila se lleve un buen recuerdo. En este caso, se llevó todo con sigilo y con ilusión de celebrar una despedida entrañable. Acabamos el día haciendo un pasillo con nuestro alumnado para que Gloria pasara, por última vez, con su curso hasta la puerta de salida, entre el aplauso de todos. Qué menos que la comunidad escolar reconociera tanta dedicación.
sábado, 26 de diciembre de 2020
Un trimestre anómalo, un esfuerzo compartido: educación y COVID.
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| Dibujo de Fabio, alumno de mi clase, sobre el confinamiento |
domingo, 8 de noviembre de 2020
Sobre pedagogía rancia, una aproximación
lunes, 14 de septiembre de 2020
El desconocimiento de la realidad escolar: El caso del absentismo por COVID19
Llevamos un mes, aproximadamente, con la vuelta al cole como uno de los temas destacados de la actualidad. Los medios de comunicación nos dedican espacio en las noticias, se habla en los programas informativos... estamos de actualidad. Cierto es que, en muchos casos, se echa en falta un conocimiento mayor de la realidad escolar, una aproximación más concreta a lo que ocurre en los centros. No somos pocos los docentes que hemos notado que no se sabe de qué se habla.
Uno de los temas recurrentes ha sido el del absentismo del alumnado ante el temor al COVID19. Se ha dicho que muchos padres habrían pensado no llevar conscientemente a sus hijos al colegio porque no se habrían tomado las medidas suficientes en cuanto a protocolos de actuación. Y se ha dicho, en muchos medios, que los padres podrían enfrentarse a multas y penas de prisión, lo que ha creado alarma entre los padres responsables. Los padres irresponsables (que también los hay, aunque afortunadamente no son mayoría, sino un escaso porcentaje) no se van a preocupar más, van a seguir haciendo lo de siempre, es decir, el niño o niña va a faltar cuando sea, sin ninguna razón más allá de levantarse tarde, no sonar el despertador, hoy hace frío, mañana calor... Los que hemos tenido que actuar en casos de absentismo, algunos de ellos dramático, sabemos cuán difícil es de solucionar, porque todo va muy despacio. El procedimiento es el siguiente: la tutoría detecta que un alumno falta con frecuencia, los tutores hablan con la familia a ver qué ocurre, la razón de tanta ausencia. La familia reacciona, o no, claro. Si siguen las faltas, se comunica al equipo directivo, quienes hablarán otra vez con la familia y le expondrán que, sin cambios positivos, habrá que tomar otras medidas.
Supongamos que se restablece la normalidad y desaparecen las ausencias injustificadas. Perfecto, aunque puede haber pasado un trimestre en todo el proceso. Pero también hay casos que siguen igual. Entonces, hay que dar parte a servicios sociales, a través de una hoja de notificación de posible desprotección en el ámbito familiar. He firmado unas cuantas en mi etapa de dirección. El tutor o tutora marca los ítems más destacados, la firma y dirección la visa, enviándola, como hemos dicho antes, a los servicios sociales municipales. Se pone la maquinaria administrativa en marcha: se llama al centro, se pregunta por antecedentes familiares en ese sentido, se cita a la familia... La celeridad no suele ser la tónica en el proceso, y no por culpa de los trabajadores sociales, sino por la proliferación de asuntos que tienen que atender en localidades de medio o gran tamaño.
Normalmente, la llamada de servicios sociales puede provocar un cambio en algunos padres. Otros vendrán al colegio a pedir explicaciones al equipo directivo de por qué se ha avisado a instancias externas al centro. Y habrá quien ni vendrá ni cambiará. Y el alumno seguirá faltando, perdiendo clases y aprendizajes. Servicios sociales volverá a citarles. Normalmente, el número de teléfono no dura demasiado y no se proporciona al centro el teléfono nuevo. También puede pasar que se cambie de domicilio, si se está de alquiler, y tampoco se notifique. Se va alargando el tema. Ya pueden haber pasado dos trimestres. Y ojo, hasta ahora, el profesorado y equipo directivo han hecho todo lo que les corresponde: registro de faltas, hablar con la familia y, como último recursos, notificar reglamentariamente la situación a servicios sociales. Y el niño o niña, sin venir. No me quiero imaginar cuando se mira para otro lado, porque si no viene, da menos problemas.
El sigilo profesional me impide entrar en detalles sobre situaciones vividas en el despacho de dirección o en el aula de primaria. No lo voy a hacer, pero sí diré que el absentismo habitual es un problema complejo, que normalmente va asociado a una situación de deterioro familiar más amplia. Y puede pasar un curso escolar sin encontrar solución, a pesar de la buena intención y determinación de las instancias actuantes. La actuación judicial ya es casi imposible, y si se llega a ella, no será sólo por problemas de absentismo, habrá más factores en juego, como decíamos anteriormente. Y hablo de infantil y primaria; no me quiero imaginar cómo será la situación en secundaria, donde el alumnado tiene más medios para no acudir al centro, ya que es de mayor edad.
Y ahora resulta que se amenaza, desde los medios, con pérdida de custodias, con multas y prisión a los padres que no lleven a sus retoños al centro por disconformidad con las medidas adoptadas contra el COVID19. Padres que han decidido esta ausencia de manera responsable, no por dejadez ni por indiferencia, justamente lo contrario. Dicho esto, yo creo que hay que ir al colegio, pero entiendo que se tengan reticencias y que haya familias que actúen en consecuencia. Nuestra administración, la conselleria valenciana de educación, ha optado, como el gobierno de España, por una escolaridad totalmente presencial en infantil, primaria y dos primeros cursos de ESO.
Toda esta reflexión viene motivada por lo que decía al principio: no se conoce la vida de los centros. Y eso no les pasa solamente a los medios de comunicación, cuyo conocimento en estos temas es superficial. No, también les ocurre a la mayor parte de políticos, de todo signo. No conocen la realidad de la escuela, porque no la pisan. Por ello, que el conseller valenciano sea docente, o que el secretario autonómico haya dedicado toda su vida política a la educación, y sepan de qué va, es una garantía de, al menos, conocimiento de causa.
Ya sabemos que hay asesores, inspectores, formadores... en la administración educativa, y se les consulta. Pero a la educación le pasa como a lo que se barre debajo de la alfombra: que hay tanto escondido que al final uno tropieza con el montón de porquería acumulada. Pues eso, que tantos años de indiferencia política mientras jugaban a las leyes orgánicas porque-me-salen-de-las-narices pasan factura. Viene la hora de intervenir efectivamente en los centros por el COVID y no saben qué hacer. Con honrosas excepciones, como mi conselleria. Dicho sea humildemente.
La razón principal de por qué la política ignora la realidad de la escuela es tema para otro artículo. Sólo diré que lo que no se supervisa, no se conoce.
Altas capacidades: la escuela, ¿para quién?
Hace tiempo que no publico una entrada sobre #cineyeducación, pese a que es uno de los ejes del blog. Esto se debe a que no todas las pelícu...
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Hace mucho que no trato el tema de la escritura en el aula. Mucho no, realmente hace demasiado. Me he centrado más en la lectura, en la an...
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Abordo hoy un tema que no he tratado nunca, de manera directa, en este blog que ya tiene una docena de años y casi doscientos treinta artí...
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Uno de los temas constituyentes de este blog es la relación entre el cine y la educación. Ya son unos cuantos los artículos dedicados a pel...




